Corrupción

Corrupción

Columna | Sin Sesgo

Arq. Mario C. Contreras Figueroa

Si algo festejamos los mexicanos y en general, los latinos, es a esas personas “listas” que se burlan de la autoridad, cualquiera que esta sea. No solo se justifica esta corrupción, sino que se celebra, como un acto de suprema inteligencia y a veces de reivindicación por un supuesto abuso de la autoridad.

Así, mentimos en Catastro sobre el número de metros cuadrados de nuestra propiedad, con el fin de pagar menos impuesto predial, aunque sólo nos ahorremos cien pesos. Pero, eso sí, exigimos mejor alumbrado público o mejores servicios municipales, que los paguen los demás.

O el que cambia los precios de las mercancías en las tiendas y se sorprende cuando lo sorprenden.

O como cuando nos esperamos para pagar la revalidación vehicular al final del año, o del siguiente, o del siguiente, porque nos sale más barato.

O cuando instalamos un “diablito” para no pagar la electricidad y aprovechamos la oferta para excedernos en el uso de aparatos eléctricos.

También hay personas que van y compran títulos universitarios, de maestrías y doctorados, en Santo Domingo, en la ciudad de México. Lo más novedoso es que ya algunos de los vendedores tienen contactos en la SEP y registran esos títulos.

Es corrupción cuando nos enojamos porque un gobierno es honesto y deseamos volver a los tiempos cuando robaban, pero repartían.

E igual, con el pretexto de que tenemos apuro, nos saltamos la fila de los bancos o de la tortillería y cuando le inventamos al agente de tránsito una urgencia médica, con tal de que no nos multen o, en el peor de los casos, tengamos que pagar mordida.

Gritamos y despotricamos contra los gobiernos corruptos, cuando no nos damos cuenta de que el gobierno es un reflejo del pueblo.

¿Qué va a pasar ahora que, para acabar con la corrupción, el pueblo bueno reciba directamente los apoyos gubernamentales y así se evita que alguna fundación, asociación civil, guardería o escuela los gaste en lo que no debe?

Lo más probable es que veamos menos servicios, más niños en la calle y una alza en el analfabetismo, entre otras cosas. ¿Por qué? Porque los beneficiarios se lo van a gastar en otras cosas y no en lo que estaba predefinido.

El combate a la corrupción sí es una obligación del gobierno, cuando se trata de escalas como la del tráfico de combustible o el desvío de recursos públicos.

Pero es en el seno de la familia donde se debe empezar. Los principales promotores de conductas indebidas somos los propios padres.

Y así hacemos las tareas de nuestros hijos, para que sea la mejor, o pagamos porque les elaboren trabajos manuales o porque les resuelvan el examen.

O creemos que, con regalarle algo al docente, nuestros hijos van a pasar una materia para la que nunca estudiaron.

¿Cuántos mexicanos reciben el “Procampo” o como quiera que se llame ahora, sin siquiera tener un metro de tierra sembrada? Y cuántos se enojan porque el gobierno no les regala nada.

Nos robamos los sobrecitos de azúcar de los restaurantes, los cubiertos, compramos mercancía pirata o bajamos música y películas de sitios ilegales en la red.

¿Cuántos hay que usan los programas de cómputo sin haber pagado con ellos?

¿Cuántos que contrabandean vehículos de los Estados Unidos y luego le exigen al gobierno que se los regularice?

¿Cuánta ropa de marca o perfumes o zapatos deportivos es en realidad mercancía de baja calidad, genérica?

Y ¿cuántos compran medicamentos robados en hospitales del gobierno?

Naturalmente, es mayor el daño económico que provocan los huachicoleros, o los narcotraficantes solapados por el gobierno o los que se roban dinero de los programas públicos.

Pero es peor, mucho peor, el daño moral que causamos con nuestros pequeños actos de corrupción, que tanto festejamos y nos divierten.

No tenemos cara para exigirles a los demás que no roben, mucho menos a nuestros hijos.

Y desgraciadamente estas necesidades creadas por la publicidad de tener más y más cosas sólo sirven para que muchos decidan hacerse de las mismas por medios que no son legales.

Si la persona que viene presumiendo su bolsa de marca hubiera pagado lo que realmente cuesta en la tienda, quizás eso sería lo único que traería puesto.

No quiere decir esto que no podamos tener aspiraciones y que, si tenemos los medios para ello, no compremos objetos -útiles o inútiles- que nos gusten y que sean caros. Nuestro trabajo bien lo vale. Lo que no se vale es que hagamos que nuestras vidas giren alrededor de esos objetos.

Conocí hace años a un funcionario de una importante financiera. Siempre lo veía vestido con trajes de diseñador. De hecho, me confesó en alguna ocasión que esperaba que la marca sacara su catálogo de temporada para ir a comprarse trajes y corbatas, antes de que llegara la demás gente. Lo que nunca me dijo y supe por accidente, es que vivía en una vecindad y que su automóvil era tan viejo que lo tenía que estacionar a varias cuadras de su oficina, para que sus compañeros no se dieran cuenta de su verdadera situación económica. La satisfacción que le producía ver las caras de envidia de los demás, era más que suficiente para justificar el gran sacrificio de vivir para pagar la ropa que usaba. Su disfraz.

Viajamos por la vida como lo hacía María Félix, cargando un gran equipaje que no necesitamos.

En mi propia experiencia, es mejor aprender a viajar ligero. Se vive mejor y se disfruta más de la vida.

A nadie más que a mí le interesa la imagen que quiero dar. Mejor aprendemos a hacer las cosas como se deben, a hacer de manera correcta las tareas de la vida. Una a la vez, todos los días.

No nos harán un monumento, nadie se va a enterar, sólo Dios y yo. Pero estaremos creando pequeños círculos virtuosos y eso ya cuenta.

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Arq. Mario C. Contreras Figueroa

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