Reglas

Sin sesgo
Arq. Mario C. Contreras Figueroa

Para ser socio de un club o una institución, de lo que sea, se tienen que cumplir algunos requisitos y ya admitido, observar un reglamento; así es siempre. El objetivo de ser socio es disfrutar los servicios que se ofrecen, no los requisitos o las reglas de comportamiento. También esto cualquier lo sabe. Muchos solicitan su admisión sin deseos de cumplir las reglas o, de plano, sólo firman sin leer a lo que se comprometen.

Un caso reciente es, por ejemplo, la supuesta incomodidad de un grupo de alumnos de prepa porque no les permiten ingresar a la institución con el pelo largo. Es de esperarse que un adolescente se queje de todo y de nada, es la manera cómo se mide al mundo y los límites de hasta dónde se puede llegar. Lo inesperado es que no son sólo los jóvenes quienes se quejan, sino también sus padres, adultos -en teoría- responsables, comprometidos con la educación de sus hijos, su formación en los valores de la sociedad, que les permitirán ser buenos ciudadanos en el futuro.

No es relevante aclarar que, para recibir los servicios de la escuela, padres e hijos firman su conformidad con un reglamento que, específicamente, indica que se requiere que los hombres se presenten con el pelo corto, entre otras cosas.

-No me fijé.

-De haber sabido…

-Pensé que no se cumplía

-Mojigatos

Y muchas más excusas para no cumplir.

Son menores de edad y por ello, quienes se hacen responsables de su comportamiento, son sus padres o tutores. Si nos quedamos en este tema, probablemente pensemos que este Colegio es una peluquería o que, como seguramente piensan algunos, tienen algún interés comercial en los cortes de pelo.

Pero la finalidad es que los jóvenes reciban una formación académica y coadyuvar en la educación que reciben en casa. O que deberían recibir.

Ni tardos ni perezosos, cuando de hacer ruido se trata, derechohumanistas, anarquistas, ninis, y gentes sin oficio, decidieron apoyar esta cruzada insulsa para que estos niños llorones (grandes y chicos) se salieran con la suya. A nadie le interesa saber qué piensan los demás padres y alumnos, que saben que es importante aprender, además de cálculo y biología, el cómo las reglas sociales son una herramienta de convivencia y sirven para formar el carácter de las personas.

Esta es una de las bondades de la democracia, ¿Qué no? Hay de escudarnos en el derecho a nuestra libertad, faltaba más.

Y por esa libertad tenemos derecho de robarnos la señal de internet que los otros pagan, de robarnos la electricidad o el agua, de hacernos de música y películas piratas, ropa pirata, zapatos piratas, mercancía pirata.

Todo para nuestras vidas piratas.

Por eso tenemos también un presidente y un gobierno piratas.

Esto nos lleva al tema de la libertad, como pretexto.

No formamos a nuestros hijos en ninguna religión para que, cuando crezcan, ellos elijan. Pero tampoco damos ejemplo, porque nosotros no participamos en lo que supuestamente creemos. Naturalmente, cuando los hijos crecen ni ellos ni sus padres son creyentes. Y luego, con toda la facilidad del mundo y para justificarse, le echan la culpa a la Iglesia (sólo la católica, no salpican) de todo lo malo que hacen, les hacen y lo malo que sucede en el mundo.

Damos por sentado todo lo que publican las redes sociales: que todos los sacerdotes son pederastas, que la Iglesia les dio la espalda a los judíos durante la segunda guerra mundial; que, habiendo tantos pobres en el mundo, la Iglesia católica -sus líderes- viven en la opulencia. Tonterías tales como esa de que hay que dejar la catedral de Notre Dame quemada, para darles el dinero a los pobres. O a las ballenas. O a los perritos sin dueño. Que, en todo caso, se restaure para hacerla un gran centro laico de nosequé. Que si los iluminatis o el jorobado o el código Davinci (una novela de ficción, por cierto). Que el petate del muerto.

Pues ¿cuánto dinero le van a invertir para esos proyectos? ¡Que los pague la Iglesia, que ya hace tanto daño!

Las buenas ideas siempre deben de ir acompañadas de recursos y de un par de manos. Porque, para opinar, también los que no estamos de acuerdo y que somos la mayoría, podemos opinar.

El dinero de la Iglesia no sale de los árboles, sino de las aportaciones de los católicos. ¿Tú no aportas? ¡Pues no opines! Deja que las decisiones las tomen los socios, no los de fuera.

Estoy convencido de que es momento de tomar nuestras responsabilidades y dejar de cargárselas a los demás. Es muy fácil quedarse en los requisitos de admisión y en el reglamento. Para ser católico, se tienen que cumplir, que no nos quepa duda. Y si no nos gusta, pues no estamos obligados a entrar, tan sencillo como eso.

Pero no olvidemos que, para ser católicos, estas reglas son necesarias. Como para ser mexicanos, o rotarios, o alumnos del COBACH 3.

En el caso de la Iglesia Católica, las reglas las puso su Fundador y son, de tan simples, muy difíciles de cumplir, porque implican un gran esfuerzo de nuestra parte.

A saber:

REGLA NÚMERO 1: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”.

REGLA NÚMERO 2: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

Los otros son reglamentos y también se tienen que cumplir, pero derivan de estas reglas, que son como el acta constitutiva.

El respeto a la vida desde el momento de su concepción (regla número 2)

Amar a María como tu madre (regla número 1). ¿Cómo no amarla, si ella nos dio a su Hijo? Y todos los demás.

Y recordar que la Iglesia la formamos, además del Papa, los obispos y los sacerdotes, más de un billón de personas. Los primeros son una minoría y nosotros, los bautizados, los más. De hecho, somos la razón de ser de la Iglesia.

¿Qué se equivocan? Nosotros también los equivocamos

¡Son una bola de pecadores! Nosotros somos más y pecamos más. Y creo que, en ambos bandos, somos más los buenos que los malos.

Y que viven como ricos, habiendo tantos pobres en la tierra. Habrá quienes viven así, yo no los conozco, porque ni siquiera el Papa pero, seguramente, los hay. Y seguramente muchos de nosotros vivimos bien y no es pecado. Lo que si es pecado es no compartir lo que Dios nos da con los que no tienen y nos necesitan.

Es muy cómodo ver cómo los demás son los malos de la película y tienen la culpa de todo. es muy fácil odiar a la Iglesia porque nos recuerda los compromisos de nuestro bautismo. Es fácil culparla de lo que nosotros hacemos mal.

Hay muchas cosas que no nos gustan, pero no por eso las odiamos.

¿Por qué odio a la Iglesia?

¿Por qué odio a Dios?

¿Por qué me odio a mí mismo?

Y ¿Por qué no hago nada?

Tanto resentimiento nos tiene enfermos y en consecuencia, nuestra sociedad está enferma.

¿Qué pasaría si nos comprometiéramos a amar? Seguramente empezaríamos a ser felices y a llenar ese vacío que no llenan las cosas.

 

Marcos, 12, 30

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