¡Fuego, fuego, corran a avisarle a don Teófilo!

Sin sesgo
Arq. Mario C. Contreras Figueroa

Nada más esto nos faltaba. Como si no fuera poco que se nos muera el señor cura, todavía se nos incendia. ¿no será un aviso del cielo? Ya sabes que dicen que don Cura Párroco no era un hombre precisamente bien portado. ¡Pobre de don Teófilo! Bastante pena le había mandado ya el Cielo, como para que todavía le tenga que hacer frente a esto. Doña Margarita no dejaba de llorar. Pero doña Margarita nunca deja de hacerlo. Que si por esto, que si por lo otro, que el señor, que la niña. Una vez dijo mi Vieja que la doña estaba buena para contratarla para los velorios, que su presencia les daba mucho lucimiento. De todas las Varela, es la más llorona, y mira que ya es decir mucho. Anoche que murió el Padrecito, los gritos se oían hasta el otro lado del pueblo, ni falta hizo que se tocaran las campanas, ya todos sabíamos. No quiero imaginarme el día que se quede viuda, porque una cosa es clara, primero se muere don Teófilo que ella. Desde que se casaron, lo ha hecho ver su suerte. Quién le manda buscarse una vieja tan linajuda. Todas son muy exigentes. Con su tipo, y recién llegado de la Península, Teófilo Hontanar se pudo haber conseguido a cualquier otra vieja, rica o pobre. Si las traía a sus pies. Lo que menos importaba era que don Teo no trajo más que su ambición desde España. Y vaya que era ambicioso. Por eso no se casó con cualquiera, sino nada menos que con Margarita Varela. Dicen que los Varela nomás hablan con los González y los González nada más con Dios. Pero, bueno, clase es clase y carácter es carácter. Bien caro que le ha costado al Don.

  • Don Teo, ¡que se está quemando el templo!
  • ¡Mi hermano!, Dios le permita descansar, vamos para allá, a ver que se puede hacer todavía.
  • ¡Mis mantillas!, pensó doña Margarita, pero no se atrevió a decir nada, por miedo a que se fuera pensar que era una mujer frívola. Pero, ay, esas mantillas, que apenas le había traído Teófilo la última vez que fue a España. Cuando entraba al templo los domingos, no había ninguna mujer que no volteara a verla con envidia. Nadie tiene, tenía, unas mantillas así. Eran como la corona de una reina. De la Reina Margarita de Temósachi. Y ahora, estaban quemadas, bien quemadas, por culpa de su generosidad al prestarlas para que cubrieran el catafalco de madera y que el ataúd con el cuerpo de su cuñado no se viera tan triste.

Nadie era como ella, ni siquiera su guapísimo marido, el que le había comprado su padre como un capricho. Quizás viviría mejor casada con cualquiera de sus antiguos pretendientes. Pero no sería ni más feliz ni más envidiada por todos, empezando por sus hermanas. Qué importaba vivir al día, qué importaban las estrecheces temporales, las deudas en la tienda, los préstamos pedidos a toda la familia y nunca pagados, si no había más reina que Margarita.

Pero, bueno, este no es el momento para esa clase de pensamientos, a correr. Vamos a ver si todavía se puede rescatar algo. Ni tan buen hombre que hubiera sido. Dicen que tenía mas hijos que yo y, aunque los míos llevan con orgullo sus dos apellidos, hijos no dejan de ser hijos. A ver si no se me quedan como herencia los menores. Y qué puedo decir: nada. Mejor dejo de pensar y lloro, que para eso sí que soy buena. Mi madre siempre nos dijo que la mujer estaba destinada al dolor y al llanto. No es que la crea mucho, ni siquiera que sienta un gran dolor, quizás más bien lo haga como deber. ¿Deber? Pues qué extraño deber el mío. A veces me pregunto por qué lo hago, que no sea por obligación. Ni siquiera me gusta, me arden los ojos y se me descompone la cara. No sé por qué, por dentro, me deja una sensación de gusto, de plenitud. Que, ¿no he llorado bastante en mi vida? ¿No he tenido que tragarme mi orgullo cada vez que le pido dinero prestado a mi padre o a mi hermano o a mi cuñado o a quien sea, para mantener un tren de vida mínimo? ¿No he sufrido en secreto cada vez que Teófilo me trata como me trata enfrente de sus amigos y, a veces, de mis propios padres? ¿Cuántas veces he tenido que poner cara de felicidad, cuando me hierve la hiel por tantas y tantas cosas? Pero, como dice la cómica aquella que vimos no hace mucho, en la capital, “la función debe continuar”. Claro que yo también tengo mi carácter, y a mucha honra, que le cueste. Pero, eso sí, Margarita Varela de Hontanar cumple siempre con lo que se espera de ella. Lloremos, pues.

El humo se divisa desde Matachí y los curiosos no se podían quedar atrás. No todos los días se incendia el templo parroquial. A nadie le preocupaban los grandes sacrificios que hubo de hacer para construirlo, lo importante era estar en primera fila, en el chisme.

Las viudas del curita se asomaron desde lejos, pero no quisieron acercarse, nadie en el pueblo las veía bien. Pero los niños, ah, los niños, esos sí que disfrutaron del espectáculo. Larga la fila de niños güeritos y de ojos verdes, no negaban la cruz de su parroquia. Los vecinos los veían con malicia, pero nadie se atrevía a decir nada. No tenían la culpa y bastantes problemas se les venían encima ahora que su padre había muerto.

Don Teo y doña Margarita llegaron como bólido a ver si todavía se podía rescatar algo, aunque fuera el ataúd; el funeral ya estaba pagado y ya se había cavado la tumba en el panteón. Y había que ver si alguna mantilla se había escapado el fuego, al muerto no le hacían falta.

De pronto y sin decir “agua va”, el humo se hizo más denso y solo se escuchaba un gran silencio, como antes de una tormenta eléctrica. Los Hontanar se miraron sorprendidos. Al llegar al templo, el humo se había empezado a disipar y la gente estaba como estatua de sal: no se movían ni tampoco hablaban. Algo no estaba bien.

Corriendo, entran al edificio y si no fuera por el olor a humo, no hubieran creído lo que estaban viendo. Todo estaba intacto: el templo, el catafalco, el cajón, las mantillas. ¿Qué fue lo que pasó? Ciento veinte años después nadie lo sabe. Don Cura Párroco de Hontanar y Osío nos había resultado un santo milagroso, no sólo por multiplicar la población de Temósachi, que ya es decir, sino por apagar el fuego y dejar todo en su estado original.

Doña Margarita - ¿qué creen?- se puso a llorar, faltaba más. Pero, a Dios llorando y con el mazo dando, esta vez no iba a arriesgar sus preciosas mantillas, en un descuido Teo no regresaba a España. Nadie las iba a echar en falta ni tampoco había ya que cubrir las vergüenzas del cuñado. Cuidadosamente las fue recogiendo y doblando y cuando consideró que su llanto ya había sido suficiente y que todo el mundo la había visto, se fue a su casa a ordenar la merienda. Seguramente sus pequeños, los de Hontanar y Varela, los auténticos, los originales, ya la estaban esperando.

Esta vez caminó sin prisas, como flotando, para beneplácito de las chismosas. En la familia ya había un santo, todo lo demás era irrelevante. Ya no solo era la reina, ahora era santa Margarita, santa y mártir. Y eso es algo para toda la vida.

A los tataranietos no nos alcanzó el santito.

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