Despapaye de la historia patria: El Origen

Una reflexión personal
Luis Villegas Montes
luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

Ya entrados (conste que lo que me inspira no es el arguende ni echarles a perder la celebración de las fiestas patrias, sino compartir con ustedes algunas notas de la historia nacional),  resulta interesante comprender cómo y cuándo llegamos a esa noción idiota de que los indígenas precolombinos constituyen, ellos solitos y prescindiendo del aporte español, el germen de la mexicanidad.

Resulta que hace muchos, muchos, muchos años —para ser exactos 1843—, había un señor llamado Manuel Larrainzar quien, para defender la invasión de México a Guatemala con el afán de apoderarse del Soconusco, tuvo la peregrina idea de retrotraerse a los remotos, y discutibles, orígenes de las naciones indígenas que poblaban esas tierras.

En efecto, con pedantería de académico neoconstitucionalista y grandilocuencia de político de quinta —que, para nuestra desgracia, ya no nos iba a dejar jamás—, el angelito escribió en el prólogo de su obra: “El deber pone la pluma en mi mano para escribir sobre Soconusco: su incorporación a la República mexicana ha llamado la atención pública: el gobierno del estado de Guatemala, y varios escritores de Centro-América han presentado este suceso con un carácter odioso”.1 Nótese, el librito lo escribió con aires de refutación, porque algunos, en la ofendida Guatemala, víctima del despojo mexicano, osaban quejarse de la intrusión extranjera.

No conforme, Larrainzar funda su dicho en una legítima, límpida y lírica intención: “haciendo sentir (merced a su pluma) la fuerza de la verdad, y fundando la justicia con que ha procedido el gobierno de México en este asunto, ese es el objeto que me propongo: yo no podría callar […] mi silencio pondría sobre mi frente un sello de deshonor y de ignominia, y no puedo resignarme a semejante destino”.2 ¡Mocos!

Ahí es cuando torció la puerca el rabo porque, en la relación que Larrainzar hace para justificar “la propiedad” de México sobre la región, se remonta, lo menos, seiscientos años: “Los olmecas, raza enemiga de los que habitaban estos países, y con quien ya otra vez habían estado en guerra, invadieron con un ejército numeroso, y después de una lucha sangrienta, vencieron y sometieron a los habitantes de Soconusco […] Después de la invasión de los olmecas, se siguió la de los toltecas, capitaneados por Nimaquiche, quien en la división que hicieron de la nueva región (dio a un hermano el señorío de los mames) en que estaba comprendida la provincia de Soconusco”.3

Don Manuel, que era abogado, y Ministro propietario del Tribunal Superior de justicia del Departamento de Chiapas, ha de haber sido uno muy mediocre en el ejercicio de su profesión; posiblemente al escribir esos párrafos no se acordaba de sus clases de derecho romano y de la figura de la usucapión; pretender una “legitimidad” que deriva de una “propiedad” (dudosa por lo demás) de más de seiscientos años, obtenida con el uso de la fuerza, es tan absurdo como justificar el holocausto del pueblo palestino a manos judías sobre la base de un derecho adquirido hace tres o cuatro mil años.

Como sea, esa taradez de identificar a los pueblos nativos originarios con los mexicanos de hogaño —sin ese “toque” español del que dan cuenta nuestro idioma, nuestra sangre, nuestro monoteísmo, etc.— es polvo de aquellos lodos.

¡Cuánto daño le hizo la grandilocuencia y la memez de Manuel Larrainzar a México! Desde entonces, en asuntos de identidad nacional, los mexicanos andamos como niños jugando al “mamaleche”: a la patita coja.

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1 LARRAINZAR, Manuel. Noticia histórica de Soconusco y su incorporación a la República Mexicana, Imprenta de J.A. Lara, México, 1843, pág. III.

2 Ibídem.

3 Ídem., págs. 8 y 10.

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