“Varias veces nos dimos cuenta de que la Migra nos seguía”: indocumentado

Casi no puede hilar palabras sin llanto…  De repente se escuchan sus gemidos en casa, camino a la escuela, frente a sus compañeros.

—¿Qué te pasa? —le pregunta su padre, don Salvador Vieyra.

—Es que tengo miedo. No me gusta estar en México —responde Diego, cabizbajo.

El chico tiene 11 años. Nació en Lexingston, Carolina del Norte. Estadunidense de padres mexicanos.

En estos tiempos de amenaza y apremio, papá e hijo huyeron de Estados Unidos, donde habían fincado anhelos de una vida mejor.

“Ya no podíamos ni salir a la calle tranquilos. Varias veces nos dimos cuenta de que la Migra nos seguía. Había camionetas y agentes encubiertos rondando nuestra casa, parecíamos ratones entrampados”, cuenta don Salvador.

Hasta cambiaron de casa, pero el acoso siguió.

“El niño se ponía muy nervioso, porque sabía que en cualquier momento me detendrían, le angustiaba quedarse solo. Esa es la jaula de oro de la que hablan los Tigres del Norte en sus canciones”.

—¿Había tomado precauciones en caso de una deportación? –se pregunta al hombre.

—Tenía un amigo que era ciudadano norteamericano y él sabía todo. Si me llevaban, se haría responsable de mi muchacho.

Ya no importa. Escaparon pues de la jaula y su destino fue la Ciudad de México…

SACRIFICIO. Los padres de Diego sí previeron el trámite de la doble nacionalidad. La angustia del pequeño va más allá de actas y registros civiles. El problema es cómo adaptarse a un país adverso, extraño, hostil… Una historia de miles, multiplicada en la era Trump.

“Lo veo deprimido, necesita ayuda”, dice doña Erika Ramírez, su madre, quien desde 2010 vivía en territorio mexicano: regresó ese año por la muerte de su padre, pero ya no pudo volver a la unión americana.

Los Vieyra Ramírez se reencontraron después de siete años separados. Viven en un pequeño departamento en Buenavista, donde nos reciben…

Aquí se instaló doña Erika cuando vino al funeral del abuelo. Trajo entonces a Fernanda, quien tenía 10 años y ahora es una chica de 16. Había nacido en la CDMX, pero fue llevada a la unión americana cuando era bebé de meses.

Las mujeres partieron. Don Salvador y Diego se quedaron del otro lado.

“Ellos dejaron Lexington y se instalaron en McAllen, Texas, dizque para estar más cerca –cuenta la mamá-. Fue muy triste, porque nos extrañábamos. Andaba como perdida, sin rumbo, me faltaban mi esposo y mi hijo. Muchas veces preguntaba: ¿vale la pena estar lejos, sacrificar a la familia? Todo era por una mejor economía”.

Don Salvador emigró por primera vez en 1995. “Qué difícil andar en el desierto, sin agua, con la única opción de tomarme mis propios orines”. Regresó a México sólo para casarse con doña Erika. Volvieron juntos a Estados Unidos en el 2001, tras el nacimiento de Fernanda.

En Carolina del Norte él trabajó en distintas fábricas –de piezas tubulares, gabinetes y fibra de vidrio—. Un amigo le sugirió lavar casas de campo para completar los gastos. Cobraba 500 dólares por cada lavada.

En McAllen volvieron las sombras. Preparar comida en un restaurante fue la única oferta laboral.

Luego, asedio y hostigamiento… Por eso la huida, el adiós.

ENCIERRO. Diego habla despacio, baja la mirada, solloza.

“Me gustaba más estar allá”, dice.

—¿Por qué?

—Era más seguro. Podía salir a la calle a jugar con mi amigo Wichin, jugábamos futbol, andábamos en bicicleta o íbamos al parque.

—¿Y aquí?

—Tengo miedo de que algo malo me pase. Y no he conseguido ni un amigo. Siempre encerrado. Cuando papá dijo que vendríamos a México me puse contento por mamá, pero no quería dejar a mis amigos ni a mi escuela.

Aquí fue aceptado en el salón de sexto grado de la primaria República de Pakistán, cercana al metro Talismán.

—¿Y qué te parece tu nueva escuela?

—No me gusta ni le entiendo a los temas. Lo más difícil es historia, hablan de nombres raros. ¿Qué es eso de olmeca o chichimeca?

—¿Ya tienes amigos?

—No encajo, los compañeros piensan diferente. En Estados Unidos habría tenido un mejor futuro.

Colecciona cochecitos. Su favorito es un auto clásico azul turquesa. Desea estudiar ingeniería automotriz, e inventar nuevos diseños.

—¿Estadunidense o mexicano?...

La respuesta es tardía: “No tengo elección, me siento de los dos: un mexico-americano”.

—¿Y a qué país quieres más?

—A Estados Unidos.

AISLADO. “Ha estado muy triste, siempre anda llorando”, describe Fernanda.

Tras salir del colegio, llega a casa sin ánimo. La maestra conoce su historia: le permite entregar proyectos a destiempo. Allá no había tanta tarea.

“Hemos ido a la escuela para ver cómo se comporta. Siempre aislado, apartado de los demás”, cuenta su madre.

—¿Han contemplado regresar a Estados Unidos?

Es don Salvador quien responde: “Ya no, hemos decidido apostar por nuestro país, trabajar duro. A Diego, que habla muy bien inglés, le he dicho que cuando crezca tiene una doble oportunidad, la que muchos quisieran: estudiar o trabajar en Estados Unidos”.

Será después, en unos ocho o diez años. Ahora quisiera para él apoyo psicológico, y verle otra vez sonreír.

Doña Erika trabaja de estilista desde su viaje en 2010.

Y don Salvador compró una máquina para lavar alfombras, tapetes, sillones y vestiduras de autos antes de abandonar Estados Unidos.

—Pero le entro a lo que salga con tal de darle de comer a mi familia –dice-. No importa si tengo que lavar vidrios o pintar. Cuando uno vuelve del gabacho lo hace con otros ojos. Allá se trabaja de lo que hay. Aquí el problema es el pago, pero no faltará para frijoles…

Crónica / Daniel Blancas Madrigal

Por: Redacción
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