Amando el dolor

Por: Alicia Soto

Correo: alysotoc@gmail.com

Facebook: @alysotopsicologa

El ser humano puede tolerar 45 unidades de dolor. O bueno, eso leí alguna vez y probablemente algún artículo de entretenimiento. La realidad, es que el dolor es subjetivo, así que medirlo en unidades, niveles, escalas es imposible. No existe una manera exacta para determinar el dolor que una persona pueda sentir. Lo que para algunos puede llegar a ser apenas una molestia, para otros puede ser un suplicio.

El dolor, ha sido el compañero inseparable del hombre a lo largo de su historia, lo adopta en el nacimiento y vive a su lado hasta su última exhalación. Solo aquellos que renuncian habitar en la realidad, acunados por alguna psicopatología, pueden librarse de la experiencia del dolor o por lo menos, vivir en la creencia de haberlo logrado.

El dolor no necesariamente es malo; la mayor parte del tiempo es el fiel centinela que alerta del peligro. Nos avisa que algo no está bien, nos protege de terribles consecuencias. Sin embargo, el dolor se vuelve un problema cuando nos enamoramos de él. Si, leyó bien, las personas tienden a enamorarse del dolor.

¿Pero quién en su sano juicio disfrutaría sufrir?, ¿Quién sería capaz de admitir que no quiere dejar de sentir dolor?  Existe una pequeña línea entre el dolor y el placer, para algunos un placer físico, para la mayoría uno psicológico. Sufrir, nos brinda posibilidades sociales impensables, nos abre la puerta al consuelo, la atención, el cariño, la compasión. Nos otorga excusas para la apatía, el desinterés  y la inercia. Nos protege del fracaso, acobijándonos en imposibilidad de intentarlo. El dolor, inspira al arte, a la música, a la poesía, a los amantes y cineastas. Si del dolor se obtienen recompensas, se interpreta así como una recompensa. ¿Entonces como no enamorase de él?

Físicamente, la línea entre el placer y dolor es muy pequeña, ambas sensaciones se activan en el mismo circuito cerebral y liberan dopamina. En el caso del primero su objetivo es generar bienestar y relajamiento, mientras que la dopamina en el segundo busca aliviar el malestar. En sí, el dolor no es aditivo, pero sí la sensación de liberarse de él.

Esta es la razón, por la que muchas personas se sabotean a sí mismas, cuando de sentirse bien se trata.  Paradójicamente; ser infeliz, en muchas ocasiones nos hace feliz. Pero esta sensación de bienestar es momentánea, y el dolor poco a poco va mermando la posibilidad de sentirnos realmente plenos. Vivir con dolor no es malo, que el dolor viva en ti; si lo es.  

 

Por: Alicia Soto

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