Chiquito, chiquito

Arq. Mario C. Contreras Figueroa

 

Hace ya algunos años, tuve la oportunidad de trabajar para un importante empresario local y como parte de nuestro trabajo, lo acompañábamos a él y a nuestros clientes a diversos lugares de los Estados Unidos, para buscar materiales que serían usados en sus casas y que, entonces, no se conseguían en México.

En una de estas ocasiones, fuimos a la ciudad de Dallas, Texas, buscando mobiliario para una de estas propiedades y nos trasladamos por vía aérea: él, en su avión particular y nosotros en línea comercial.

Después de terminar todos los pendientes, nos hospedamos en un hotel que tiene acceso directo a una plaza comercial y ahí, en los pasillos nos encontramos a la esposa del jefe, con su hijo, entonces de unos seis años y conversamos por unos minutos. Al final el niño, curioso, nos pregunta que como es posible que estemos ahí, si él nos vio en Chihuahua y mi compañero le comenta que nos trasladamos en un avión, grande, grande. El niño empezó a llorar desconsolado y cuando su mamá le pregunta qué es lo que pasa, le contesta: ¡ellos vienen en un avión grandote y nosotros en uno chiquito, chiquito!. En la inocente mentalidad de un niño, no se daba cuenta qué él, por su situación económica, podía darse el lujo de viajar directamente y de manera expedita, no sólo a esa ciudad, sino a cualquiera que deseara.

Lo anterior viene a colación por la encuesta que se está preparando, a manera de consulta popular, para decidir si el nuevo aeropuerto de la ciudad de México, que se construye actualmente en Texcoco, se sigue edificando en ese sitio o se construyen dos pistas más en otro lugar, Santa Lucía, para evitar supuestos despilfarros y el daño ecológico consiguiente.

No importa que se haya convocado a un concurso internacional, que ganó Sir Norman Foster, al momento, el arquitecto más experimentado en diseño de aeropuertos en el mundo, en una supuesta colaboración con Fernando Romero, el yerno consentido (no tiene otro) de Carlos Slim.

No importa que ya se hayan hecho grandes inversiones en el sitio, ya no en estudios y proyectos, sino en la construcción, propiamente dicha.

No importa que el proyecto signifique que, al ser este uno de los aeropuertos más grandes del mundo, la ciudad de México se convierta en el “hub” más importante de toda América, con la consiguiente derrama económica.

No importa, tampoco, que la actual ubicación y las mismas instalaciones, sean obsoletas y que ampliarlas, solo es dinero tirado a la basura.

Y mucho menos importa que, según la encuesta de la empresa “Parametría”, 7 de cada 10 mexicanos nunca se han subido a un avión y de este porcentaje, muchos no han volado hacia o desde la ciudad de México.

Lo que importa es que los mexicanos seamos quienes tomemos la importante decisión, que afecta a la ciudad y al país en muchos rubros.

Que si el daño ecológico, que si Texcoco se hunde, que si los nacionalistas revolucionarios la consideran una obra inútil y es mejor construir un tren de fantasía en la península de Yucatán.

Total, en Alemania (o sabrá Dios dónde), construyeron un aeropuerto que, ya terminado, por una consulta popular se quedó sin ser utilizado.

Los romanos tenían una frase, que resume este tema: “al pueblo, pan y circo”.

Muchos se sentirán orgullosos -y así se lo contarán a sus nietos- de haber sido parte de esta importante consulta, de sólo una pregunta. Un plebiscito, sin duda.

Aquí, los expertos no opinan, opinamos todos los ilustrados mexicanos, aunque ni siquiera nos hayamos subido a un avión chiquito, chiquito.

Y esto solo hace pensar en una cosa: la famosa consulta no importa, es una manera de cumplir, sin hacer nada, una promesa de campaña. Los resultados, son lo de menos. Es más, con toda seguridad, ya se sabe el número exacto de mexicanos que están a favor de una o de la otra ubicación. Y no hay manera de probar lo contrario.

Es la primera vez, que yo recuerde, que un presidente electo, sin haber tomado posesión del cargo, ya está operando como si estuviera en funciones. Faltan muchos días, todavía, para que sea el presidente legítimo y ya opina de este y de muchos asuntos más, como si fuera el experto.

En política, el jefe es el que se encarga de las relaciones y su equipo es el que maneja los aspectos técnicos. Así es y así debe de ser, todas las organizaciones del mundo funcionan de esa manera.

Este inútil e innecesario desgaste de la figura del presidente le está costando a él y a su equipo. Bodas fifís, amenazas a los legítimos propietarios de la tierra, estadísticas generadas en la imaginación de algún escritor de discursos. Gritos, sombrerazos, ni Obama los tuvo. Y ni siquiera el referente más notorio, Donald Trump, ha llegado a eso.

Si Juan Rulfo viviera, ya estaría escribiendo una nueva novela, sobre el México surrealista que nos espera. Su obra maestra: la nueva Comala.

Arq. Mario C. Contreras Figueroa

Notas recientes

Facebook
Comentarios