Carta a Lola

Una Reflexión Personal | Luis Villegas Montes

luvimo6614@hotmail.com

 

 

Hola mamá:

 

         Me imagino que, como es costumbre, con el argumento de que no te gusta ventilar en público los asuntos familiares, estarás en contra de estas líneas; como ves, tampoco en este asunto te he hecho mucho caso, más o menos como vengo haciéndolo desde los trece años —que fue la primera vez en que una de tus admoniciones me entró por una oreja y me salió por la otra sin dejar rastros—.

 

Resulta que el domingo me diste tremendo susto; estabas pálida, sudando frío,  con un gesto de profundo dolor pintado en el rostro, en ese trance, alcancé a preguntarme en un susurro: “¿y ahora?”; ahí nomás empecé estos párrafos.

 

Recordé entonces un poema de Constancio C. Vigil, uno de cuyos versos dice: “Amar es cambiar de casa el alma”; siempre he creído que madurar es dejar de estrenarse; dejar de mudar los muebles de lugar en esa casa. Después de largos 52 años, creo que son pocas las cosas que no sé de mí; me conozco bien —y no me gusto, conste— y puedo anticipar con gran precisión porqué voy a bufar o porqué no (tarea nada complicada, por cierto, pues suelo impacientarme con el 90% de las cosas y el 99% de las personas).

 

Como sea, te digo, ese “dejar de estrenarse” significa que estás listo para afrontar cualquier contingencia con el ánimo sereno de quien sabe cuánto va a ocurrir, por lo menos respecto de uno mismo. De mí, sé de qué patita cojeo, de cuál no, qué voy a hacer y definitivamente qué no voy a hacer; pues bien, en ese páramo de inhóspitas certezas vienes tú a dar al traste con todo.

 

Resulta, Lola, que el domingo me di cuenta que eres la persona más importante en mi vida; no te voy a decir que eres a quien quiero más porque no es cierto (ahí están los lepes); pero definitivamente sí, eres la persona más importante en mi vida y no quise esperarme al 10 de mayo para decírtelo.

 

Nada de lo que tengo o soy, Lola, me lo diste tú; mucho le debo a mis demás mentores: mi hermana Patty, mi tío Jesús, mi abuela Esther, mi papá Cruz; mis aciertos y errores como propios los asumo; sin embargo, en este mundo de desencuentros, donde la gente parece no saber quién es, qué quiere o qué necesita, tú me hiciste el obsequio más valioso de mi existencia toda: me brindaste la posibilidad de creer en mí. Nunca, Lola, en esos 52 años largos de los que ya hablaba, he dejado de tener la certera convicción de tu amor indeclinable; y eso es mucho decir, fíjate; porque en esa borrascosa travesía que significa vivir, contar con un puerto seguro no es poca cosa. Tú has sido eso: un pedazo de casa al cual regresar en todo momento; un faro para hallar el rumbo en mis derrotas; un hálito que me refresca la memoria y me habla de los afectos auténticos, de la compañía pródiga, de la complicidad sin fisuras.

 

Por eso el domingo me descubrí pensando qué sería de mí si tú me faltas y cómo, por fuerza, tendría que empezar a develar el misterio de ese yo sin ti; no sé si habré de correr amok —como Ajax Telamónida— o a quedarme atónito —como una víctima de Medusa—. Es sólo que esa desazón y desconcierto de no terminar de madurar se me hizo evidente de pronto.

 

Constituye una pregunta recurrente esa de para qué estamos aquí; la humanidad lleva siglos intentando darle respuesta; tú, Lola, lo tienes fácil, si un día alguien te pregunta qué viniste a hacer al mundo, puedes afirmar, sin lugar a equívocos, que estuviste aquí para servir a los demás sin dudas, regateos ni mezquindades. No sé cuál crees tú que ha sido el propósito de tu vida, por si no lo sabías, ha sido ése: servir a los tuyos (y a veces hasta a algunos entenados) en el sentido más amplio del término: hijos, padres, hermanos, amigos, todos, sin excepción, encontraron en ti una sonrisa franca, una mano amiga, un abrazo cordial, una palabra de aliento e incluso, ¿y por qué no?, un techo, comida o unos pocos pesos.

 

Toma los párrafos anteriores como una especie de preámbulo; cualquier misiva que se precie de serlo necesita un motivo y yo podría haberlo escrito en su solo párrafo, pero ya ves cómo soy; concluyo: “Gracias por todo; te quiero siempre, mucho”.

 

Tu hijo, Luis.

 

Una Reflexión Personal | Luis Villegas Montes

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