Cuidar la transformación: hegemonía, restauración y el peligro del retroceso interno

Por José Cuauhtémoc Cervantes Aceves

Antonio Gramsci advertía que las transformaciones históricas no fracasan únicamente por la fuerza de sus enemigos, sino por la incapacidad de las fuerzas en el poder para construir y sostener una hegemonía ética, política e intelectual. Cuando un proyecto pierde su dirección ideológica, decía el pensador italiano, se abre paso a la restauración, muchas veces bajo formas aparentemente progresistas. A ese fenómeno lo llamó revolución pasiva: cambios administrados desde arriba que preservan, en el fondo, el orden existente.

La caída de la Unión Soviética, como bien apunta Nikos Mottas, encaja en esa lógica.   -La caída de la URSS fue una tragedia para la humanidad, pero no el fin de la historia
Nikos Mottas (Periodismo Alternativo, dic 26, 2025)-

No fue solo una derrota geopolítica, sino el resultado de una descomposición interna, donde sectores dirigentes abandonaron el horizonte socialista y comenzaron a gestionar el sistema en términos de eficiencia, estabilidad y coexistencia con el capitalismo. El proyecto no fue derrotado: fue vaciado.

Esa lección es plenamente vigente para la Cuarta Transformación.

Hoy, el principal riesgo para la 4T no proviene del PRIAN como oposición formal —electoralmente debilitada y socialmente desacreditada—, sino de su reconfiguración interna. Como enseñó Gramsci, las élites derrotadas rara vez desaparecen; se reciclan, se adaptan y buscan influir en el nuevo bloque histórico, llevando consigo sus valores, métodos y concepción del poder.

Desde esta perspectiva, la incorporación de cuadros provenientes del PRI y del PAN debe analizarse no como una anécdota biográfica, sino como un problema de cultura política. Figuras como Manuel Bartlett o Ricardo Monreal, formadas en el corazón del viejo régimen, no representan únicamente trayectorias personales, sino una manera de entender la política: acuerdos cupulares, centralidad del aparato, negociación entre élites

A ello se suma el caso de Adán Augusto López, cuya trayectoria priista y posterior ascenso dentro de Morena refleja con claridad una concepción del poder basada en el control político, la disciplina vertical y la operación pragmática del Estado. Su estilo, más cercano al priismo clásico que a una izquierda de base social, ilustra cómo el viejo régimen no siempre regresa con siglas antiguas, sino con prácticas conocidas bajo nuevas banderas.

Sin embargo, sería un error limitar la crítica únicamente a quienes provienen explícitamente del PRIAN. Existe un fenómeno más delicado y profundo: dirigentes que se asumen como fundadores o históricos de Morena, que participaron en la ruptura inicial con el viejo régimen, pero que con el paso del tiempo han adoptado conductas y posiciones cada vez más compatibles con la derecha ideológica y con los vicios que se prometió erradicar.

Aquí es donde la advertencia gramsciana se vuelve central. Cuando un movimiento llega al poder, parte de su dirigencia puede convertirse en lo que Gramsci llamó una “nueva capa dirigente separada de las masas”, más preocupada por la gobernabilidad entendida como contención del conflicto que por la transformación estructural. En ese tránsito, reaparecen prácticas propias del PRIAN: clientelismo electoral, uso patrimonial del cargo, opacidad en decisiones clave, alianzas con intereses económicos regionales y un discurso que sustituye la justicia social por la “estabilidad”.

Este fenómeno no es accidental. Es el resultado de una pérdida de centralidad del proyecto ideológico, sustituido por una lógica administrativa del poder.

La Cuarta Transformación corre el riesgo de convertirse en una revolución pasiva si permite que los vicios del viejo régimen se normalicen dentro de sus propias filas. No se trata de pureza, sino de coherencia histórica. No se trata de cerrar el movimiento, sino de definir límites claros entre sumar fuerzas y diluir el proyecto.

La historia demuestra que las restauraciones no siempre llegan con golpes espectaculares. Muchas veces avanzan lentamente, legitimadas por el discurso de la moderación, la experiencia y la “responsabilidad política”. -Rafael Barajas Criticó a los militantes que se opusieron a la designación y les dijo que dejaran de decir “estupideces”, pidiéndoles que “se callen, que maduren, que crezcan y que sean responsables”, advirtiendo que abrir debates internos en ese momento podría poner en riesgo la unidad.-  Así cayó el socialismo soviético. Así han sido neutralizados numerosos proyectos transformadores en América Latina.

Como advirtió Gramsci, “la crisis consiste precisamente en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”. Si Morena no pone límites claros a la reproducción de los vicios del PRIAN dentro de sus propias filas, el riesgo no es solo el retroceso: es la traición histórica.

La historia es clara. Las transformaciones no suelen morir por ataque frontal, sino cuando quienes dicen defenderlas comienzan a gobernar como aquello que juraron combatir. La Cuarta Transformación aún está a tiempo de corregir el rumbo, pero eso exige nombrar el problema sin eufemismos.

México aún está a tiempo de evitarlo.

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Pedían soberanía mientras se entregaban colaboradores de Rocha en EU

El coordinador de los diputados del PAN, Alfredo Chávez, señaló que en morena deben tener un poco de decencia en su intento de la defesa de la soberanía del narcogobierno, mientras dos ex colaboradores de Rubén Rocha Moya se entregaron a los Estados Unidos.

Esto luego que durante la marcha se entregaron en Estados Unidos personajes que junto con él son señalados como el general en retiro y ex secretario de Seguridad Pública, Gerardo Mérida Sánchez, así como del ex secretario de Administración y Finanzas Enrique Díaz Vega.

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