
En los últimos días, el caso venezolano ha vuelto a colocar en el centro del debate internacional una cuestión fundamental: ¿hasta dónde están dispuestas a llegar las grandes potencias cuando consideran que sus intereses estratégicos están en juego?
Las discusiones sobre soberanía, control de recursos y legitimidad de la intervención han reabierto interrogantes que parecían superados tras el final de la Guerra Fría. En este clima de tensión y de normas cada vez más disputadas, ideas que antes se consideraban inverosímiles comienzan a circular con mayor naturalidad en el discurso político.
Recientemente, y después de atacar algunos enclaves en Venezuela y de detener a Nicolás Maduro, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dejado muy claros sus intereses: “Necesitamos a Groenlandia por motivos de seguridad nacional”. Las alarmas ha saltado.
Es en este contexto donde reaparece una pregunta que, hace solo unos años, habría parecido absurda: ¿podría Estados Unidos intentar hacerse con Groenlandia? La cuestión no surge de la nada. Forma parte de un escenario internacional en el que la competencia por recursos estratégicos y el control de espacios clave vuelven a ocupar un lugar central.
La posibilidad de que Estados Unidos adquiera Groenlandia es muy limitada, ya que existen obstáculos legales claros. Desde 2009, cuenta con un amplio autogobierno dentro del reino de Dinamarca. Cualquier cambio de soberanía requiere el consentimiento de su población, un principio protegido por el derecho internacional.
También existen límites políticos relevantes. Una presión unilateral no solo dañaría la relación con Dinamarca, sino que además afectaría al conjunto de sus aliados. No debemos olvidar que Dinamarca es miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Un conflicto interno debilitaría a la alianza en un momento de alta competencia global.
Ante este escenario, la Unión Europea ha reaccionado de forma coordinada. Recientemente, varios Estados miembros han firmado un comunicado conjunto de apoyo a Groenlandia y al Reino de Dinamarca en el que subrayan el respeto a la soberanía, al principio de autodeterminación y al orden internacional basado en normas. El texto busca enviar una señal política clara frente a cualquier cuestionamiento externo del estatus de la isla y reafirma el compromiso europeo con la estabilidad del Ártico como espacio de cooperación.
Esta posición común convive, sin embargo, con una realidad estructural difícil de ignorar. La seguridad europea depende en gran medida de Estados Unidos, tanto en capacidades militares como en disuasión estratégica. Muchos Estados miembros carecen de medios suficientes para garantizar su defensa sin el respaldo estadounidense, lo que limita su margen de autonomía política.
Esta dependencia ayuda a explicar el tono prudente de la respuesta europea. La Unión busca respaldar a Groenlandia y a Dinamarca sin abrir una brecha con su principal garante de seguridad. El equilibrio entre principios y realismo estratégico se convierte así en uno de los grandes desafíos actuales.
Durante su primer mandato, Donald Trump ya expresó de forma pública su interés por la isla. Aquellas declaraciones sorprendieron a aliados y analistas, y reabrieron un debate en el que confluyen geografía, recursos y poder.
Hoy ese debate regresa con más fuerza. El Ártico se transforma con rapidez debido al calentamiento global y Groenlandia ocupa una posición central en ese proceso.
El interés por Groenlandia se explica, en primer lugar, por sus recursos naturales. En sus fondos marinos existen importantes reservas de gas y petróleo sin explotar que atraen atención política desde hace años.
La isla también alberga minerales estratégicos, entre los que destacan el cobre, el níquel, el zinc y el uranio. Todos ellos resultan esenciales para la industria energética y tecnológica.
Pero el mayor atractivo son las tierras raras. Groenlandia concentra alrededor de 1,5 millones de toneladas. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, dichas reservas incluyen lantánidos, escandio e itrio.
La disponibilidad de estos elementos –clave para baterías, energías renovables y sistemas electrónicos– condiciona las cadenas de suministro globales. Por ello, la isla gana peso en la competencia internacional.
La posición geográfica de Groenlandia refuerza su importancia estratégica, ya que la isla se sitúa junto a las rutas marítimas árticas del noroeste y del centro. El deshielo permite su uso durante más meses al año.
Si estas rutas se consolidan, el comercio marítimo será más rápido. Las distancias entre Asia, Europa y Norteamérica se reducirán, lo que alteraría los flujos comerciales tradicionales.
Groenlandia podría actuar entonces como punto de apoyo logístico. Su territorio facilitaría tareas de aprovisionamiento y mantenimiento, función que incrementaría su valor económico y estratégico.
Y desde una perspectiva militar, la isla ocupa una posición central: se encuentra entre Norteamérica, Rusia y Europa. Además, controla el acceso entre el océano Ártico y el Atlántico Norte. Este control tiene implicaciones para la seguridad marítima y aérea e influye en la vigilancia del espacio polar. Por ello, Groenlandia sigue siendo relevante para la defensa occidental.
Como decía más arriba, en 2019, Donald Trump ya planteó públicamente la posibilidad de comprar Groenlandia, una propuesta que se dirigió al Reino de Dinamarca. Aunque tanto Dinamarca como las autoridades groenlandesas rechazaron la idea, el episodio reveló un interés persistente. Estados Unidos nunca ha sido ajeno a la isla.
La presencia estadounidense se remonta a la Segunda Guerra Mundial. Durante la Guerra Fría, Groenlandia desempeñó un papel central en la defensa del hemisferio norte, una lógica estratégica que sigue vigente.
La base aérea de Thule, que continúa operativa, forma parte del sistema de alerta temprana y defensa antimisiles. Su función está directamente ligada a la seguridad estadounidense. La continuidad de esta base muestra que el interés no es coyuntural: responde a una visión estratégica de largo plazo. Groenlandia sigue siendo una pieza clave.
Pero el debate sobre Groenlandia va más allá de Donald Trump. Refleja un cambio profundo en la política internacional donde la geografía vuelve a ocupar un lugar central.
El deshielo del Ártico abre nuevas rutas y oportunidades y, al mismo tiempo, intensifica la rivalidad entre potencias ganando valor político los recursos estratégicos.
A pesar del revuelo mediático de estos días, Groenlandia no es Venezuela. Una anexión de Groenlandia por parte de Estados Unidos es poco probable, pero la actual situación muestra cómo cambian los límites del debate internacional. Así, el Ártico se consolida como uno de los escenarios clave del siglo XXI.
Con información de: El economista.