
En Chihuahua el debate sobre la reforma electoral comenzó incluso antes de que exista una iniciativa formal en discusión. Algunas voces ya han anunciado que no la acompañarán. El argumento es conocido: la supuesta “protección del pluralismo”. En abstracto suena bien. Pero el contexto importa. Porque en la política chihuahuense hay historias que no se cuentan por periodos legislativos, sino por generaciones. Desde mediados de los años noventa, un mismo apellido ha aparecido de manera recurrente en el Congreso local y en cargos legislativos federales. Durante casi tres décadas, distintas posiciones han sido ocupadas por integrantes de un mismo núcleo familiar dentro del mismo espacio partidista.
Ese partido ha logrado algo que muchas empresas familiares envidiarían como estabilidad y sucesión generacional. La diferencia es que aquí no se administran negocios privados, sino posiciones públicas. Así, cada vez que se discuten reformas importantes, el partido vuelve a ocupar un lugar estratégico en la conversación política, recordando que su voto puede ser decisivo. No faltan quienes ven en ello una peculiar forma de negociación política, una presencia pequeña en número, pero lo suficientemente constante como para que cada coyuntura nacional o estatal termine pasando inevitablemente por la misma mesa familiar.
Eso no es formalmente ilegal. Pero sí vuelve inevitable una pregunta cuando se discuten reformas electorales. ¿Se está defendiendo un principio democrático o un modelo que ha permitido que ciertos apellidos permanezcan en la política durante décadas?
La regulación de la representación proporcional como está vigente hasta ahora, nació para ampliar la pluralidad política. Sin embargo, con el tiempo también se convirtió, en algunos casos, en un mecanismo que permitió la continuidad de estructuras políticas de tipo caciquil dentro de partidos pequeños.
Por eso cada vez que se plantea modificar el sistema electoral aparecen discursos dramáticos sobre la defensa de la democracia. Pero a veces la explicación es mucho más simple. Cuando cambian las reglas del juego, también cambian las condiciones para quienes han sabido vivir de ellas. Y en política, como en cualquier otro ámbito, hay quienes terminan confundiendo la defensa de las instituciones con la defensa de su propia permanencia dentro de ellas.
Y ojo. Conviene decirlo con claridad, la discusión actual tampoco gira en torno a desaparecer la representación proporcional. Lo que está sobre la mesa es algo distinto, replantear la forma en que se distribuyen esos espacios para que respondan mejor a la representación efectiva de la ciudadanía y no a esas inercias partidistas acumuladas durante años. En otras palabras, no se trata de cerrar la puerta al pluralismo, sino de preguntarse si ese pluralismo debe seguir funcionando como hasta ahora. Sí al pluralismo, no a las dinastías.