
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Hoy comparto un acontecimiento que llenó de asombro, júbilo y esperanza a nuestra ciudad de Chihuahua, fue, la llegada del telégrafo, aquel prodigio eléctrico que transformó las comunicaciones del siglo XIX, por ello, corría la década de 1870, cuando en Chihuahua aún se hablaba de noticias que viajaban lentas y pesadas por “propios” y diligencias, por eso, la expectativa era intensa, casi eufórica, ante la posibilidad de recibir mensajes en instantes, una promesa de modernidad que llenaba el pecho de los habitantes con una mezcla de alegría y vertiginosa curiosidad, así, el punto de partida de esta historia, fue el emblemático edificio conocido como “La Despedida” lugar de encuentros, de despedidas lacrimógenas y cariñosas, sitio que más tarde sería asociado con el moderno “Alsuper Lerdo”.
Frente a la alameda entonces llamada “Alameda Santa Rita” y en la cercanía donde se erigirían el Parque Lerdo de Tejada y el elegante “Paseo El Porvenir”, la ciudad vivía todavía esa nostalgia serena por otros tiempos y, a la vez, una sed ardiente por el progreso y fue en una tarde decisiva, la convivencia entre lo antiguo y lo nuevo se percibía en cada gesto; la emoción contenida de quienes miraban los postes y los cables como si fueran puentes hacia el porvenir. El día señalado sería el jueves 2 de marzo de 1876 cuando se inauguraría el telégrafo en Chihuahua. En torno al acto inaugural, se congregaron personajes notables, el anfitrión de la velada en La Despedida, fue el señor Félix Maceyra; en el otro extremo, en el salón de recepciones del antiguo Palacio de Gobierno, hoy transformado en el venerado “Museo Casa de Juárez”, esperaba el gobernador, el licenciado Antonio Ochoa, junto con otras autoridades y damas de la ciudad.
La anfitriona, la carismática y locuaz Concepción Bear de Maceyra, irradiaba buen humor y hospitalidad, con su gracia natural animaba las conversaciones, y provocaba sonrisas cómplices entre los presentes, que oscilaban entre la alegre expectativa y un puntito de incredulidad. Llegaría las 4:45 de la tarde, ante un rumor de aplausos y un palpitar colectivo, se puso en marcha el aparato, la primera corriente eléctrica que enlazaría dos puntos de la ciudad. De esta manera, el primer telegrama enviado desde la casa del anfitrión fue corto, pero cargado de emoción esperanzada y orgullo local: “Telégrafo del Supremo Gobierno. Telegrama. Depositado en ‘La Despedida’ el 2 de marzo de 1876. C. Gobernador del Estado Lic. Antonio Ochoa. Palacio de Gobierno. ¡Paso al Progreso! La corriente eléctrica está en mi casa y lleva a usted un apretón de manos. ¡Viva México!”, firmaba quien abriera aquella nueva era, el señor don Félix Maceyra. Al recibirlo, el mandatario contestó con palabras que destilaban orgullo y confianza en el futuro; agradeció el saludo, y exhortó a la cooperación de los “buenos chihuahuenses” para que, el proyecto siguiera adelante, así, las respuestas, las risas y los brindis que siguieron, diluyeron por un instante cualquier tristeza antigua, y sembraron en su lugar una renovada esperanza colectiva.
Los mensajes que cruzaron en aquella tarde tuvieron un tono festivo, juguetón y, a ratos, poético. Desde la casa del anfitrión, llegaron saludos que se leían como pequeñas cartas de júbilo; la anfitriona, con su habitual ingenio, enviaba salvas de simpatía, donde amigos y políticos intercambiaban frases que mezclaban metáfora y asombro: “El rayo prepotente sumiso está en mis manos” era la manera en que uno de ellos celebraba la potencia recién domesticada, por su parte, la alta sociedad respondía con elogios y reconvenciones cariñosas; un mensaje que evocaba la música y la delicadeza se dirigió a una dama amiga y provocaba sonrisas conmovedoras. El tono general, oscilaba entre la algarabía jubilosa, y la emoción contenida de quienes eran conscientes de formar parte de un hito histórico, y durante varios días y semanas, la ciudad se dejó llevar por ese juego nuevo, enviar y recibir telegramas, se convirtió en una diversión social, en un gesto de modernidad y, también, en una forma de reafirmar lazos. Los mensajes eran entregados en la puerta de la residencia del destinatario, y cada entrega generaba pequeñas escenas de celebración: abrazos, comentarios en voz alta, risas entusiastas y, en ocasiones, algún guiño de melancolía entre los más viejos, que, recordaban los dolores y las despedidas largas de antaño. La novedad no borró la memoria, esa mezcla de alegría y tristeza que caracteriza a las urbes históricas; más bien la iluminó con una esperanza luminosa y, a la vez, puso de relieve las limitaciones de quienes quedaban excluidos del nuevo cauce de la información.
No todo fue únicamente júbilo, junto a las muestras de entusiasmo hubo también quienes, con cierto ceño preocupado, se preguntaban por el coste social del progreso; algunos temían que la rapidez de los mensajes, trivializara las despedidas profundas, otros, se inquietaban por la dependencia que se empezaba a crear en torno a la técnica. Esa ambivalencia organizada, entre la euforia y la inquietud, es parte del legado emocional que dejó la llegada del telégrafo, un triunfo que encendía esperanzas de prosperidad y, al mismo tiempo, un recordatorio de que, todo avance trae consigo tensiones y pérdidas potenciales. Los nombres que aparecen en las primeras transmisiones: diputados, redactores, amigos y matronas, representaron la pluralidad de la ciudad. Figuras como Víctor de la Garza y Palacio, Juan Manuel Asúnsolo, Enrique Creel y el jefe político Patricio Gómez Del Campo, intercambiaron saludos que, más allá del ingenio, manifestaban un deseo compartido de ver a la ciudad integrarse al ritmo creciente del país y del mundo. Las damas, reivindicando su lugar en la vida pública, respondieron con mensajes cargados de delicadeza y firmeza afectiva, un gesto de presencia femenina que combinaba ternura con orgullo social.
Con el paso del tiempo, el suceso quedó inscrito en la memoria local como una prueba viviente de la transformación. Aquella corriente eléctrica que un día llevó un “apretón de manos” entre dos puntos de la ciudad, simbolizó algo más, la posibilidad de acortar distancias, de multiplicar encuentros y de convertir lo lejano en cercano. A la vez, dejó lecciones humildes sobre la fragilidad humana frente al cambio, no todo se resuelve con tecnología; la solidaridad, la atención y la memoria, siguen siendo necesarias para que el progreso no devenga en indiferencia.
Hoy, al recordar esa tarde, al evocar los gestos de regocijo, los brindis, las frases poéticas y las preocupaciones discretas, la crónica recupera matices de alegría y de melancolía, de esperanza luminosa y de temores prudentes. Es una narración que celebra el ingenio humano, y la capacidad de asombro, pero que, también reconoce las pequeñas derrotas y las dudas que acompañan todo gran avance. Así, la llegada del telégrafo a nuestra ciudad, no fue sólo un hito técnico, fue un acontecimiento emocional, social y simbólico que abrió puertas al futuro y dejó, entre el ruido de cables, una lección atemporal que, el verdadero progreso se mide no sólo por la rapidez de las noticias, sino por la calidad de los vínculos que esas noticias ayudan a sostener.
De diligencias al rayo eléctrico: llegada del telégrafo que transformó la comunicación en Chihuahua, forman parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea los libros de la colección de los Archivos Perdidos, tomos I al XIII, adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111). Además, tres libros sobre “Historia del Colegio Palmore”, llame al celular 614-148-85-03 que con gusto los llevamos a domicilio.
Fuentes de Investigación: Archivo Histórico de la Ciudad de Chihuahua; Lorenzo Arellano Schetelig y Walcon Fawcety, Washington City.