
Por Lucía Elía Salmón Reyes
lucysalmn@yahoo.com
Licenciada en Psicología-Universidad de Estudios Avanzados (UNEA)
Elegí abordar un tema que observo con frecuencia en lo cotidiano y que, sin embargo, a veces pasa desapercibido, el síndrome de “Wendy”, con ello, no pretendo juzgar si está bien o mal, mi interés principal, es invitar a la reflexión y despertar un pensamiento crítico en quien me lee, con la esperanza de que esa toma de conciencia, permita realizar cambios necesarios para alcanzar una vida más equilibrada; el síndrome de Wendy, se manifiesta como una entrega excesiva y una abnegación sostenida en el tiempo: madres, y también padres, que priorizan de manera obsesiva las necesidades hacia sus hijos y de su pareja, por encima de las propias.
Empujadas por un miedo profundo al abandono o al rechazo, asumen la totalidad de las responsabilidades del hogar y la afectividad, limitando la autonomía de quienes cuidan y postergando su propio bienestar hasta el agotamiento; he observado esto, una y otra vez, y siempre me conmueve la misma imagen, un reloj de arena que derrama sus granos hasta quedar vacío. Además, he visto varias señales que me ayudan a reconocer este patrón, la primera es la sobreprotección, aquí, se evita que los hijos asuman responsabilidades o enfrenten frustraciones, intentando así evitarles el dolor o el fracaso; esa intención, aunque nace del amor, puede fomentar la dependencia y dificultar la madurez.
Otra manifestación, es el sacrificio personal, se antepone los deseos y necesidades ajenas a los propios, olvidando proyectos personales, hobbies, descanso y, a veces, la salud física o emocional. Muchas veces, se buscan ser necesitadas, encuentran su valor en resolver problemas, en estar siempre disponibles y en sentirse indispensables, y detrás de todo esto, suele asomarse el miedo al abandono, la convicción de que, si dejan de satisfacer a los demás, serán rechazadas o perderán el afecto que las conecta. También he percibido, cómo la culpa y el perfeccionismo complejizan esta conducta, sienten que nunca son “suficientemente buenas” y se exigen cubrir cada detalle del cuidado familiar.
Culturalmente, esa exigencia, suele recaer más sobre las mujeres, por la persistencia de roles y expectativas tradicionales; no es extraño, entonces, que quien sufre este “síndrome” en mayor proporción, sea una mujer, pero no debemos olvidar que los hombres también pueden verse atrapados en este patrón, y que el fenómeno es resultado de factores culturales y educativos tan profundos que a menudo pasan desapercibidos. Un aspecto que me preocupa profundamente, es el impacto en los hijos, pues en muchos casos, he podido observar la aparición del llamado “síndrome de Peter Pan”, personas que, por haber sido demasiado protegidas o por no haber asumido responsabilidades en su infancia, presentan dificultades para madurar, enfrentar la vida adulta, y construir autonomía, esa dinámica, crea una dependencia intergeneracional que termina afectando la calidad de vida de todos.
He conocido mujeres que daban sin medida hasta quedarse vacías, ¡No exagero!, las he visto invertir tiempo, energía y salud en el cuidado de otros hasta el punto de perderse a sí mismas. Algunas llegaron a invertir los roles con sus propios padres, haciéndose cargo de adultos que, ya habían sido quienes las cuidaron; otras, continuaron maternizar relaciones de pareja, abandonando proyectos, anhelos y sueños personales, incluso, en situaciones de vulnerabilidad física, he visto negar su propio cuidado por priorizar el de alguien más. Es una entrega que tiene premios sociales, aprobación, reconocimiento, la sensación de utilidad, pero que, a largo plazo, pasa factura en frustración, resentimiento y problemas de salud.
“La metáfora del reloj de arena” me resulta especialmente potente, ya que, cada grano que cae es un día, una decisión, una renuncia, y cuando se termina el tiempo, esas mujeres a menudo llegan a una etapa de su vida con una mezcla de tristeza y frustración. Miran atrás y encuentran una soledad que intentaron evitar toda la vida, resolviendo la vida de los demás, y al final, se quedan con recuerdos de una existencia que quizá no fue la que soñaron, algunas, no tuvieron la oportunidad de retomar pausas, de explorar la propia identidad, o de reconstruirse; en lugar de ello, pasan a hacerse cargo de nietos y prolongan un ciclo de agotamiento físico y emocional, cuando ya no cuentan con la misma energía.
Cuando las observo, leo en sus rostros, historias no contadas, anhelos pospuestos, decisiones tomadas por otro, un cansancio que se marca en las líneas de expresión. Veo miedo a la soledad, necesidad de sentirse útil y aceptada, enojo por no haber tenido control sobre su propio destino, y una tristeza profunda que, no siempre aparece en palabras, pero sí, en la postura, en las pausas y en el silencio; son vidas emocionalmente quemadas, como si cada grano de arena hubiera ido vaciándolas poco a poco. Por eso escribo desde la urgencia de invitar a la reflexión; quiero que cada mujer, y cada persona, se pregunte: ¿qué deseo para mi siguiente tercio de vida?; ¿en qué condiciones físicas y emocionales quiero llegar al final de mis días? Preguntas sencillas pero decisivas, para mí, el valor de una persona no se reduce a su servicio a los demás, tampoco, lo es el sacrificio constante sin límites. Este viaje llamado vida es breve y frágil, y por eso, es imprescindible aprender a amar con sabiduría; amar sin consumirse, cuidar sin desaparecer, sostener sin anular la propia identidad.
No propongo un egoísmo frío ni una indiferencia hacia quienes amamos, propongo equilibrio, sembrar cuidado y límites para que, cuando lleguen los días difíciles, podamos cosechar cuidados amorosos. Si ese apoyo no existiera, debemos encontrar dentro de nosotras mismas, la fuerza para darnos el cuidado, el amor y la paz que necesitamos. No es fácil, requiere des aprender hábitos, negociar límites, aceptar ayuda y, a veces, buscar acompañamiento terapéutico; es un proceso que pide valentía y perseverancia, pero que, a la larga, sostiene la dignidad de la persona y calidad de las relaciones. Siento, además, que es importante reconocer la dimensión espiritual que muchas mujeres comparten y finalmente, en mi experiencia, la fe puede ser un sostén profundo; la convicción de que hay un Padre que acompaña y que nunca abandona, ofrece consuelo, esperanza y al mismo tiempo, la espiritualidad genuina no debe ser una excusa para la auto aniquilación; amar a Dios y a los demás también implica amarse a una misma, honrar el propio cuerpo, la mente y el espíritu como dones que merecen cuidado.
Quisiera terminar con una invitación y bendición para las mujeres y detenerse a mirar su reloj de arena y decidir, cómo desean que caigan los próximos granos; siembren con amor, pero también con sabiduría; cuiden sus proyectos y su salud, como protegerían a un hijo amado; cultiven relaciones que les permitan ser mujeres plenas, no solo figuras de servicio. Y, si en el camino, sienten que necesitan ayuda para recuperar su centro, que no les dé miedo pedirla. Con todo el amor, el respeto y la admiración que me inspiran esas vidas que he visto agotarse y resistir, les digo, sean felices y agradecidas cada día. Recuerden que, en la mirada del Creador, su valor no depende de cuánto hayan dado, sino de quiénes son, debemos decidir sabiamente cómo recorreremos el tramo que nos queda, y con qué dignidad queremos llegar al final, que así sea.
"Cuidar de todos para evitar la soledad, es un refugio que termina convirtiéndose en cárcel, no puedes ser el soporte de un mundo ajeno si tus propios cimientos están rotos".
Con cariño: Lucía.