
“La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó, es el descubrimiento de las Indias”. Francisco López de Gomara.[1] |
Por, Luis Villegas Montes.
A patear el pesebre y a desmontar la anquilosada tramoya ideológica del nacionalismo mexicano.
Nacionalismo a la mexicana por cierto que, ahora como jamás —peor que en el priato—, es un nacionalismo ramplón, simplificador, maniqueo, aldeano, rudimentario, panfletario, catequístico, dogmático, mitológico, patriotero, acrítico, de cartón piedra y bronce oxidado, resentido, revanchista, histérico (más que nunca), victimista, rencoroso, embustero y antihispánico.
En ese contexto escribió don José Fuentes Mares y, obvio, así le fue. Baste un dato anecdótico para ilustrar el punto: nombrado Rector de la Universidad Autónoma de Chihuahua, él mismo cuenta cómo apenas sí pudo ejercer el cargo, pues alguno de esos mentecatos sin oficio ni beneficio que nunca faltan fue con el chisme al presidente de la República, Adolfo Ruiz Cortines, y éste, en plan retórico se preguntó cómo podía haber sido nombrado para esa elevada responsabilidad el hombre que fue capaz de escribir Santa Anna: Aurora y ocaso de un comediante.[1] No cumplió ni un año en su encargo.
Pues bien, en Cortés. El Hombre, Fuentes Mares no pretende escribir una biografía académica cuajada de fechas, camafeos archivísticos o erudición exhibicionista. El propio autor advierte desde el inicio que se trata de un libro destinado a lectores “poco o nada interesados en el detalle de relevancia escasa; esto es, a quienes prefieren contemplar el bosque entero y no perderse obsesivamente en cada árbol”;[2] sin embargo, reducir el libro a una simple “biografía crítica” sería muy injusto porque Fuentes Mares no busca practicarle una autopsia documental a Cortés, no; pretende devolverle respiración histórica, tamaño humano y densidad simbólica. El resultado es, pues, un texto a caballo entre el ensayo histórico, la reivindicación cultural, el retrato psicológico, la épica y la provocación intelectual.
El tono del libro es ágil y deliberadamente alejado del academicismo solemne; y aunque destaca que su autor no pretende fundar una novísima historiografía cortesiana, sí aspira a combatir la irracional simplificación nacionalista e indigenista —dominante en el siglo XX y, ¡ay!, en lo que va de este decenio—. Cuando el libro ve la luz, el relato histórico oficial llevaba décadas profundamente arraigado en una serie de tópicos vulgares que, tal parece, la Clau se fusiló enteritos para sulfurarse a gusto contra la Chabela.
La tesis central del libro es una sola: Cortés fue una figura histórica descomunal que iba montado en su siglo a horcajadas en todo: religioso, pero mundano; estratega y simulador; culto y brutal; sentimental y despiadado; político refinado y guerrero feroz; don Juan y Vlad III; hombre medieval y renacentista, al alimón (don José era un taurófilo irredento). Para el autor, el verdadero genio de Cortés no radica sólo en el uso de la espada; para él, su principal talento fue político y psicológico: leía hombres, manipulaba pasiones, combinaba el castigo y el perdón con extraordinario acierto; sobornaba, seducía, intimidaba, improvisaba, convertía a sus enemigos en aliados y jamás perdió de vista su objetivo final.
En resumen, Fuentes Mares nos regala un aguafuerte donde destaca la heroicidad de Cortés; misma que campea en el libro como una mezcla de voluntad absoluta, intuición histórica, genio político, audacia militar y una especie de fatalismo providencial.
¿Cómo y dónde lo ensalza?
¡Uf! Cuando narra el hundimiento de las naves: el acto de barrenar los navíos simboliza la renuncia total a la retirada; la aprehensión de Moctezuma, entrar en Tenochtitlan con unos cuantos cientos de hombres y apresar al emperador mexica en su propio palacio es de una audacia política y militar inaudita; la batalla de Otumba, donde Cortés figura casi como héroe homérico; o la construcción de bergantines para asediar la ciudad lacustre —ahí, Cortés organiza líneas marítimas, arma y desarma embarcaciones, transporta piezas por tierra, etc. (la operación fue gigantesca para el siglo XVI, sólo equiparable a la gesta de Aníbal al cruzar los Alpes)—.
Fuentes Mares remata la faena afirmando, sin ahondar en misticismos, que el genio de Cortés “no basta para explicar sus hazañas”[3] y que la conquista cortesiana fue, en suma: la “sustancialización de lo irreal”;[4] o dicho coloquialmente: la materialización histórica de algo que parecía imposible.
Continuará…
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[1] FUENTES MARES, José. Biografía de una nación, de Cortés a López Portillo, Océano, México, 1982, p. 288.
[2] Ibid., p. 12.
[3] Ibid., p. 17.
[4] Ibid., p. 18.