
Normalmente, las líneas que comparto en este espacio son para hablar del tema político, la cosa jurídica o los criterios e interpretación legislativa, los cuales son parte de mi día a día. Sin embargo, quienes me conocen de cerca saben bien que hay un rincón en mi vida que disfruto con pasión y que me hace sentir mucha emoción, la pasión por los deportes. Desde fútbol americano (el cual practiqué tres años de mi vida), a la NBA (contento por ganarle a mi jefe una apuesta a sus Espuelas de San Antonio) y recientemente la Fórmula 1 (ya no está Yuki Tsunoda, pero ahora ver a Kimi Antonelli le añade un sabor especulativo). Pero, sin más, el fútbol siempre ha sido una pasión familiar arraigada con fuerza, una comida de domingos compartidos, discusiones apasionadas con las amistades y una tradición que en mi casa se lleva con un cariño profundo. Mi hermano le va al Santos Laguna (lastimosamente) y yo soy atlantista de corazón desde que tengo uso de memoria. Con la Copa del Mundo en marcha, es imposible abstraerse de la magia del torneo más importante del planeta. Así, que durante la duración de esta justa mundialista, mis columnas serán exclusivas para el deporte vivo.
La primera jornada de este certamen expandido nos ha regalado momentos que justifican perfectamente por qué esperamos con tanto ahincó cada cuatro años, y hubo encuentros específicos que se quedaron grabados en mi retina por su propuesta y su dramatismo. Uno de los golpes de autoridad más nítidos lo dio Inglaterra al vencer 4–2 a Croacia, inclusive cantando el Wonderwall característico del Manchester City (Oasis era hincha de los Citzens), en un choque de la nueva generación de Inglaterra y los viejos líderes de Croacia. Por otro lado, Estados Unidos hizo respetar su casa en Los Ángeles (estadio que pude conocer por sus alrededores) con un imponente 4–1 sobre Paraguay, demostrando que su generación dorada está lista para asumir el protagonismo frente a su público y que el ataque norteamericano tiene dinamita pura para competirle a cualquiera en este torneo. Estados Unidos jugó bien, dio miedo y están con el ímpetu por los cielos.
Fuera del foco de los gigantes de siempre, la paridad del fútbol moderno nos dejó postales fascinantes en llaves que muchos habrían tachado de discretas en la previa. El vibrante triunfo de Colombia por 3–1 sobre Uzbekistán desnudó la sabrosura y el toque sudamericano frente al orden asiático, además de dejar en los libros de la historia el día que Colombia jugó de local en el Estadio Ciudad de México, mientras que el empate 2–2 entre Irán y Nueva Zelanda plasmó un duelo de estilos físicos e intensidad pura donde nadie se guardó nada, además de la narrativa que versa alrededor de la selección iraní, quien ha tenido problemas debido a las tensiones políticas. Son este tipo de partidos los que le dan sabor a la fase de grupos, demostrando que en un Mundial cada pelota se pelea como si fuera la última y que las distancias geográficas se acortan por completo cuando suena el silbatazo inicial.
Sin embargo, si tengo que elegir el duelo que me movió las fibras más profundas, ese fue el energético 2–2 entre Países Bajos y Japón. Para mí no fue un partido cualquiera; habiendo tenido la fortuna de recorrer y conocer Japón, guardo un vínculo emocional inmenso con ese país, al que siento totalmente como una segunda casa por su cultura, su gente y su hospitalidad. Ver a los nipones plantarse con valentía ante la jerarquía de la Oranje, responder golpe por golpe tras los goles de Van Dijk y Summerville, y rescatar ese empate agónico al minuto 89 gracias a Daichi Kamada, fue una auténtica oda al pundonor. El alma se me salía del pecho con ese gol tardío que hizo justicia al esfuerzo de los Samuráis Azules. El “equalizer” lo grité tanto como los goles de México.
La actividad no se detiene y los ojos de nuestro país están puestos en el segundo juego de México, que se medirá en la cancha ante una siempre disciplinada y peligrosa Selección de Corea del Sur, en el Estadio Guadalajara. El conjunto asiático no es un rival que se deba tomar a la ligera; se trata de una escuadra con transiciones sumamente veloces y un orden táctico impecable que suele asfixiar los circuitos del oponente si se le concede el más mínimo espacio. Para el Tricolor, este encuentro representa la oportunidad perfecta de dar un golpe sobre la mesa y demostrar que la localía y la preparación darán los frutos que la exigente afición mexicana ha estado esperando.
En el tablero estratégico del cuadro coreano, el nombre a seguir con lupa es, a mi gusto, sin duda alguna, Hwang In-Beom. El mediocampista es el auténtico motor de su selección, un futbolista de una calidad técnica sobresaliente, con una visión de juego periférica y una capacidad innata para dictar los tiempos del partido y filtrar balones entrelíneas. Estilo Holandés y pausas de la liga de los Países Bajos, sabe de amagues y de tiempos. Detener el flujo de juego que pasa por sus pies es la tarea primordial si se quiere neutralizar el ataque asiático; dejar que Hwang reciba cómodo de frente al marco rival es firmar una sentencia de peligro inminente para la parte baja de nuestra escuadra. Darle calma y espacio es algo que no se puede permitir.
Es ahí donde la figura del contención mexicano, Erik Lira (quien seguro, y aquí lo leyeron, ya no regresa a México), adquiere un peso verdaderamente protagónico para las aspiraciones nacionales en el juego de hoy. Lira tendrá que transformarse en una auténtica aduana impenetrable en el medio campo, poniendo especial atención en las coberturas, el juego físico y, sobre todo, en esa labor defensiva de sacrificio y destrucción que lo caracteriza para morder la salida coreana. Su capacidad para anticipar y cortar las conexiones enemigas será el pilar sobre el cual México podrá recuperar el esférico rápidamente y proyectar su propia ofensiva con transiciones limpias.
Poniendo el corazón por delante y analizando las armas de ambos bandos, me atrevo a pronosticar un ajustado pero merecido 2–1 a favor de México en el encuentro de hoy. Será un partido de dientes apretados, donde el desgaste físico pasará factura y la concentración en la táctica fija definirá el rumbo de los tres puntos. Al final del día, el fútbol nos devuelve esa bendita capacidad de apasionarnos y de volver a ser niños frente a la pantalla, recordándonos que, más allá de las leyes y las políticas, hay tradiciones familiares que se celebran gritando un gol con el alma.