
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Era el 8 de septiembre de 1933, cuando nací a las puertas del arroyo de “La Manteca” que bajaba desde la parte más alta de las faldas del cerro Santa Rosa –comenta, un vecino de ese populoso sector que tuve la oportunidad de platicar con él- ahí viví por años, y gracias a Dios, tuve la presencia de mi madre y padre que siempre me trataron bien. Éramos una familia de cinco hermanos que, de niños, siempre estuvimos unidos disfrutando a plenitud nuestra infancia; me acuerdo de las amorosas caricias que mí viejo me brindaba, de los consejos que a cada momento me expresaba para bien de mi persona, y no se diga, de aquellos ratos cuando le ayudaba hacer alguna reparación a nuestra humilde vivienda. Lo más triste de esto, es que, cuando llegaba a la edad de siete años, mi padre nos llamó a todos alrededor de la mesa de la cocina, un lugar pequeño con pocos muebles que eran de lámina y cómodas de madera. Él, con el semblante triste, se dirigió a cada uno por su nombre y cuando terminó con mamá, empezó a exponer los motivos de la junta.
Así empezó mi padre Chalío: “Niños tu mamá y yo hemos platicado mucho antes de llegar a este momento, es para los dos una situación dolorosa debido a que tengo que partir de casa a un lugar que la verdad ni siquiera yo conozco. La difícil situación económica en la que hoy vivimos, me obliga a ir a trabajar fuera de aquí, pero pronto tendrán noticias de mí, y del lugar donde voy a vivir; quiero que cuiden a mamá y también protéjanse como hermanos mientras esté ausente, me voy, pero pronto regresaré, se los prometo”. Así, mi padre terminaba de darnos esa terrible noticia que nos dejaría a todos atónitos y desconcertados, lo que me provocó que estallara en llanto, sintiendo que me desvanecía, por lo que corrí para abrazarlo, pues ¡Mi héroe se iba ir de mi lado! Fue el peor día de mi existencia al saber que mi padre se alejaría de nosotros, pero no había remedio, las circunstancias así lo exigía.
Al día siguiente, todos lo acompañamos para que tomara el autobús, tenía el letrero “Ciudad Juárez”, no sabía dónde estaba ese lugar, y tampoco me atrevía a preguntárselo, ya que estaba totalmente destrozado por dentro; los segundos se hacían horas, y todos juntos lo abrazábamos por última vez a mi querido viejo. Tomó su maleta y subió al autobús, se despidió con una sonrisa y con abundantes lágrimas en los ojos, en cambio, todos estábamos con el llanto que estaba incontenible, por fin, el camión se retiraba de la oficina de autobuses y a lo lejos solo veía su mano que la movía para decirnos: “Hasta pronto o hasta luego o hasta nunca”. Todos nos regresamos a casa, derrotados y sin ánimos de nada, pues mi padre se había ido, no sé a dónde, pues mi madre nunca nos lo dijo.
“Todos los días cuando veíamos al cartero pasar por nuestra humilde casa, le preguntaba si no traía alguna carta de mi padre, para la cual, siempre me decía que no, y esto se repitió a lo largo de los años. Cuando llegué a mis 18 años, seguía esperando alguna postal, carta, telegrama de mi padre que se había ido ya por casi 11 años. Mi madre y yo lo recordábamos todas las noches y extrañábamos su presencia, hasta el día en que ella murió; me conservé soltero cuidándola hasta que llegó el momento de su partida; mis hermanos tomaron su rumbo, se casaron, tuvieron sus hijos y olvidaron al padre que les había dado la vida, sin embargo, en mi caso, de ninguna manera el rostro de mí viejo nunca se me había olvidado, antes, al contrario, lo tenía muy gravado en el fondo de mi corazón y en la mente. Paso el tiempo ya cumplido mis 30 años todavía seguía esperándolo, hasta que me decidí buscarlo, pues la única referencia que tenía es que se había ido a Ciudad Juárez y la verdad, sería un tanto complicada dar con su paradero, pues, además, no sabía si estaba vivo o muerto, pero haría el esfuerzo por ir a encontrarlo. Tomé el autobús con la esperanza de saber de él. No sé si está viejito, joven o muerto, pero era mi destino encontrarlo para abrazarlo y decirle lo mucho que lo había extrañado a lo largo de todo este tiempo.
“El camino fue tan largo que poco a poco el cansancio y el sueño me habían vencido. Ya no supe nada de mí, de repente, desperté desesperadamente pues el autobús había llegado a su destino, Ciudad Juárez, una gran ciudad donde tal vez estaría mi padre haciendo no sé qué, pero ahí iba con el ánimo de buscarlo hasta por debajo de las piedras. Un poco despistado, me trasladé primero a las oficinas de la comandancia de policía para ver si no tenían informes de su paradero, y pocos datos fueron los que me habían dado, pues en los libros aparecía el nombre de él, pero no sabía si era algún homónimo o realmente era mi padre. De inmediato trate de buscar más datos, y me dieron una referencia de que lo habían visto con frecuencia muy cerca de Catedral en el mero centro de Juárez, ya que les había enseñado algunas fotografías; era un hombre robusto con bigote que llevaba la cruz de San Benito. El asunto es que efectivamente, él portaba ese símbolo religioso del cual, era muy devoto. Corrí como loco para saber si los datos eran de mi padre y cuando llegué a la plaza, les empecé a preguntarle a mucha gente por él, ya que presentaba la imagen de su retrato y después de horas y horas no tuve suerte.
“Pasaron los días y seguí con la búsqueda, un viejito me dijo: “Joven, me parece que sí lo he visto y vive muy cerca de la garita de Córdova en una vecindad”. Para pronto corrí hacia allá hasta que llegué a un barrio muy humilde en una vecindad que ya se estaba cayendo; pregunté de nueva cuenta y algunos me daban referencia que la persona que buscaba había abandonado el cuarto junto a una mujer que era su pareja. Le pregunté a la decena de vecinos hacia donde se podría haber ido y un anciano me dio un norte; se había cambiado a otra vecindad por el rumbo de San Lorenzo a las afueras de Juárez en aquel entonces. No la pensé dos veces y tomé un taxi para ir en su búsqueda.
Tuve que tocar con fuerza para despertarlo y me percaté que con el ruido de mis toquidos por fin lo habían hecho levantar. Miré por una ventana y el rostro era de un señor de barbas blancas muy largas y con una vestimenta humilde y desgarrada, pero aparentemente limpia, sobre todo la camiseta blanca que estaba toda cortada. Le pregunté por su nombre y me dijo que sí era él, y él me preguntó y ¿Quién es usted?, le contesté que era el hijo que había dejado hace muchos años atrás en Chihuahua en el barrio de Santa Rosa. Él sorprendido sonrió y comentó con lágrimas en los ojos que sí era Chalío: “Sí soy tu papá hijo, aquí estoy pagando por lo que hice mal, por aquello que no logré consolidar en la vida; estoy pagando por haber abandonado a una bonita familia y no haber estado con Tina, mi dulce compañera que tal vez ya murió” En eso le pregunté con voz insistente: “¡Papá! deja todo esto y vente conmigo para comenzar una nueva vida”. Él me contestó: “Mira hijo, de ninguna manera, hoy estoy aquí para seguir pagando por mis culpas, creo que Dios me tiene aquí para recibir de Él la purificación”. Le pregunté: “¿Es cierto que vives con otra mujer? ¿La cambiaste por mi madre?”, para lo cual me respondió: “Efectivamente, estoy con una mujer que se llama María Guadalupe y es aquella que me ha dado la oportunidad de vivir nuevamente”. No podía creer todo lo que me decía pero poco a poco empecé a descubrir algo extraño, que mi padre no estaba vivo y quien estaba ahí era su espíritu que estaba purificándose, ¡No sé!, Fue tan increíble deducir que él no era él, sino su alma que estaba manifestándose conmigo para decirme que estaba bien y que esperaba la señal para poder definitivamente ver el rostro del Señor.
“Esta noticia me pegó muy hondo en mi corazón, pues al saber las posibles condiciones en que podría estar viviendo. Me apresuré a buscarlo hacia esos lugares y al llegar me di cuenta que a lo mejor iba buscar “una aguja en un pajar”. Pregunté, pregunté y no me cansé de hacerlo, hasta que unos niños que estaban recogiendo botes me comentaron que el de la foto era un anciano que vivía con una mujer a las orillas del tiradero, como a un kilómetro de distancia. Se me llenó de alegría el rostro y con lágrimas en los ojos me lancé en su búsqueda, no me importaban los malos olores y la inmundicia, lo que realmente me interesaba era verlo y decirle que lo amaba. Después de caminar un buen tramo por fin vi a lo lejos un cuartito hecho con láminas, palos y basura, así mismo observé que se asomaba un burrito que posiblemente era la herramienta de trabajo de mi padre. “Daba gracias a Dios por tener la oportunidad de poderlo ver después de más de 23 años. Por fin llegué cerca de la puerta y vi por algunas rendijas a un hombre con camisa blanca toda rota que estaba dormido de lado, por lo que no pude verle el rostro.
“Camine unos cuantos metros para abrazarlo como aquel día que lo había hecho en la cocina de mi casa, tropecé violentamente y caí junto a él golpeándome la cabeza. De pronto vi que él se apresuró a ayudarme y ya no supe nada de mí. Al momento desperté en los brazos de mi padre, justo en el momento en que se despedía en la cocina. De inmediato lloré intensamente, lo abrace y le rogué que no se fuera, pues sabía que nunca volvería porque por gracia de Dios me había adelantado a su destino. Él se refirió conmigo para decirme: “¡Te amo!” y le respondí con fuerza: “¡Te amo también!”