
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
En el silencio de las cuatro paredes de un cuarto, el reloj de la sala emite un “tic-tac” monótono que parece ensanchar los muros de la casa, son las seis de la tarde de un domingo cualquiera y frente a la ventana, sentado en un sillón de felpa gastada que conserva la forma de su cuerpo tras años de uso, está Chalío, tiene setenta y dos años, aunque el cansancio acumulado en su postura sugiere que ha vivido el doble; sus ojos, antes vivaces y del color de la tierra fértil, hoy miran hacia la calle a través de una nube grisácea de cataratas y nostalgia…A unos metros, en la cocina, se escucha el rumor de la televisión y el tintineo de las tazas, es Tina, su esposa durante más de cuatro décadas, quien conversa animadamente por teléfono con Mayra, la hija menor. Tina ríe, da consejos sobre los nietos, planea una visita para el próximo fin de semana.
En esa conversación, como en tantas otras desde hace años, el nombre de Chalío no se pronuncia, Él ha pasado a ser una presencia ambiental, un mueble más de la casa, un espectro que respira, pero que ya no cuenta; Chalío, baja la mirada hacia sus propias manos, apoyadas en las rodillas; son el testimonio vivo de una debacle silenciosa. La piel, deshidratada y delgada como el papel periódico, muestra grietas profundas en los nudillos, cicatrices de herramientas del pasado, y una rigidez que le dificulta entrelazar los dedos; esas manos, que alguna vez levantaron vigas de acero, y cargaron a dos niños cansados al mismo tiempo, hoy tiemblan levemente al sostener una taza de café. Hubo un tiempo en que Chalío era el centro de gravedad de ese mismo hogar, pues en los años ochenta y noventa del siglo pasado, su cabello era una masa densa y negra, y sus hombros parecían tener la anchura necesaria para soportar cualquier crisis.
Chalío trabajaba en una empresa metalúrgica, cumpliendo jornadas extenuantes de doce horas bajo el calor de los hornos y el ruido ensordecedor de las prensas, su cuerpo, era el motor económico de la familia; su sudor, la moneda con la que se pagaban las mensualidades de la escuela, la comida en la mesa y los regalos de Navidad. Sin embargo, a diferencia de otros padres de su época que adoptaban una distancia autoritaria, Chalío volvía a casa con los bolsillos llenos de caramelos y los ojos encendidos de entusiasmo; no importaba que sus pies ardieran dentro de las botas industriales, o que, la espalda le reclamara descanso; apenas cruzaba el umbral, Kalin y Mayra se lanzaban sobre él. ¡Papá, papá! ¡Hicimos un fuerte de cartón en el patio!, gritaba Kalin, arrastrándolo de la camisa. Y Chalío, transformado por el amor filial, se arrodillaba en la tierra. Jugaba al fútbol hasta que el sol se ocultaba por completo y la luna tomaba el relevo.
Pasaba horas construyendo pistas de carreras improvisadas, explicando fracciones matemáticas con manzanas cortadas a la mitad, y repasando los libros de historia para que sus hijos fueran los mejores de la clase; era un padre presente, protector, desbordante de una ternura que se manifestaba en el tono suave de su voz y en la paciencia infinita para escuchar las pequeñas tragedias de la infancia. Tina, lo miraba entonces con una mezcla de orgullo y alivio: "Eres el mejor papá del mundo", le decía al oído mientras compartían un té cuando los niños ya dormían; Chalío sonreía, convencido de que el cansancio era un precio ridículamente bajo para la felicidad que estaba construyendo. Él era el sostén, el escudo y el guía.
El tiempo no avisa cuando empieza a cobrar su factura, trabajaba de noche, despacio, de manera imperceptible. El primer indicio fue una hebra de plata en las sienes de Chalío, luego otra, hasta que el negro azabache de su juventud quedó sepultado bajo una nieve prematura, después, llegaron los dolores en las lumbares, las mañanas donde levantarse de la cama requería un esfuerzo consciente y un suspiro ahogado. A la par de su desgaste físico, los hijos crecieron; la educación que Chalío financió con horas extra y privaciones personales dio sus frutos; Kalin se graduó como ingeniero y Mayra como abogada. El orgullo de Chalío era indescriptible; en cada ceremonia de graduación, él permanecía al fondo del auditorio, con su único traje limpio, aplaudiendo hasta que las palmas le dolían. Sus hijos habían llegado más alto que él, y el sacrificio había valido la pena.
Luego vinieron las bodas y Chalío pagó gran parte de las celebraciones, apretándose el cinturón una vez más; en las fotografías de esos días, se le ve sonriente, pero su figura ya empezaba a verse más pequeña, un tanto rezagada frente al brillo de los nuevos matrimonios. Poco después de que la última maleta saliera de la casa, sobrevino la jubilación; el gigante de la metalúrgica fue despedido con un reloj de pulsera barato y una pensión exigua; de la noche a la mañana, las doce horas de actividad se convirtieron en doce horas de silencio, fue en ese momento, cuando la estructura familiar comenzó a revelar una grieta terrible, el padre, ya no era el proveedor necesario, su utilidad social y económica había caducado. Con los hijos casados y con sus propias familias, las visitas comenzaron a espaciarse. Al principio eran cada domingo, luego, una vez al mes y finalmente, solo en los cumpleaños o en fechas inevitables del calendario.
Sin embargo, el fenómeno más doloroso no fue la ausencia física de los hijos, sino la transformación de la dinámica interna entre Tina y ellos. Tina que siempre había sido el puente emocional de la casa, volcó toda su atención, su energía y sus llamadas telefónicas hacia la vida de Kalin y Mayra, se convirtió en la consejera de crianza, la confidente de los problemas matrimoniales de su hija, y la organizadora de las reuniones. Cuando los hijos llamaban por teléfono, la conversación era exclusiva con "mamá". Hola, mamá, ¿cómo estás?, te cuento que el niño tiene fiebre... decía Mayra. El “pásame” a mi papá un momento para saludarlo, nunca se escuchaba del otro lado de la línea. Si Chalío intentaba integrarse a las charlas cuando los hijos iban de visita, sus opiniones eran sutilmente desestimadas. "Ay, papá, tú ya no entiendes cómo son las cosas ahora", decía Kalin con una sonrisa condescendiente, cortando de tajo el intento de su padre por conectar.
Los temas de conversación giraban en torno a tecnología, viajes a los que Chalío ya no podía ir debido a su salud, o anécdotas de amigos comunes de los hijos. Chalío se sentaba a la mesa, sonreía por inercia, pero su mente y su corazón se hundían en una profunda orfandad. El reconocimiento social y familiar que legítimamente merecía por haber sido el pilar incondicional de todos ellos, comenzó a erosionarse hasta desaparecer. En el imaginario de la familia, la madre era la figura sagrada a la que había que proteger y venerar; el padre, en cambio, era visto como un individuo que simplemente había cumplido con su obligación laboral de dar dinero, y que ahora, sin fuerzas ni recursos, ya no tenía nada más que ofrecer.
Nadie recuerda las horas de juego, nadie recuerda las noches de fiebre donde él también estuvo en vela, nadie agradece el calzado gastado que él usó por años para que sus hijos estrenaran tenis en la escuela. El viejo roble ha sido despojado de sus hojas, y ahora que solo queda el tronco seco, la familia pasa de largo, buscando la sombra de árboles más verdes. En la oscuridad de la habitación, una sola lágrima recorre una de las tantas arrugas del rostro de Chalío, perdiéndose en la almohada, en el más absoluto y desgarrador de los silencios. ¡Feliz Día del Padre!