
Entre los males que hoy aquejan a no pocos católicos, hay uno particularmente peligroso: confundir una ideología política con la Fe. Algunos han llegado a defender a la derecha con el mismo fervor con que deberían defender el Evangelio, creyendo erradamente que todo aquello que se opone a la izquierda es, por necesidad, amigo de Cristo y de su Iglesia.
Tal juicio nace frecuentemente de dos vicios: la ignorancia y la soberbia. Ignorancia, porque muchos desconocen la doctrina política desarrollada por los Papas durante siglos; soberbia, porque rehúsan examinar críticamente aquello que han convertido en bandera de identidad. Así, cualquier cuestionamiento a la derecha es recibido como si se tratase de un ataque a la religión misma.
Mas la realidad es más compleja; la izquierda y la derecha nacen de una misma raíz liberal, disputan métodos, ritmos y prioridades, pero comparten una concepción política donde la soberanía humana ocupa el lugar que corresponde a Dios. Una promete emancipación mediante la revolución; la otra ofrece orden mediante el mercado y las instituciones liberales; ninguna tiene por fin la instauración del Reinado Social de Cristo.
Muchos católicos, cansados del avance del secularismo, encuentran en ciertos movimientos de derecha un refugio aparente; escuchan discursos en defensa de la familia, de la patria o de algunos valores morales, y concluyen precipitadamente que tales proyectos son católicos; empero, una cosa es coincidir en asuntos particulares y otra muy distinta otorgar adhesión incondicional.
La historia demuestra que numerosos movimientos conservadores defendieron principios económicos, jurídicos y culturales que también fueron objeto de severas críticas por parte del Magisterio. No basta oponerse al aborto o a la ideología de género para convertirse en una fuerza política conforme al orden cristiano; del mismo modo que no basta invocar la justicia social para justificar los errores de la izquierda.
El católico no ha sido llamado a ser militante de una ideología, sino discípulo de la Verdad; su deber consiste en juzgar los programas políticos a la luz de la Doctrina Católica y no adaptarla a las conveniencias de un partido. Cuando la política se convierte en objeto de pasión desordenada, termina ocupando el lugar que pertenece a Dios.
Por ello conviene estudiar con diligencia las enseñanzas pontificias sobre la sociedad, la autoridad, el bien común y los deberes del ciudadano. Particular atención merece la carta apostólica Notre Charge Apostolique de San Pío X, así como las numerosas Encíclicas sociales que advierten contra los errores liberales de cualquier signo.
La Iglesia no necesita católicos domesticados por la propaganda de izquierda ni seducidos por los halagos de la derecha; necesita hombres y mujeres capaces de pensar con criterio católico, amar la verdad y trabajar en la vida pública sin convertirse en servidores de ideologías pasajeras. Sólo así la política dejará de ser una religión sustituta y volverá a ser un instrumento al servicio del bien común y de la ley de Dios, quién es dueño del poder civil.