
El jueves pasado hubo fiesta nacional, y aquí en la glorieta de Pancho Villa en nuestra capital se convirtió, como ya de costumbre, en el epicentro de la fiesta local tras el triunfo de la selección mexicana ante Corea. Lo que comenzó como una fiesta deportiva desató una sensación que, para muchos, justificó el desorden, el consumo de alcohol y la toma de las vías públicas en un festejo desbordado. Sin embargo, cuando la masa se disuelve y las luces se apagan, queda al descubierto la cruda realidad de una sociedad que confunde con demasiada frecuencia la celebración con la anarquía. Por un lado, encontramos en estos festejos la oportunidad para celebrar en conjunto como mexicanos y como hermanos, y por el otro, se exhibe una cara de la desgracia inoportuna.
El reciente testimonio de René, el joven que fue atropellado esa noche y estudiante de la Facultad de Derecho, genera concientización por su dolorosa y contundente aclaración ante la opinión pública: “Solo íbamos cruzando la calle”. Mientras el debate en redes sociales se apresuraba a juzgar y revictimizar a los afectados asumiendo que formaban parte de las trifulcas del festejo, las evidencias demuestran la verdad. Dos ciudadanos comunes terminaron siendo las víctimas colaterales de una imprudencia al volante que hoy mantiene a una joven, debatiéndose entre lesiones graves en un hospital.
Este hecho expone con frialdad la alarmante vulnerabilidad del peatón ante cualquier accidente y la falta de protocolos eficaces de seguridad vial durante eventos masivos espontáneos. Cruzar una avenida en medio de una celebración civil no debería convertirse en una ruleta rusa donde se ponga en juego la vida. Las autoridades locales y de vialidad tienen la obligación de anticiparse a estos escenarios previsibles, y muchas veces cumplen con la tarea; garantizar el orden y proteger la integridad física de quienes transitan a pie no es una medida opcional, es un deber institucional fundamental.
Más allá del pavimento, el caso nos confronta con una preocupante deshumanización y pérdida de empatía dentro de nuestro tejido social. Que tras un impacto de tal magnitud (que dejó a una mujer con fractura de cráneo e inflamación cerebral), que el conductor involucrado haya decidido darse a la fuga sin prestar auxilio inmediato, habla de una profunda cobardía moral. El anonimato que ofrece la multitud no puede seguir funcionando como un escudo de impunidad para evadir las consecuencias de actos que destruyen familias enteras en un segundo.
Desde la perspectiva legal, la Fiscalía General del Estado de Chihuahua enfrenta el reto de actuar con total objetividad, celeridad y apego a la verdad histórica de los hechos. Los diversos ángulos de video disponibles deben ser integrados minuciosamente a la investigación para deslindar responsabilidades por los delitos de lesiones y omisión de auxilio. La justicia no es un concepto abstracto de castigo, es una herramienta indispensable para obligar a la reparación integral del daño y poner fin a la impunidad que tanto lastima a nuestra comunidad.
Hoy, la urgencia absoluta radica en salvaguardar el derecho humano a la salud y a una vida digna para Jalsin, quien requiere atención médica especializada y traslados oportunos que no pueden postergarse por burocracia o indiferencia. El sistema judicial debe responder con la misma velocidad con la que la sociedad exige respuestas. No podemos permitir que la negligencia del responsable y la lentitud del aparato gubernamental terminen por consumir el bienestar de dos jóvenes estudiantes cuya única culpa fue estar en el lugar equivocado.
Festejar los triunfos deportivos es parte del folclor y la identidad de nuestro país, pero el orgullo nacionalista o la alegría de un momento jamás valdrán más que una vida humana. Esta tragedia en la glorieta de Pancho Villa debe operar como una sacudida urgente a la conciencia colectiva de Chihuahua para recuperar el respeto por la ley y la civilidad. Que la próxima victoria en la cancha no nos encuentre ciegos, sordos o indiferentes ante la justicia que hoy exigen con toda dignidad Jalsin y René.