
O bien: “No es lo mismo verla venir que sentirla llegar”. La frase, popularizada por un exgobernador de Chihuahua.
Mucho antes, otro personaje bastante más conocido dejó una sentencia que ha resistido dos mil años: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Entre ambas frases cabe buena parte de la historia del poder.
La coyuntura viene al caso. En días recientes, un reportaje publicado por The New York Times sostuvo, con base en fuentes anónimas, que autoridades estadounidenses habrían sostenido acercamientos con diversos actores políticos mexicanos de izquierda en el contexto de investigaciones relacionadas con organizaciones criminales. Como ocurre con cualquier investigación periodística de esta naturaleza, las afirmaciones deberán corroborarse o desmentirse. Pero tampoco pasa inadvertido cuando toca uno de los temas más sensibles para cualquier gobierno: la credibilidad.
Porque hace apenas unas semanas el centro del debate nacional era la soberanía. Se insistía, una y otra vez, en que México no aceptaría presiones extranjeras; que ninguna potencia podía dictar la agenda nacional; que las decisiones de este país correspondían exclusivamente a los mexicanos.
La política, sin embargo, tiene la costumbre incómoda de someter los discursos a prueba. No hay examen más difícil para un principio que el momento en que empieza a costar. Mientras las convicciones generan aplausos, todos las defienden. El problema aparece cuando sostenerlas implica asumir consecuencias personales. Es entonces cuando la ideología cede terreno frente al instinto de conservación.
Nota: no es un fenómeno exclusivo de un partido. Nunca lo ha sido.
Nicolás Maquiavelo escribió que los hombres cambian de conducta según cambian las circunstancias. Cinco siglos después, la política sigue empeñada en darle la razón. Cambian las siglas, cambian los colores y cambian los protagonistas, pero el librito suele ser el mismo. Quienes desde la oposición exigían investigaciones implacables descubren las virtudes de la prudencia. Quienes condenaban cualquier intervención extranjera terminan encontrando excepciones cuando el contexto les resulta favorable. Quienes hablaban de transparencia absoluta descubren, de pronto, que existen razones de Estado.
Por eso regresó inevitablemente a la memoria aquella frase que marcó un episodio en México: “O copelas o cuello”. Con el tiempo dejó de pertenecer exclusivamente al caso de Zhenli Ye Gon. Hoy funciona como una metáfora de esos momentos en los que las decisiones dejan de responder a las convicciones y empiezan a responder al miedo. Cuando eso ocurre, el discurso cambia de tono, los principios se reinterpretan y las certezas comienzan a negociarse.
Dicen también que el poder acaba por corromper a quien lo ostenta. Pero yo diría que tiende a desnudar. Porque el poder revela quién es cada uno; quién sostiene sus principios cuando le favorecen y quién es capaz de sostenerlos cuando empiezan a incomodarlo. La congruencia nunca se demuestra en los días fáciles; se demuestra cuando mantener la palabra implica pagar un precio.
Tal vez por eso la ciudadanía ha desarrollado un saludable escepticismo. No porque haya dejado de creer en la política, sino porque ha aprendido a distinguir entre las convicciones auténticas y las consignas de temporada.
Decía Churchill que la verdad es incontrovertible: el pánico puede resentirla, la ignorancia puede burlarse de ella y la malicia puede distorsionarla, pero ahí permanece. La política ofrece innumerables ejemplos de ello.
Quizá por eso la frase más importante no sea la de Patricio Martínez ni aquella que el imaginario popular convirtió en símbolo de la presión política. La única que sigue atravesando los siglos sin perder vigencia es la más sencilla y, probablemente, la más incómoda para cualquier gobierno, sin importar su color: la verdad nos hará libres.
No porque siempre llegue primero. No porque siempre resulte cómoda. Sino porque, a diferencia de las mentiras, la verdad no necesita sostenerse todos los días. Simplemente permanece.