
No toda profesión de fe es verdadera fe; hay una creencia que conserva vocablos cristianos, mas ha vaciado su contenido hasta trocarlo en irreverencia. A esta enfermedad del espíritu bien puede llamársele fe sacrílega: aquella que invoca el santo Nombre de Dios mientras desprecia su voluntad, sustituye los sacramentos por supersticiones y levanta un altar al propio parecer.
La verdadera fe no nace del capricho humano, es don del Espíritu Santo que mueve al hombre a asentir con inteligencia y voluntad a la verdad revelada por Dios, confiando enteramente en Él. No consiste en fabricar un dios conforme a los deseos personales, sino en dejar que Dios escriba la historia de nuestra vida conforme a su Divina voluntad; allí donde el hombre pretende gobernar la verdad, la fe muere y nace la idolatría.
Tal desventura se contempla hoy en innumerables hogares, padres que dicen amar a Cristo, pero relegan la catequesis de sus hijos, consideran los sacramentos como ceremonias prescindibles y prefieren consultar lectura de cartas o cualquier acto de supersticiones antes que arrodillarse ante el Señor. Después se maravillan de que las nuevas generaciones desconozcan el Evangelio, vivan sin esperanza y sean presa fácil de doctrinas extrañas; quien abandona la formación de un alma no la deja vacía; la entrega al mundo, demonio y carne.
No menor responsabilidad pesa sobre quienes han recibido el oficio de enseñar; es grave que existan catequistas sin sólida formación doctrinal, capaces de mezclar el depósito de la fe con ideologías, sentimentalismos o prácticas ajenas al cristianismo. Cuando la enseñanza pierde su fundamento, la confusión ocupa el lugar de la verdad, y las generaciones futuras pagan el precio de semejante negligencia.
También los Sagrados Pastores están llamados a discernir con celo; sacerdotes, obispos y arzobispos no pueden contemplar indiferentes la propagación de una religiosidad vacía que conserva imágenes, fiestas y palabras piadosas, mientras olvida la conversión, la gracia, la penitencia y la vida sacramental. La caridad pastoral exige corregir el error con firmeza y misericordia, pues callar ante el extravío jamás será obra de amor.
La tradición cristiana, compartida por Oriente y Occidente desde los primeros siglos, enseña que la fe conduce necesariamente a una vida transformada por la gracia. No basta decir "creo"; es preciso vivir conforme a aquello que se cree; sin obediencia a Dios, sin sacramentos, sin oración perseverante y sin formación auténtica, la fe termina reducida a costumbre social o superstición religiosa con fe sacrilega.
Urge, pues, restaurar el honor debido a Dios comenzando por la familia, fortaleciendo la formación Doctrinal y devolviendo a los sacramentos el lugar que les corresponde, sólo así dejará el hombre de escribirse a sí mismo un destino incierto y permitirá que sea Dios quien trace, con mano providente, el camino que conduce a la Vida Eterna.