
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
oviramon@gmail.com
El amanecer del 29 de septiembre de 1950 no fue uno cualquiera para la ciudad de Chihuahua, la luz dorada del incipiente otoño comenzaba a bañar suavemente la cantera de los edificios del Centro Histórico, revelando las texturas de una urbe que despertaba con una inusitada agitación. En la distancia, el inconfundible y melancólico silbido del ferrocarril, se mezclaba en el aire fresco con el repique solemne de las campanas de la Catedral, anunciando el inicio de una jornada que se presentía histórica. Poco a poco, el movimiento habitual de los comerciantes que abrían las puertas de sus negocios se vio trastocado por el nerviosismo palpable que recorría las calles.
Empresarios de traje impecable, obreros con la mirada expectante y familias enteras compartían el presentimiento de que su ciudad, hasta entonces de vocación semi-rural, comenzaba a despegar decididamente hacia una era moderna; ese anhelo de progreso, no era un fenómeno aislado, sino el reflejo de un país que transitaba por el amanecer del llamado “Milagro Mexicano”. En este escenario de efervescencia, Chihuahua requería de un motor financiero robusto que catalizara sus abundantes recursos naturales, y encauzara el espíritu trabajador de su gente. Ese motor tenía un arquitecto indiscutible, don Eloy Santiago Vallina García, inmigrante asturiano forjado en el esfuerzo, la tenacidad y una audaz visión a largo plazo, se había convertido en el artífice de una transformación sin precedentes.
Su magistral capacidad para aglutinar voluntades y capitales locales, le permitió consolidar el Banco Comercial Mexicano, una prestigiada institución de raíces chihuahuenses que lograría estar a la altura de las principales entidades bancarias en el país. Alrededor de esta bóveda de cristal y concreto, se estructuraría el poderoso “Grupo Chihuahua”, el cual, impulsaría el nacimiento de industrias emblemáticas como Cementos de Chihuahua, Celulosa de Chihuahua y Aceros de Chihuahua. El banco no sería solo un recinto para resguardar riquezas, sino el gran pilar financiero sobre el cual, se edificaría la industrialización del estado durante la segunda mitad del siglo XX.
El epicentro físico de esta revolución económica era un flamante y moderno edificio, construido con toda la mano, donde los elogios y las buenas intenciones, caían como tormenta para recompensar a quienes se habían esmerado aportando cuantiosos recursos para hacer del proyecto una realidad. Asentado estratégicamente en el corazón de la ciudad, en la calle Victoria número 14 y 16, el majestuoso inmueble aguardaba su momento. Era una auténtica belleza arquitectónica; sus impresionantes acabados, dejaban sin aliento a los afortunados que lograban asomarse a su interior; equipado con lo más moderno y a la altura de los mejores recintos del país, conjugaba un exquisito gusto artístico con la técnica más perfecta de acabado de construcción y los más modernos métodos de dirección.
No era para menos, las personalidades que atestiguaron la obra consideraban, sin titubeos, que no existía en todo México otro edificio tan bello destinado para albergar al Banco Comercial Mexicano. La esperada ceremonia de bendición, congregó a la crema innata de la sociedad, y a los empresarios más acaudalados de la época. Con la imponente solemnidad que lo caracterizaba, hizo su aparición el obispo don Antonio Guízar y Valencia, adentrándose por las amplias puertas de cristal del recinto y ataviado de manera pulcra con su sotana negra y el tradicional solideo rojo, fue recibido calurosamente por una gran multitud. Luciendo una sonrisa de amigos, el Obispo aguardó pacientemente el instante preciso para iniciar con la bendición y mientras el murmullo cedía ante la reverencia, tomó su mitra para colocarla sobre su cabeza y acomodó con cuidado la capa y la estola sobre sus hombros.
Flanqueándolo se encontraba monseñor José de la Paz García, acompañado por un selecto grupo de reverendos, padres jesuitas que lo auxiliarían en tan trascendental evento; ante la congregación más selecta de la comunidad, el prelado dirigió sus primeras palabras, cargadas de profundo significado espiritual y social: "Hoy llega a su coronamiento este edificio que es un positivo orgullo para Chihuahua". El Obispo subrayó con firmeza que, no solo la fastuosa obra material de mármol y granito era merecedora de felicitaciones, sino el titánico esfuerzo realizado, y el auge económico impulsado por hombres a quienes Dios concedía facultades especiales y grandes dotes para hacer el bien. De manera particular, exaltó la figura del señor don Eloy S. Vallina, afirmando categóricamente que Chihuahua debía estarle eternamente agradecido por las magnas obras forjadas en el orden económico.
El acto religioso revistió una conmovedora solemnidad, uno por uno, todos los pisos del imponente recinto fueron rociados con agua bendita y consagrados por las sentidas oraciones de don Antonio Guízar y Valencia, asistido en todo momento por sus sacerdotes. El séquito recorrió el reluciente despacho del director, exquisitamente adornado con cuadros, provisto de un bonito escritorio, y un elegante librero de fina madera. Bendijeron también el suntuoso vestíbulo, engalanado con una mullida alfombra verde dispuesta como si se tratara de recibir a las más importantes personalidades del futuro; allí, estaban instaladas las dependencias orientadas a brindar auxilio al público. Entre los pasillos, los murmullos de asombro no se hacían esperar, algunos comentaban maravillados que estaban ante una de las instituciones bancarias más importantes de toda América Latina.
El ambiente destilaba un aroma a triunfo y prosperidad, embellecido profusamente por hermosas canastas de flores enviadas por diversas negociaciones de Chihuahua, Torreón y el D.F. En el séptimo piso, un espacio exclusivo donde se instalaría el Club Chihuahua, y que ocuparía toda la planta del moderno edificio, el líder de la Grey Católica de Chihuahua, se dirigió a los reunidos aquel 29 de septiembre de 1950, con voz embargada por la emoción, reiteró que Dios, causa de todas las cosas y sin cuya voluntad no se mueve ni la hoja de un árbol, otorga gran poder a los hombres para realizar obras formidables. Afirmó con orgullo que, en tierras chihuahuenses, Dios contaba con hombres de inmenso valor que, como el señor Vallina y sus colaboradores, habían dado un empuje enorme a favor de la región.
Tras finalizar su emotiva intervención, en la que pidió a Dios que guardara muchos años a estos dinámicos hombres para que siguieran cosechando éxitos y engrandeciendo a su gente, los asistentes le rindieron un caluroso y estruendoso aplauso; tras un breve y ameno diálogo con la gente más poderosa de Chihuahua y de México, don Antonio se retiró junto a su séquito de sacerdotes, dando por concluida la noche de aquel 29 de septiembre. Casi de inmediato, otra de las grandes personalidades congregadas tomó el estrado, se trataba del licenciado Luis Laguette Terrazas, un prominente hombre de empresa de la ciudad, quien dirigió un sentido mensaje a los invitados, destacó que aquella colosal obra, materializada con mucho cariño y empeño, se había cristalizado gracias al enorme esfuerzo de un grupo de personas que se anotaban un triunfo limpio y grandioso. Al culminar su brillante intervención, el licenciado Laguette, instó a los presentes a recordar siempre las palabras de monseñor Guízar y Valencia, deseando que las bendiciones esparcidas perduraran y que Chihuahua mantuviese siempre el orgullo por el progreso de su gente. A medida que aquel histórico 29 de septiembre agonizaba en medio de una noche lluviosa y excepcionalmente fresca, la satisfecha multitud se retiró del lugar, abordando sus flamantes automóviles último modelo, que habían dejado aparcados alrededor de la Plaza de Armas, del Cine Alcázar y de la Presidencia Municipal…Esta crónica continuará.
Fuentes: Periódico Tribuna, 1950; periódico El Heraldo de Chihuahua, 1950; datos del Archivo Histórico de la Ciudad de Chihuahua.