
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
oviramon@gmail.com
El manto de la noche del viernes 29 de septiembre de 1950, dominó el panorama de un Chihuahua que aún guardaba en sus calles de tierra y vieja cantera los ecos de un pasado turbulento, al apagarse paulatinamente las luces del centro, la ciudad entera quedó sumida en un letargo inquieto, a la espera de la añorada y ansiada inauguración oficial programada para el día siguiente; era el fin de una era y el vertiginoso comienzo de otra, el amanecer del siguiente día, el sábado 30 de septiembre de ese mismo año trajo consigo un ambiente electrizante, una vibración que parecía filtrarse desde el subsuelo hasta las cúpulas de las iglesias.
En un Chihuahua que en aquellos ayeres carecía de grandes opciones de entretenimiento, y que apenas comenzaba a sacudirse el polvo de la posrevolución para mirar de frente a la modernidad, el evento era mucho más que una simple apertura comercial, era un hito, y las voces a las afueras de la Plaza de Armas no cesaban de comentar y especular sobre el magno evento; los boleros, los vendedores de periódicos y los transeúntes habituales, detenían su marcha para contemplar la mole de piedra. El fastuoso edificio, con su arquitectura imponente y sus líneas que desafiaban al cielo norteño, constituía ya un orgullo, y un ornato innegable para la ciudad, un símbolo tangible de que el norte también podía ser sinónimo de grandeza.
La moderna institución, contaría en su planta baja, con instalaciones de vanguardia dedicadas al servicio del público y a las oficinas propias del banco; el mármol pulido, y las maderas finas, brillaban bajo la luz de los candelabros.
Mientras tanto, sus elegantes pisos superiores estaban destinados a ser ocupados por diversas negociaciones de vital importancia para la región, las cuales, ya habían comenzado a instalarse de volada, "en caliente", con el frenesí de quienes saben que el tiempo es dinero, para iniciar actividades de inmediato. Todo estaba impecablemente listo, casi conteniendo la respiración, para que el Banco Comercial Mexicano abriera sus pesadas puertas al mundo. El clima, sin embargo, como si el mismísimo desierto quisiera reclamar su protagonismo en la historia, amenazaba con añadir un matiz dramático y casi teatral a la velada inaugural. El viento racheado comenzó a aullar por los callejones del centro, y algunos densos nubarrones plomizos presagiaban una tormenta inminente para la noche.
La cita estelar estaba marcada para las 20:00 horas, pero el fervor y la ansiedad eran tales que las más prominentes personalidades comenzaron a desfilar desde las 18:30 horas, temerosos de la lluvia y ansiosos por asegurarse el mejor lugar, tanto dentro del resplandeciente vestíbulo como en las áreas contiguas del edificio. En la vía pública, bajo la luz mortecina de las farolas que luchaban contra la oscuridad de la tormenta, un agudo, nostálgico y desgarrador contraste social, se dibujaba con crudeza. Cientos de personas se agolpaban en las aceras, apretando sus abrigos raídos contra el viento, para presenciar, aunque fuera desde la lejanía, el gran acontecimiento.
Eran los rostros curtidos por el sol del desierto, las manos agrietadas que, irónicamente, habían mezclado el cemento, forjado los metales y pulido la cantera de aquel mismo coloso. La gente cotidiana no estaba invitada; el acceso estaba estrictamente reservado para aquellos de gran poder adquisitivo, para los caballeros de trajes impecables y las damas envueltas en pieles, para los empresarios que invertían sus fortunas en generar empleos y crear las nuevas fuentes de trabajo que sostendrían a la región. La tensión en el aire era palpable, justo en el instante en que las imponentes y graves campanadas del reloj de la Catedral Metropolitana repiqueteaban, cortando el viento y anunciando inexorablemente las 20:00 horas, el prominente hombre de negocios, don Eloy S. Vallina, subió al estrado para iniciar el acto oficial. El silencio que se hizo en el inmenso recinto fue sepulcral. Con una voz firme, cargada de una emoción que le quebraba ligeramente el aliento, y que resonó con autoridad en el amplio vestíbulo, declaró: "Señoras y Señores, hoy 30 de septiembre de 1950, estamos reunidos para presenciar uno de los acontecimientos más importantes que le ha sucedido a Chihuahua y al País". Sus palabras no eran un mero formalismo, Vallina enmarcó la inauguración del banco como el fruto tangible del sudor, las lágrimas y el esfuerzo de mucha gente que, con inquebrantable pasión, coraje y una entrega casi suicida en tiempos de incertidumbre, había depositado su granito de arena para hacer realidad aquel colosal proyecto.
Afirmó de manera categórica, con el fuego en la mirada de un verdadero visionario, que el banco se erigiría como un verdadero motor de desarrollo y cambio para la entidad. Abrigaba la profunda esperanza de que dicho esfuerzo no se quedara estancado en el camino, sino que se tradujera en incontables años de bonanza para una tierra que durante mucho tiempo había sido olvidada por el centro del país. Finalmente, siendo las 20:30 horas de aquel memorable sábado, con un movimiento solemne y definitivo, declaró inaugurado el edificio. La acción desató una ovación ensordecedora, un aplauso atronador que rompió el silencio del protocolo y pareció hacer vibrar los cristales recién instalados. Tras el emotivo corte del listón, la deslumbrante celebración se trasladó, sorteando las primeras gotas de una lluvia fría, a las lujosas instalaciones del Casino Chihuahua.
Fue una fiesta pomposa, una genuina gala digna de la realeza europea donde las mesas lucían adornadas con los más finos detalles de plata y cristal; la música de orquesta había sido finamente escogida para el deleite de los hombres más ricos de Chihuahua, quienes compartían el salón con prominentes invitados, embajadores financieros provenientes de diversas partes de la República y del extranjero. Mientras en el interior el champán francés, fluía inagotable y se brindaba con copas en alto por el futuro de la industria, a las afueras del casino la realidad era otra. La gente humilde, soportando estoicamente las inclemencias del tiempo y tiritando bajo la lluvia, observaba fiel al acto a través de los ventanales iluminados. Se cuestionaban, con una conmovedora y dolorosa ingenuidad, por qué no habían sido invitados a celebrar la prosperidad de su propia tierra, creyendo en sus corazones nobles que la exclusión se debía únicamente a su apariencia humilde, a sus zapatos gastados y a sus sombreros de paja.
La monumental pachanga, un torbellino de celebración y acuerdos económicos susurrados entre el humo de finos puros, se prolongó hasta las 3 de la madrugada. Fue entonces cuando los cansados, pero inmensamente satisfechos empresarios, comenzaron a retirarse en sus lujosos automóviles hacia sus imponentes mansiones para descansar. Gracias al talento innegable y a los vastos recursos apostados por sus fundadores, la enorme obra resultaba ya, desde su primera noche, en un éxito rotundo que cambiaría la geografía urbana. El timón de este titánico proyecto quedaba en manos de su primer consejo directivo, una auténtica asamblea de titanes: don Eloy S. Vallina como director; Eduardo Suárez asumiendo la presidencia; y en las vicepresidencias, Rafael F. Vallina y Jorge Muñoz. Junto a ellos figuraban propietarios de gran renombre, apellidos que resonarían por generaciones: Thomas B. Saunders, Miguel Márquez, Juan M. Ortiz Monasterio, Esteban L. Almeida, Arturo Wisburn, Simón L. Gill, Julio Laguette, Juan Salas Porras, el general Antonio A. Guerrero, Simón R. Silva y Salvador Valencia. Estaban respaldados por un sólido equipo de suplentes, los comisarios Russell R. Kleiman y Roberto Schneider, y el secretario José Alcaraz Alatorre. De esta forma magistral se cerraba un capítulo crucial en la historia de la ciudad y del estado, y se abría el prólogo de su época dorada.
La profunda huella dejada por estos hombres prominentes trascendió la mera arquitectura. Con vasta creatividad y probada capacidad, lograron establecer un banco cuyo firme propósito no era solo acumular riqueza, sino impulsar el desarrollo de una urbe aún precaria. La importancia histórica de la fundación del Banco Comercial Mexicano es incalculable: representó la declaración de independencia económica del norte de México. Hasta ese momento, los grandes capitales y las decisiones financieras estaban centralizados en la capital del país. Este banco permitió que el dinero de los chihuahuenses se quedara en Chihuahua, financiando la expansión de la ganadería, la modernización de la minería, la apertura de vías de comunicación y la creación del pujante sector industrial y maderero. Fue la sangre financiera que irrigó a un estado gigante pero sediento de inversión. Con el paso inexorable de los años, aquel imponente inmueble de la calle Victoria demostró estar construido con cimientos más fuertes que la piedra. Sobrevivió a las feroces fusiones bancarias que transformaron el sistema financiero nacional (como su icónica etapa como Multibanco Comermex), resistió las devaluaciones, las crisis sistémicas y los turbulentos vaivenes de la economía mexicana.
Hoy en día, la sólida estructura de cantera y granito, que alguna vez fue el templo del dinero norteño, alberga importantes oficinas del Ayuntamiento de Chihuahua. Como un merecido tributo al legado que catapultó la economía de la región y en un acto de estricta justicia histórica, el cabildo determinó bautizar el recinto como "Edificio Eloy S. Vallina Lagüera", honrando así al hijo del visionario fundador y perpetuando la memoria de una dinastía que, desde los sólidos cimientos del Banco Comercial Mexicano, se atrevió a soñar en grande y forjar el porvenir industrial del norte de México. Aquella majestuosa y tormentosa ceremonia de otoño no fue un mero acto protocolario; fue el preludio brillante de una nueva era de prosperidad. La bendición del Banco Comercial Mexicano S.A., convertida en un fuerte y definitivo impulso al desarrollo de nuestro amado terruño chihuahuense, forma parte invaluable de los fascinantes archivos perdidos de las Crónicas Urbanas; un recordatorio eterno de que, en medio de la adversidad del desierto, la voluntad humana es capaz de edificar imperios.
Fuentes: Periódico Tribuna, 1950; periódico El Heraldo de Chihuahua, 1950; datos del Archivo Histórico de la Ciudad de Chihuahua.