
El día de ayer domingo 05 de Julio, no pocos templos fueron testigos de una escena que hace pocas décadas habría causado rubor: fieles que acudieron al Santo Sacrificio de la Santa Misa vistiendo camisetas de la selección mexicana, bermudas y prendas propias del estadio, aun cuando el encuentro deportivo habría de celebrarse hasta la tarde. Tal costumbre revela una crisis más profunda que una simple elección de vestimenta: manifiesta el debilitamiento del sentido de lo Sagrado.
La Iglesia, desde antiguo, ha enseñado que la modestia no es una moda pasajera ni una imposición arbitraria, es una virtud que ordena la persona exterior conforme a la dignidad interior, preservando el pudor, la reverencia y el respeto debido a Dios y al prójimo. Tal enseñanza alcanza tanto a varones como a mujeres, dentro y fuera del templo, pues el cristiano lleva consigo la nobleza de su bautismo.
No se trata de exigir lujo ni elegancia mundana, el Evangelio jamás ha distinguido entre ricos y pobres por la calidad de sus vestidos, lo que demanda es decoro. Quien comparece ante un juez procura presentarse con respeto; quien asiste a una ceremonia oficial cuida su apariencia. ¿Cómo justificar entonces que ante el Rey de reyes se adopte una indumentaria propia del entretenimiento o del descanso?
Durante años se ha querido reducir toda exhortación sobre la modestia a un asunto de gustos personales, calificándola incluso como una costumbre anticuada o una forma de juzgar al prójimo; esa interpretación olvida que la libertad cristiana jamás consiste en hacer cuanto place, sino en obrar conforme al bien. La caridad también se expresa evitando aquello que distraiga, escandalice o banalice el culto Divino.
La responsabilidad no recae únicamente sobre los fieles, también corresponde a los Sagrados Pastores, catequistas y formadores recuperar una enseñanza que durante siglos fue ordinaria en la vida cristiana. El silencio prolongado sobre estas materias ha producido generaciones que desconocen que el cuerpo también evangeliza mediante la sobriedad y el pudor; allí donde desaparece la formación, las malas costumbres terminan imponiéndose sobre la Doctrina.
No es cuestión de convertir los templos en tribunales de apariencia, sino de recordar que la casa de Dios merece una disposición interior que también se manifiesta exteriormente. La modestia no humilla; ennoblece, no excluye; educa, no divide; dispone el alma para el encuentro con el Señor.
Si la Iglesia desea restaurar el sentido de lo Sagrado en una época dominada por el espectáculo y la superficialidad, habrá de predicar nuevamente, con prudencia y firmeza, la virtud de la modestia tradicional; porque cuando el culto pierde reverencia en los pequeños gestos, tarde o temprano también se resiente en las grandes verdades de la fe.