
M. Arq. Mario C. Contreras Figueroa
En Chihuahua solemos hablar de los arroyos como si fueran accidentes del pasado: cauces que alguna vez cruzaron terrenos abiertos y que, con el crecimiento urbano, quedaron canalizados, rectificados, cubiertos o convertidos en parte de una vialidad. Sin embargo, un arroyo no deja de existir porque ya no lo vemos. Su cuenca permanece, sus pendientes continúan conduciendo agua y, durante una tormenta intensa, el territorio recupera en minutos la lógica hidrológica que la urbanización intentó ocultar. En pocas palabras: el agua tiene memoria.
La ciudad se desarrolló alrededor del río Chuvíscar, que cruza la mancha urbana de poniente a oriente y recibe numerosos escurrimientos provenientes principalmente de las sierras y lomeríos del poniente y sur. Entre sus tributarios urbanos se encuentran los arroyos La Cantera, Plaza de Toros, La Manteca, San Jorge, El Mármol, San Rafael y Nogales Sur; otros estudios municipales incorporan también La Canoa, El Chamizal, Malvinas o Acueducto y El Barro. No todos tienen la misma dimensión ni el mismo grado de intervención, pero forman parte de una red que funciona como un solo sistema.
El problema comienza cuando cada cauce se atiende de manera aislada. Una obra puede resolver un punto específico y, al mismo tiempo, acelerar el flujo hacia otra colonia. Un canal revestido transporta el agua con mayor rapidez; una vialidad impermeable reduce la infiltración; un fraccionamiento aguas arriba aumenta el volumen de escurrimiento; un puente o alcantarilla con sección insuficiente se convierte en estrangulamiento. En hidrología urbana, el riesgo no depende únicamente de cuánto llueve, sino de la velocidad con que el agua se concentra, del espacio disponible para conducirla y de la cantidad de personas, viviendas e infraestructura expuestas en su trayectoria.
El arroyo La Cantera es el ejemplo más visible. Nace al poniente de la ciudad y desciende hacia el Chuvíscar. Los estudios de planeación le atribuyen una cuenca de varias decenas de kilómetros cuadrados, mientras que el Plan Sectorial de Manejo del Agua Pluvial de la Ciudad de Chihuahua documentó más de seis kilómetros de cauce con tramos naturales, canales rectangulares, secciones trapezoidales y segmentos subterráneos. Sobre buena parte de su trayectoria se consolidó la avenida de la Cantera, una de las vialidades más importantes del poniente. La obra permitió movilidad y conectividad, pero no eliminó la función hidráulica original del corredor.
La noche del 22 de septiembre de 1990 lo demostró de manera trágica. La tormenta recordada como el “Sábado Negro” descargó alrededor de 140 milímetros de lluvia en aproximadamente dos horas, según los registros históricos retomados por estudios y medios locales. Las cifras de víctimas y daños varían entre fuentes, pero las más citadas hablan de al menos 47 personas fallecidas, miles de damnificados y cientos de viviendas destruidas o severamente afectadas. La Cantera fue uno de los sectores donde el caudal provocó mayores estragos, antes de que existiera la vialidad con la configuración actual.
Aquella inundación no fue únicamente consecuencia de una lluvia extraordinaria. También exhibió viviendas asentadas junto a cauces, ocupaciones en zonas bajas, cruces insuficientes, falta de continuidad hidráulica y una comprensión fragmentada de la cuenca. El agua siguió las pendientes naturales, desbordó secciones reducidas y utilizó calles como cauces secundarios. Lo ocurrido en 1990 debe leerse como un desastre urbano, no sólo meteorológico: la amenaza fue la tormenta, pero la magnitud del daño estuvo determinada por la forma en que se había ocupado el territorio.
Desde entonces se han construido canales, puentes, colectores y obras de protección. También se fortalecieron la vigilancia de cauces, los protocolos de emergencia y los instrumentos de planeación. Estas intervenciones han reducido riesgos en diversos puntos, pero la ciudad de 2026 es mucho más extensa e impermeable que la de 1990. El poniente concentra nuevos desarrollos, centros comerciales, estacionamientos y vialidades que modifican la respuesta de las cuencas. Cada metro cuadrado de suelo cubierto por concreto o asfalto infiltra menos agua y genera más escurrimiento superficial.
Un aspecto técnico que debe explicarse con claridad es el periodo de retorno. Las obras pluviales se dimensionan para tormentas con determinada probabilidad estadística, por ejemplo de 10, 25, 50 o 100 años. Esto no significa que un evento “de cien años” ocurra una sola vez por siglo, sino que tiene aproximadamente uno por ciento de probabilidad de presentarse en cualquier año. Además, las estimaciones históricas pueden perder vigencia cuando cambian la cobertura del suelo, la intensidad de las lluvias o la extensión urbana. Por ello, los criterios de diseño deben actualizarse y complementarse con márgenes de seguridad, rutas de excedencia y planes de emergencia.
No basta con limpiar arroyos antes de la temporada de lluvias. El desazolve es indispensable, pero representa mantenimiento, no planeación integral. Tampoco es suficiente ampliar canales de manera indefinida. Las soluciones exclusivamente grises —concreto, muros y tuberías— tienen límites físicos y económicos. Cuando la urbanización sigue aumentando el caudal, tarde o temprano una sección vuelve a resultar insuficiente.
La política pluvial de Chihuahua debería organizarse por cuencas completas. Esto implica analizar conjuntamente el origen del escurrimiento, las zonas de concentración, los puntos de cruce, las áreas inundables y la descarga final al Chuvíscar. Los estudios hidrológicos de nuevos desarrollos no deberían evaluar únicamente el predio, sino sus efectos acumulados aguas abajo. Un fraccionamiento puede cumplir individualmente con una norma y, sin embargo, contribuir a un problema mayor cuando se suma a decenas de proyectos dentro de la misma cuenca.
También se requiere recuperar espacio para el agua. Los parques inundables, vasos reguladores, jardines de lluvia, pavimentos permeables y áreas de retención temporal permiten disminuir y retrasar los picos de avenida. No sustituyen los canales principales, pero reducen la presión sobre ellos. En las partes altas, conservar suelo natural puede ser más eficaz y menos costoso que corregir daños en las zonas bajas. En los corredores ya urbanizados, es posible incorporar pequeñas infraestructuras distribuidas que capturen agua antes de que llegue concentrada al cauce.
El río Chuvíscar debe entenderse como la columna vertebral de esta red. Si sus tributarios descargan simultáneamente durante una tormenta intensa, el comportamiento del sistema depende de la capacidad del río, de sus confluencias y de la ausencia de obstrucciones. Intervenir un arroyo sin revisar su llegada al Chuvíscar equivale a mejorar una calle sin verificar el crucero donde termina. La seguridad hidráulica exige continuidad desde la parte alta de cada microcuenca hasta el punto de descarga.
La información también debe ser pública y comprensible. Los mapas de riesgo no pueden permanecer como documentos técnicos consultados sólo cuando se autoriza un proyecto. La población debería saber si vive junto a un cauce, en una zona de flujo preferente o aguas abajo de una cuenca en proceso de urbanización. Conocer el riesgo no pretende devaluar una colonia, sino permitir decisiones, obras y protocolos más responsables.
La lección de 1990 sigue vigente: la ciudad puede olvidar la forma de sus arroyos, pero el agua no. La actual avenida de la Cantera es una infraestructura urbana valiosa, pero también es la huella visible de un sistema natural que continúa activo. Reconocer esa doble condición no significa oponerse al desarrollo, sino planearlo con mayor inteligencia.
Chihuahua necesita pasar de reaccionar ante cada tormenta a administrar integralmente sus cuencas. Eso supone coordinación entre planeación urbana, obras públicas, protección civil, servicios municipales, desarrolladores y ciudadanía. La lluvia intensa volverá. La diferencia entre una contingencia controlable y una tragedia dependerá de cuánto espacio, memoria y capacidad de conducción le hayamos dejado al agua.
Fuentes técnicas de referencia: