
El domingo se disputó la alegría nacional tan añorada en tiempos desesperados. La unión que vivieron todos los mexicanos fue un regocijo ante la falta de certeza que se vive en el presente. Incertidumbre que nace de la crisis en varios aspectos de la cotidianeidad que fueron arrancados del mexicano sonriente que alguna vez fue.
No se esperó mucho de este mundial. Me incluyo en el pensamiento que predecía la fatalidad próxima al recibir la justa mundialista en 3 ciudades importantes. Nadie esperó que la seguridad, o la movilidad fueran a responder de buena manera ante la visita de las selecciones y la afición extranjera. Y sí, la organización le calló la boca a muchos, la fiesta, los tragos, la fraternidad no solo con los connacionales, sino también con la que fueron recibidos los visitantes.
Por 25 días se vivió un sueño. Bajó la criminalidad, las grillas políticas, el discurso nacionalista de “soberanía nacional”; el T-MEC y las declaraciones de Trump de revisar el Tratado cada año, no devaluó el peso. Todo lo que pasaba o pasó en pleno Mundial, ni se sintió. Lo único que vibró en las calles, en los periódicos, en las redes sociales y en las mentes, fue ver la esperanza arrebatada, convertida en 90 minutos de apapacho 100% mexicano.
El Director Técnico de Marruecos celebró al público mexicano, lo mismo hicieron los holandeses, japoneses y una larga lista de extranjeros, que también fueron arropados por el canto mestizo. El país dio el ancho como dignos anfitriones. Algo que en Estados Unidos y Canadá se quedaron lejos de lograr, ni siquiera, alguna ciudad sede de por allá.
Nos despertamos el lunes con una resaca. Para algunos fue del alcohol del día anterior, pero trasciende. Lo que se sintió más bien fue una jaqueca que dolió en el corazón y que hizo lagrimear a más de uno. El saber que volvíamos a enterarnos de los problemas públicos. Adentrarnos de nuevo a la conversación con temas como la captura del Mayo, los apagones de la CFE o las redes de huachicol fiscal.
Como salido de una cirugía, el mexicano vio la verdadera realidad. Claro, después de haber sido cegado por la luz del espectáculo. No es reclamo, porque se sintió a gloria la mera ilusión de alcanzar los cuartos de final. Pero más que gloria, fue un paliativo o unas vacaciones, de la crudeza de un país volteado. Un país donde los más jodidos y por aquellos por los que el gobierno aboga, ni un jersey original estaba dentro de sus posibilidades.
Por cierto, ya es hora de que se legislen las boleteras. Este mundial no solo trajo emociones, sino que también nos dio la posibilidad de contrastar los precios entre los 3 países sede. Y vaya que canastearon al consumidor de este lado del río. Tanto así que puro fifí pudo ir a ver un juego en vivo. Todavía peor, en una de esas y por esa misma razón, Claudia no asistió a ningún juego. Mejor preguntarle ya que tampoco somos adivinos en este espacio.