
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
(Primera Parte)
Desde lo más profundo de mi corazón, allá donde imagino que los ángeles revolotean llevando entre sus manos las bendiciones del Todopoderoso, deseo compartir una parte de mi vida que permanece grabada con la fuerza de los recuerdos imborrables. Son memorias que no pertenecen solamente a mi existencia, sino también, a la historia de mi familia, de mi esposa, de mis hijos y de una de las propiedades más emblemáticas del estado de Chihuahua, la majestuosa Quinta Carolina. Mi nombre es Ventura Chavira Vázquez y tuve el privilegio de servir durante muchos años como administrador de aquella extraordinaria finca que, en tiempos del general don Luis Terrazas Fuentes, representó el esplendor del campo chihuahuense y que posteriormente pasó a pertenecer a mi muy estimado patrón, don Jorge Muñoz. Cada rincón de aquella hacienda guarda una parte de mi historia y, al mismo tiempo, conserva el eco de una época que transformó para siempre la vida de Chihuahua.
Mi historia comenzó mucho antes de conocer aquellos inmensos campos, vi por primera vez la luz una fresca mañana del 8 de septiembre de 1891 en el pequeño poblado de Valerio, cercano al hermoso Valle de Zaragoza, y muy próximo al municipio de Satevó. Aquella tierra era tranquila, sus amaneceres olían a tierra húmeda y a mezquite, mientras que el viento recorría lentamente las llanuras llevando consigo el sonido de las campanas y el canto de los gallos que anunciaban el inicio de una nueva jornada. Allí, crecí rodeado del cariño de mis padres, don Albino Chavira Irigoyen y doña Ruperta Vázquez, dos personas sencillas que jamás conocieron la riqueza material, pero que me heredaron un patrimonio mucho más valioso, la dignidad del trabajo, la honradez y el respeto por la palabra empeñada.
Mi padre era zapatero de oficio, reparaba zapatos y elaboraba huaraches con una paciencia admirable, mientras alternaba aquel trabajo con las labores del campo, ya que, en nuestra pequeña parcela, sembrábamos maíz y frijol, cuidábamos algunos animales y aprendíamos que cada cosecha era fruto del esfuerzo diario. Desde muy pequeño, caminé a su lado, observaba cómo remendaba un par de botas desgastadas con la misma dedicación con que araba la tierra; aquellas enseñanzas, marcaron para siempre mi carácter; mi madre, por su parte, complementaba esa formación con consejos llenos de firmeza y amor y cuando era necesario, también llegaban los regaños, porque ambos estaban convencidos de que un hombre debía crecer derecho, sin apartarse jamás del camino de la honestidad.
Antes de continuar con mi historia, considero necesario detenerme un momento para hablar del lugar que terminaría convirtiéndose en el escenario principal de mi vida. Mucho antes de llamarse Quinta Carolina, aquellos extensos terrenos eran conocidos como la “Labor de Trías”, propiedad del ilustre político liberal y exgobernador de Chihuahua, don Ángel Trías. Después de su fallecimiento, el general Luis Terrazas, adquirió la finca a sus herederas con la intención de construir una elegante residencia campestre que habría de regalar a su esposa, doña Carolina Cuilty Bustamante, como una muestra de gratitud y cariño, el obsequio, fue entregado el 4 de noviembre de 1896, fecha dedicada a celebrar a las Carolinas, y desde entonces, el inmueble llevó orgullosamente el nombre de “Quinta Carolina”, aquella residencia, concebida con una clara influencia europea, se convirtió muy pronto en uno de los símbolos del desarrollo económico y social del Chihuahua porfiriano. Su construcción, no solamente representó el lujo de una poderosa familia, sino el nacimiento de un nuevo concepto urbano para la capital del estado. La antigua avenida de Nombre de Dios, comenzó a poblarse de residencias y ranchos adquiridos por empresarios y hacendados que buscaban establecer sus casas de descanso en las cercanías de aquella magnífica propiedad.
El camino arbolado por el que transitaban carruajes jalados por caballos conducía directamente hasta la casona principal, rodeada de jardines, álamos y extensos sembradíos que parecían perderse en el horizonte. Con el paso de los años, el general Terrazas amplió considerablemente la superficie de la finca mediante la adquisición de terrenos vecinos conocidos como “Casa Blanca”, “Ojo de Agua” y parte de “Calabacillas”, hasta reunir más de veintidós mil hectáreas. Aquella enorme extensión, convirtió a la Quinta Carolina en un auténtico complejo agrícola y ganadero donde se cultivaban maíz, frijol y trigo, mientras prosperaban grandes hatos de ganado vacuno, caballar y caprino. Además de la residencia principal, existían caballerizas, establos, bodegas, una tienda de raya, capilla, talleres y decenas de viviendas destinadas a las familias de los trabajadores, formando una verdadera comunidad rural organizada alrededor de la hacienda.
Fue precisamente hacia ese lugar donde el destino comenzó a conducirme cuando apenas contaba con quince años de edad, una mañana observé a lo lejos la silueta de un jinete que avanzaba levantando una pequeña nube de polvo y al acercarse, reconocimos a Rosendo Vázquez, uno de los vaqueros de la Quinta Carolina y después de saludar afectuosamente a mi padre, transmitió el mensaje que cambiaría el rumbo de mi existencia:
—“Dice don David que le mandes a Ventura a trabajar a la Quinta”.
Mi padre guardó silencio durante unos segundos. Después me miró fijamente, como si entendiera que aquel instante marcaba el final de mi infancia. Con voz serena respondió:
—“Dile al patrón que en cuanto arreglemos unas cosas, el muchacho irá con ustedes”.
Aquellas palabras, pronunciadas con la sencillez de un campesino, significaban mucho más que aceptar un empleo. Eran la despedida del hogar donde había nacido y el comienzo de una vida completamente distinta. Sin saberlo, mientras ensillaba mi caballo para emprender el viaje hacia la Quinta Carolina, también comenzaba a escribir el capítulo más importante de mi historia. Después de aquel cordial recibimiento por parte de don David Ochoa, comprendí que mi vida había dado un giro definitivo. Dejaba atrás la tranquilidad de mi pueblo para integrarme a una comunidad donde cada amanecer estaba marcado por el sonido de los cascos de los caballos, el mugido del ganado y el incesante ir y venir de hombres y mujeres cuyo destino giraba alrededor de la Quinta Carolina.
A mis quince años apenas alcanzaba a comprender la magnitud de aquella propiedad. Todo me parecía inmenso, los sembradíos que se perdían en el horizonte, los corrales repletos de animales, las caballerizas perfectamente alineadas y la elegante casona de cantera que dominaba el paisaje con la solemnidad de un palacio levantado en medio del semi-desierto chihuahuense. Pronto descubrí que la Quinta Carolina era mucho más que una residencia campestre, era un pequeño mundo donde convivían decenas de familias que habían entregado su vida al trabajo de la tierra y a escasos metros de la casa principal, se levantaban tres cuadras de viviendas destinadas a los peones y sus familias. Eran casas sencillas, construidas con gruesos muros que protegían del intenso frío del invierno y del calor abrasador del verano. En ellas, habitaban alrededor de sesenta familias que, junto con vaqueros, caporales, artesanos y trabajadores agrícolas, formaban una comunidad cercana a las trescientas personas. Cada uno conocía perfectamente su responsabilidad y todos entendíamos que el buen funcionamiento de la hacienda dependía del esfuerzo colectivo…Esta Crónica continuará.
“Don Ventura Chavira y la Quinta Carolina: una vida entre memoria, trabajo e historia, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XIII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) o mande un Whatsapp al 614 148 85 03 y con gusto le brindamos información.
Fuentes: Entrevista con don Luis y don José Chavira, hijos de don Ventura; entrevista con Sergio Chavira (nieto); fotos: Familia Chavira García.