
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
Mucho antes de que la Quinta Carolina adquiriera el esplendor que la convertiría en símbolo del Porfiriato, aquellos terrenos formaban parte de una extensa región vinculada al antiguo poblado de Nombre de Dios, uno de los asentamientos más antiguos de la entidad y antecedente inmediato de la fundación de San Francisco de Cuéllar, establecida en 1709, y considerada el origen de la actual ciudad de Chihuahua. Desde aquellos primeros años de la colonización española, la fertilidad de estas tierras y la cercanía del río Sacramento, despertaron el interés de diversos propietarios, aunque los documentos históricos no permiten identificar con absoluta certeza a todos los primeros poseedores del enorme predio.
Diversos estudios señalan que una importante extensión perteneció al hacendado Diego Cano, quien controlaba vastas superficies agrícolas que comprendían buena parte del territorio donde posteriormente crecería la capital del estado. Con el transcurso del tiempo, y después de consumada la Independencia de México, la historia de aquellos terrenos comenzó a entrelazarse con la de una de las familias más distinguidas de Chihuahua. Durante la primera mitad del siglo XIX, don Juan Álvarez, abuelo materno y padre adoptivo del general Ángel Trías, adquirió una extensa propiedad rural que más tarde heredaría a su hijo.
Fue entonces cuando comenzaron a levantarse las primeras construcciones permanentes, una sencilla pero elegante casa de campo, varias viviendas de adobe destinadas a los trabajadores, y una pequeña capilla que pronto se convertiría en el centro espiritual de quienes habitaban la finca. A todo aquel conjunto se le dio el nombre de “Labor de Trías”, denominación que permanecería profundamente arraigada en la memoria de los chihuahuenses durante varias décadas. La Labor de Trías, no tardó en convertirse en un importante centro agrícola y ganadero. Sus fértiles campos, producían abundantes cosechas, mientras que sus amplias extensiones permitían la crianza de ganado y el desarrollo de diversas actividades productivas que fortalecían la economía regional.
Al mismo tiempo, la propiedad adquirió relevancia política debido a que su propietario, el general Ángel Trías, figuraba entre los personajes más influyentes del liberalismo mexicano y mantenía una estrecha relación con el presidente Benito Juárez durante los difíciles años de la Guerra de Reforma y de la Intervención Francesa. Sin embargo, el destino tenía preparado un desenlace doloroso. El 30 de agosto de 1867, apenas unos meses después del triunfo definitivo de la República sobre el Imperio, el general Ángel Trías, falleció víctima de una enfermedad pulmonar precisamente en aquella casa de campo que tanto había significado para él.
Su muerte marcó el final de una etapa y abrió un nuevo capítulo en la historia de la propiedad. La finca pasó a manos de sus hijos —Ángel, María, Victorina, Evaristo, Luisa, Teresa y Francisco—, quienes conservaron la herencia familiar durante algunos años antes de trasladarse a la Ciudad de México en busca de nuevas oportunidades. Aquella decisión, cambiaría para siempre el destino de la antigua Labor de Trías, pues el inmueble quedaría disponible para ser adquirido por el general Luis Terrazas, quien transformaría el lugar en la fastuosa “Quinta Carolina”, uno de los símbolos más perdurables del esplendor económico y social que vivió Chihuahua durante el Porfiriato. La historia de la Quinta Carolina cambió para siempre durante los últimos años del siglo XIX, cuando el destino de aquella antigua propiedad, conocida durante décadas como la Labor de Trías, quedó ligado al nombre de uno de los hombres más influyentes del norte de México, el general don Luis Terrazas Fuentes.
Don Ventura Chavira recordaba aquellos acontecimientos como si aún permanecieran vivos en la memoria colectiva de quienes crecieron entre los muros de la hacienda, convencido de que aquel episodio no solo representó una simple operación de compraventa, sino el inicio de una etapa que transformaría para siempre el paisaje, la economía y la vida social de Chihuahua. Después del fallecimiento del general Ángel Trías, la antigua finca permaneció varios años bajo la propiedad de sus herederos. Sin embargo, el paso del tiempo, los cambios políticos y las nuevas circunstancias familiares, llevaron a las últimas sobrevivientes de aquella distinguida familia, Victorina y Teresa Trías, a negociar la venta de la propiedad.
Fue así como el representante legal de los negocios del general Luis Terrazas inició las gestiones correspondientes hasta lograr un acuerdo que marcaría un antes y un después en la historia de la región. El 12 de febrero de 1895, quedó formalizada la compraventa de aproximadamente diez mil quinientas hectáreas de terreno, por la cantidad de ocho mil pesos, cifra considerable para la época. La operación fue inscrita en los libros del Registro Público de la Propiedad, y protocolizada por el licenciado Juan Francisco Molinar, representante del general Luis Terrazas, mientras que el licenciado Manuel Prieto, compareció en nombre de Victorina y Teresa Trías.
Aquel documento jurídico, que hoy constituye una pieza invaluable para la historia de Chihuahua, selló el destino de una finca que muy pronto dejaría de llamarse Labor de Trías, para convertirse en uno de los símbolos más representativos del Porfiriato mexicano. Un año después, el 4 de noviembre de 1896, fecha en la que la tradición católica celebraba el “Día de las Carolinas”, don Luis Terrazas decidió sorprender a su esposa, doña Carolina Cuilty, con un obsequio que trascendería el ámbito familiar para convertirse en un emblema arquitectónico de Chihuahua. Sobre el mismo terreno donde alguna vez se levantó la modesta casa de campo del general Ángel Trías, comenzó a erigirse una elegante residencia de cantera, concebida bajo la influencia de la arquitectura europea que caracterizó al Porfiriato.
La nueva construcción fue bautizada con grandes letras labradas en piedra como “Quinta Carolina”, nombre que desde entonces quedó grabado para siempre en la memoria de los chihuahuenses. Su inauguración constituyó uno de los acontecimientos sociales más importantes de finales del siglo XIX, pues representó el nacimiento de un proyecto urbanístico sin precedentes que permitió a la ciudad contar con una distinguida zona campestre, semejante a las villas suburbanas que embellecían diversas ciudades europeas.
Pero la verdadera grandeza de la Quinta Carolina no radicaba únicamente en la majestuosidad de su casona principal ni en la exquisitez de sus jardines. Su auténtica riqueza se encontraba en las personas que le daban vida todos los días. Don Ventura recordaba que alrededor de setenta trabajadores desempeñaban diversas actividades indispensables para el funcionamiento de la propiedad y que, al sumar a sus esposas e hijos, la comunidad alcanzaba cerca de trescientas personas. Aquella población convertía a la hacienda en un pequeño pueblo donde cada familia encontraba sustento gracias al trabajo cotidiano. Desde antes del amanecer comenzaban a escucharse los primeros sonidos de la jornada. Los vaqueros ensillaban sus caballos para recorrer los potreros; los agricultores, se dirigían a las parcelas donde crecían el maíz, el trigo y el frijol; los herreros avivaban el fuego de la fragua para reparar herramientas y herraduras; los cocheros preparaban los carruajes, mientras los veladores concluían sus rondines nocturnos. Cada oficio tenía una importancia específica y todos dependían unos de otros para mantener el equilibrio de aquella compleja organización productiva…Esta Crónica continuará.
“Don Ventura Chavira y la Quinta Carolina: una vida entre memoria, trabajo e historia, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XIII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) o mande un Whatsapp al 614 148 85 03 y con gusto le brindamos información.
Fuentes: Entrevista con don Luis y don José Chavira, hijos de don Ventura; entrevista con Sergio Chavira (nieto); fotos: Familia Chavira García.