
Por, Sergio Bolio.
En nuestros días ha cundido una perniciosa confusión que reviste el pecado con apariencia de virtud; no pocos, aun llamándose cristianos, pronuncian con ligereza: "Dios nos dio libre albedrío", como si tal don fuese licencia para abrazar cuanto apetece la voluntad desordenada. Mas semejante discurso no es doctrina, sino engaño; no es libertad, sino libertinaje.
El Apóstol San Pablo amonesta con claridad: "Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica" (1 Cor 10,23). Estas palabras no autorizan el pecado; antes bien, enseñan que la libertad ha de someterse al bien verdadero; el hombre puede escoger diversos caminos, mas no todos le conducen a la Vida Eterna, elegir el mal permanece como posibilidad de la voluntad humana, pero jamás como derecho moral.
La sabiduría cristiana ha enseñado constantemente que el libre albedrío alcanza su perfección cuando obra conforme a la verdad. Santo Tomás de Aquino enseña en la Suma Teológica que "el hombre tiene libre albedrío; de otro modo serían inútiles los consejos, las exhortaciones, los preceptos, las prohibiciones, los premios y los castigos" (Suma Teológica, I, q. 83, a. 1); asimismo, afirma que la elección pertenece propiamente al libre albedrío, el cual debe ser guiado por la razón hacia el bien (Suma Teológica, I-II, q. 13, a. 1). Por ello, la libertad no consiste en poder pecar, sino en dirigirse voluntariamente hacia el bien, iluminado por la razón y fortalecido por la gracia Divina; cuanto más esclavo es el hombre de sus pasiones, menos libre es; cuanto más obedece a Dios, más plenamente ejerce la libertad para la cual fue creado.
La cultura contemporánea ha trastocado esta realidad, al grado de volverse una contracultura; se proclama que toda elección merece respeto por el solo hecho de ser una elección personal. Tal pensamiento ha penetrado incluso en ambientes religiosos, donde algunos justifican pecados públicos y privados bajo el falso argumento de que "cada quien decide", empero, la voluntad desligada de la ley de Dios degenera en tiranía del propio deseo. Quien sirve al pecado no ejerce libertad; sirve a un amo que promete placer pasajero y paga con esclavitud espiritual.
El verdadero libre albedrío es aquel por el cual el hombre, asistido por la gracia del Espíritu Santo, abraza voluntariamente la voluntad Divina para alcanzar la salvación de su alma; no se trata de una imposición exterior, sino de una cooperación amorosa con la gracia que mueve el corazón hacia el bien, sin esa gracia, la voluntad queda debilitada por las heridas del pecado; con ella, puede elegir rectamente y perseverar en el camino de Cristo.
Por ello conviene desterrar de nuestro lenguaje la falsa oposición entre libertad y obediencia; la obediencia a Dios no disminuye al hombre; lo ennoblece. No lo encadena; lo libera de aquello que lo destruye, cada decisión cotidiana es una ocasión para escoger entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y el error, entre la vida y la muerte espiritual.
Roguemos, pues, al Espíritu Santo que ilumine nuestro entendimiento y fortalezca nuestra voluntad, para que jamás llamemos libertad a lo que Dios llama pecado; sólo quien, movido por la gracia, escoge la voluntad de Dios puede decir con verdad que vive el auténtico libre albedrío, aquel que conduce a la santidad y abre las puertas de la Vida Eterna.