
M. Arq. Mario Contreras Figueroa, Bitácora Urbana. Contribución extraordinaria.
Esta columna suele ocuparse de ciudades y territorio. El turismo, sin embargo, pertenece plenamente a esa conversación: modifica la manera en que un lugar se mira a sí mismo, transforma sus servicios, activa economías locales y, cuando se conduce con inteligencia, refuerza la identidad de sus comunidades.
A los chihuahuenses nos cuesta ver nuestro propio estado como destino. Somos criaturas del desierto y solemos imaginar el descanso junto al mar; hasta inventamos, con humor, “las playas del Chuvíscar”. Pero basta observar Chihuahua con ojos de visitante para entender la fascinación que producen barrancas, bosques, desiertos, ríos, cielos limpios, pueblos mineros, patrimonio colonial, ciudades fronterizas y una diversidad cultural que no cabe en una postal.
El visitante descubre algo que para nosotros se volvió cotidiano. Encuentra una carne asada bajo un atardecer interminable; escucha historias de la Revolución; llega a Creel, Guachochi, Batopilas o Urique y comprende que la Sierra Tarahumara no es un paisaje vacío, sino un territorio habitado y una cultura viva que exige respeto.
El turismo tiene, desde luego, una dimensión económica. En 2025 la derrama turística del estado alcanzó casi dieciocho mil millones de pesos, con un crecimiento anual de 8.51 por ciento. Es una cifra considerable para una entidad sin litoral, con enormes distancias y una conectividad que todavía debe fortalecerse. Pero el valor del turismo no se agota en hoteles o restaurantes. También llega a la familia que renta una habitación, a la cocinera que vende gorditas justo al lado de la barranca; al guía, al artesano, al transportista y al pequeño comercio para el cual un fin de semana puede significar buena parte de la temporada.
Ahí aparece la relación con el urbanismo. Un evento turístico obliga a pensar accesos, estacionamientos, señalización, seguridad, manejo de residuos, agua, espacio público y movilidad. Puede dar nueva vida a una plaza o saturarla; generar empleo o presionar la vivienda y convertir una comunidad en escenario. La diferencia está en la planeación: distribuir beneficios, proteger el paisaje y evitar que la experiencia turística destruya aquello que la hizo atractiva.
A principios de los años noventa, durante la administración de Francisco Barrio, la descentralización federal permitió crear la Coordinación General de Turismo y negociar directamente con SECTUR y FONATUR. En ese contexto surgió el Fideicomiso Barrancas del Cobre, con participación estatal y federal y recursos del Banco Interamericano de Desarrollo. México era conocido, sobre todo, por sus playas; Chihuahua planteaba algo distinto: naturaleza, aventura, cultura y un sistema de barrancas capaz de competir entre los grandes paisajes del mundo.
El Plan Maestro Barrancas del Cobre intentó incorporar a las comunidades y reconocer sus usos y costumbres, un enfoque adelantado para su tiempo. En ese ambiente, el equipo de la Oficina de Planeación Turística, propuso lo que, desde el primer año, se llamó Festival Internacional de Turismo de Aventura (FITA). El proyecto comenzó a organizarse en 1996 y tuvo su primera edición formal en 1997, con tres eventos. A mí me correspondió, como coordinador general de Turismo, acompañar su arranque. No fue mi idea y no pretendo apropiarme de ella; sí puedo afirmar que desde el principio la vimos con ambición y como un escaparate de Chihuahua ante México y el mundo. Al día de hoy, Alejandra Villalobos, desde la Secretaría de Turismo, sigue comandando el proyecto.
Tres décadas después, las cifras muestran la escala alcanzada. En 2019 el calendario incluía 52 competencias; para 2025 se llegó a 90 y en 2026, año del aniversario, se programaron 102 actividades en 46 municipios, es decir, en 67 por ciento del territorio estatal. La edición de 2018 había registrado 68 mil visitantes y 26 mil participantes, con una derrama superior a 140 millones de pesos; para 2025, la estimación atribuida al FITA ascendió a 330 millones. El calendario actual reúne ciclismo de montaña, carreras pedestres y de ultradistancia, pesca deportiva, cabalgatas, rutas de vehículos todo terreno y encuentros de naturaleza. Algunos eventos, por sí solos, tienen una convocatoria notable: el Ultra Maratón de los Cañones ronda los mil 500 corredores, La Onza reúne más de mil 200 ciclistas y la Cabalgata Villista proyectó para este año alrededor de 11 mil jinetes.
El FITA distribuye actividad económica y atención pública fuera de las dos grandes ciudades. Cuando una carrera llega a Guachochi, una ruta cruza Guerrero y Bocoyna o una cabalgata enlaza municipios, se forma una red territorial. Los caminos dejan de ser únicamente trayectos; los pueblos se convierten en nodos de servicios, intercambio y encuentro. Esa es una de las aportaciones urbanas más interesantes del festival: demostrar que el desarrollo regional también puede construirse mediante circuitos, calendarios y experiencias compartidas, no sólo mediante grandes obras aisladas.
En esta etapa debe reconocerse con claridad la decisión de la gobernadora Maru Campos. Al inicio de su administración elevó el turismo al rango de Secretaría, una aspiración largamente anhelada por quienes alguna vez trabajamos en esa oficina. No fue un cambio de nombre. Darle jerarquía institucional colocó al sector en la mesa del gabinete y articuló promoción, infraestructura, inversión y desarrollo regional. Chihuahua era el único estado que todavía no contaba con una Secretaría de Turismo; Maru entendió que un territorio de esta escala no podía seguir administrando una de sus mayores oportunidades desde una dirección secundaria.
Esa decisión produjo continuidad y permitió rescatar proyectos que durante años parecieron condenados a permanecer inconclusos. El Aeropuerto Barrancas del Cobre, en Creel, inició operaciones en enero de 2024, dos décadas después de que comenzara su construcción, tras una inversión estatal superior a 30 millones de pesos en permisos, certificaciones y equipamiento. Más que una terminal aérea, representa la posibilidad de acercar la Sierra al resto del país sin perder de vista que la conectividad debe servir primero a las comunidades y no convertirlas en accesorio del visitante. El crecimiento récord del FITA, la ampliación de municipios participantes y la consolidación de Creel y Guachochi como destinos muestran una política que ha dado al turismo una dimensión estatal y no meramente promocional.
El siguiente paso debe ser más exigente. Los municipios requieren manuales de imagen, señalización, rutas peatonales, accesibilidad universal, áreas de acampado reguladas y protocolos ambientales. También debe asegurarse que las comunidades rarámuri participen en las decisiones y los beneficios, no sólo en la publicidad.
El FITA nació para mostrar que Chihuahua podía ser un destino de aventura. Hoy su tarea es mayor: ayudar a construir territorios más conectados, economías locales más sólidas y comunidades orgullosas de recibir visitantes sin dejar de pertenecerse a sí mismas. El turismo, cuando está bien planeado, no maquilla una ciudad ni convierte un pueblo en escenografía; fortalece su identidad, mejora sus servicios y abre oportunidades para quienes viven ahí.
Felicidades al Festival Internacional de Turismo de Aventura por sus primeros treinta años. Felicidades también a quienes lo imaginaron, lo organizaron y lo han sostenido, y al gobierno de Maru Campos por darle una nueva escala institucional y territorial. Falta mucho por hacer, pero Chihuahua ya no necesita preguntarse si es un estado turístico. Lo es, y el reto consiste en hacerlo mejor, con visión, cuidado y sentido humano.