
Hace unos días, la muerte de un joven oficial volvió a poner sobre la mesa un tema que durante mucho tiempo se ha dejado de lado dentro de las corporaciones de seguridad: la salud mental de quienes todos los días portan un uniforme.
Cuando hablamos de mejorar la seguridad pública, normalmente pensamos en patrullas, equipo, tecnología, capacitación y más elementos en las calles. Todo eso es importante, pero pocas veces nos detenemos a pensar en la persona que conduce la patrulla, atiende una emergencia y toma decisiones bajo presión.
Los policías están expuestos constantemente a jornadas largas, situaciones de violencia, amenazas, accidentes y escenas que pueden dejar una carga emocional importante. Además, como cualquier persona, enfrentan problemas familiares, económicos y personales que no desaparecen cuando comienza su turno.
Por eso, cuidar la salud mental de los oficiales no debería verse como algo secundario. También debe formar parte de cualquier estrategia seria de seguridad pública.
Durante mi participación en el Cabildo Joven trabajé una propuesta enfocada precisamente en este tema. La idea parte de algo muy sencillo: para que un oficial pueda dar el cien por ciento por los ciudadanos, también necesita estar bien física, emocional y profesionalmente.
No podemos pedirles que cuiden a la sociedad si las propias instituciones no cuentan con mecanismos suficientes para cuidar de ellos.
Es importante que los oficiales tengan acceso a atención psicológica, seguimiento después de situaciones difíciles y espacios confidenciales donde puedan hablar y pedir apoyo sin temor a ser juzgados o considerados poco aptos para realizar su trabajo.
Este acompañamiento tendría dos beneficios muy claros.
El primero es que los elementos puedan estar bien consigo mismos, manejar de mejor manera el estrés y desempeñar su labor en mejores condiciones.
El segundo es que también estén preparados para atender a ciudadanos que atraviesan una crisis de salud mental.
En muchas ocasiones, un policía es la primera persona que llega cuando alguien intenta quitarse la vida, se encuentra en una crisis emocional o puede ponerse en riesgo a sí mismo o a quienes están a su alrededor.
En esos momentos no basta con saber controlar la situación. También se necesita saber escuchar, mantener la calma, reducir la tensión, identificar señales de riesgo y canalizar a la persona con quienes puedan brindarle la atención adecuada.
La actuación de un oficial preparado puede marcar la diferencia entre agravar una crisis o ayudar a salvar una vida.
Por eso, el cuidado emocional de los policías y su capacitación para atender este tipo de casos deben ir de la mano. No son temas separados, sino parte de una seguridad pública más humana, preventiva y cercana a la realidad que se vive todos los días.
Fortalecer una corporación no significa solamente comprar más equipo o aumentar su capacidad de reacción. También implica cuidar a las personas que la integran y darles herramientas para enfrentar de mejor manera las situaciones que viven dentro y fuera del servicio.
Existe una gran área de oportunidad en este tema. La salud mental de los policías no debe atenderse solamente después de una tragedia. Debe trabajarse de forma constante, preventiva y con seguimiento.
Porque cuando un oficial está bien en todos los ejes de su vida, puede tomar mejores decisiones, atender mejor a la ciudadanía y dar el cien por ciento por quienes confían en él.
Quienes cuidan de nuestra seguridad también necesitan ser cuidados.