Por, Juan Ramón Flores
La relación entre México y Estados Unidos ya no puede explicarse con una sola palabra. No es únicamente comercio. No es solamente migración. Tampoco se reduce a seguridad, fentanilo, frontera o política electoral. Hoy todo está conectado. Esa fue una de las ideas centrales de la conferencia del doctor Juan Ramón Flores Gutiérrez, quien compartió su experiencia como Ministro en la Embajada de México en Washington durante el periodo 2022-2026.
Su exposición dejó una reflexión especialmente útil para Chihuahua: lo que ocurre entre México y Estados Unidos no sucede lejos de nosotros. Pasa todos los días en la frontera, en las maquiladoras, en los puentes internacionales, en las familias que tienen integrantes en ambos países, en las remesas, en el transporte de mercancías, en la seguridad pública y en las oportunidades de empleo.
Durante décadas, México y Estados Unidos aprendieron a tratar sus asuntos por separado. Por un lado iba el comercio; por otro, la migración; en otro cajón quedaban la seguridad y el crimen organizado. Esa forma de entender la relación ya quedó rebasada. Hoy, una discusión sobre aranceles puede terminar ligada al control fronterizo. Una crisis migratoria puede afectar negociaciones comerciales. El fentanilo puede cambiar el tono político en Washington. Y la revisión del T-MEC puede convertirse no solo en un asunto económico, sino en una negociación estratégica sobre el futuro de Norteamérica.
Juan Ramón explicó que el regreso de Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos no debe verse como la causa de este cambio. Trump influye, sin duda, por su estilo directo y su manera de mezclar comercio, frontera y seguridad. Pero el tema es más profundo. Estados Unidos cambió su forma de mirar a México porque también cambiaron sus preocupaciones internas: el avance del fentanilo, la migración irregular descontrolada, la competencia con China, la presión sobre sus industrias y la sensación de vulnerabilidad en su frontera sur.
En otras palabras, México dejó de ser visto solo como vecino y socio comercial. México, ahora también es un tema de seguridad nacional. Esa realidad exige inteligencia, serenidad y firmeza. Ni sumisión ni pleito automático: estrategia.
Los datos ayudan a entender el tamaño del reto. En 2022, el PIB de México fue de aproximadamente 1.5 billones de dólares, mientras que el de Estados Unidos alcanzó 26 billones. Para 2026, las cifras estimadas fueron de 2.1 billones para México y 32.4 billones para Estados Unidos. La diferencia sigue siendo enorme: la economía estadounidense es muchas veces más grande. Sin embargo, México ganó peso relativo en el periodo. En 2022, la economía de Estados Unidos equivalía a 17.8 veces la mexicana; en 2026, a 15.3 veces.
Esa asimetría no impide que México sea indispensable. Al contrario: México se ha vuelto una pieza clave en las cadenas productivas de Norteamérica. En 2022, el comercio bilateral de bienes entre México y Estados Unidos sumó 779 mil millones de dólares.
Para Chihuahua, estos números no son abstractos. Un estado fronterizo e industrial sabe que el comercio no se mide únicamente en estadísticas nacionales. Se mide en turnos de trabajo, parques industriales, transporte de carga, proveedores, técnicos, ingenieras, operadores, empresarias, trabajadores de línea, agentes aduanales y familias enteras que dependen de una economía integrada.
Por eso la revisión del T-MEC en 2026 será tan importante. No será una revisión meramente técnica. Estarán en juego reglas de origen, condiciones laborales, confianza comercial, inversión y la posición de México frente a China. Uno de los puntos más delicados señalados en la conferencia fue la llamada triangulación comercial: importar productos chinos, reetiquetarlos como mexicanos y enviarlos a Estados Unidos. Esa práctica no fortalece a México. Genera valor fuera del país y siembra desconfianza con nuestro principal socio comercial. México necesita demostrar que lo “hecho en México” realmente tiene trabajo, talento y valor mexicano.
Juan Ramón Flores también señaló un cambio en el enfoque del gobierno mexicano: de una narrativa centrada en “abrazos, no balazos” hacia una etapa con más inteligencia, investigación y coordinación.
En ese contexto, mencionó el papel de Omar García Harfuch como un interlocutor con credibilidad ante las autoridades estadounidenses. El reto, sin embargo, sigue siendo delicado: cooperar sin aceptar subordinación; coordinarse sin permitir intervención.
La migración representa otro cambio profundo. México ya no es solo país de origen o de tránsito. Cada vez más, también es un país de permanencia. Personas de distintas regiones del mundo llegan a territorio mexicano con la intención de alcanzar Estados Unidos, pero muchas se quedan varadas por semanas, meses o años. Esto exige capacidades que México aún no tiene resueltas: vivienda, salud, educación, empleo, seguridad pública y atención humanitaria. En la frontera, esta presión se siente con especial fuerza.
La conferencia dejó también una advertencia política: México no debe apostar ingenuamente por demócratas o republicanos. Ha habido cooperación y tensión con gobiernos de ambos partidos. Lo importante es entender a Estados Unidos como es, no como quisiéramos que fuera. Su política interna cambió, su electorado está dividido y movimientos como MAGA modificaron el espectro.
Finalmente, Juan Ramón Flores subrayó una idea de fondo: México será más fuerte frente a Estados Unidos si se fortalece por dentro. Eso significa certeza jurídica, seguridad, Estado de derecho, mejores condiciones laborales, confianza institucional e inversión. También significa que las personas puedan vivir, trabajar y caminar sin miedo.
Para Chihuahua, la conclusión es clara. La relación bilateral no es un tema reservado para cancilleres o embajadores. Es una realidad diaria. La frontera no es una orilla del país: es una de sus zonas más estratégicas. Aquí se cruzan comercio, familias, cultura, empleo, seguridad y futuro.