Por: Oscar A. Viramontes Olivas
“Más allá de los juegos que había en “El Tivoli”-menciona don Ventura Chavira Irigoyen- a los que recurríamos con mayor frecuencia eran las ruletas, el tiro al blanco, la plumita y muchas otras atracciones populares, a ello, se sumaban los puestos ambulantes que ofrecían toda clase de mercancías, entre ellas, las famosas “peritas de San Juan”; sin embargo, otra de las diversiones más concurridas era la ola giratoria, además de los juegos de béisbol que reunían a personas de todas las clases sociales: ricos, pobres, "fifís", "chairos" y gente de toda condición, sin duda, ahí se mezclaban el agua con el aceite, la seda con el petate, y la hoja con el fieltro.
“Aquella convivencia era intensa, alegre y, muy cerca del lugar donde trabajábamos y vivíamos, por supuesto, me refiero a la Quinta Carolina. Al terminar con nuestro día de diversión, nos trasladábamos de nueva cuenta a la quinta, y muchas familias también emprendían el regreso a sus hogares. Con el paso del tiempo, el ambiente empezó a transformarse, poco a poco, las fiestas dejaron de ser un espacio eminentemente familiar para convertirse en un lugar de alboroto, excesos y borracheras, ese cambio, provocó el paulatino deterioro del centro social “El Tivoli”, que terminó por decaer hasta desaparecer por completo”.
En otro orden de ideas, y rescatando algunos datos de relevancia del archivo de los recuerdos, cabe mencionar que los terrenos de la Quinta Carolina habían pertenecido originalmente a Juan Álvarez, abuelo materno y padre adoptivo de Ángel Trías, quien heredó la finca conocida posteriormente como la “Labor de Trías”, esta propiedad contaba con viviendas de adobe destinadas a los trabajadores, además de una capilla y tras el fallecimiento de Ángel Trías, ocurrido el 30 de agosto de 1867, el general Luis Terrazas Fuentes, adquirió la propiedad el 12 de febrero de 1895 a los herederos de Trías, posteriormente, el 4 de noviembre de 1896, Terrazas Fuentes obsequió la finca a su esposa, Carolina Cuilty. La extensión territorial de la Quinta era enorme, se decía que iba "de cerro a cerro": desde donde actualmente se localiza el “Ojo de Nombre de Dios” hasta la sierra que colinda con la de Majalca, muy cerca del sitio donde hoy se encuentran las “Curvas del Perico”, dentro de la propiedad, existía un cerro al que llamábamos “El Chilicote”, situado justamente frente al casco de la hacienda. También destacaban otras elevaciones conocidas como los cerros “Colorado” y “El Caballo”.
“En diciembre de 1913, cuando el general Francisco Villa asumió el control político y militar del estado de Chihuahua, una nueva etapa de incertidumbre comenzó a escribirse sobre la historia de las familias más poderosas de la entidad. Bajo el ímpetu de la Revolución, se desató una implacable persecución contra los grandes hacendados y empresarios chihuahuenses, entre ellos la influyente familia Terrazas. Residencias señoriales, establecimientos comerciales, fábricas y vastas haciendas, fueron confiscados por las fuerzas revolucionarias y en cuestión de meses, el patrimonio que durante décadas había simbolizado el poder económico del Estado, quedó reducido al abandono, mientras la producción agrícola e industrial se extinguía bajo el peso de la guerra. La Quinta Carolina no escapó a ese destino, aquella elegante finca, orgullo de la familia Terrazas y refugio de incontables recuerdos, fue ocupada por el gobierno revolucionario encabezado por Francisco Villa. Durante algún tiempo, sirvió como residencia del general Manuel Chao y, además, fue utilizada como escenario de reuniones políticas y militares, donde se tomaban decisiones que marcarían el rumbo de Chihuahua en los años más convulsos de su historia.
“Todavía conservo grabado en la memoria el día en que Francisco Villa llegó a la Quinta Carolina al frente de sus tropas, la sola presencia del caudillo imponía respeto, pero detrás de aquella disciplina que aparentaban guardar sus hombres, pronto surgió el verdadero rostro de la guerra. Las órdenes parecían claras, sin embargo, muchos de los soldados aprovecharon la ocupación para cometer toda clase de tropelías. Varias habitaciones fueron saqueadas y algunas de las estancias, cuidadosamente decoradas durante años, terminaron destrozadas por la violencia y el desorden. Aquellas paredes, que habían sido testigos de reuniones familiares y días de tranquilidad, quedaron marcadas por el estruendo de la Revolución”.
El panorama comenzó a modificarse cuando Venustiano Carranza consolidó el control del gobierno federal entre 1916 y 1917. Como parte de su política de restitución patrimonial, ordenó devolver numerosas propiedades que habían sido confiscadas durante el régimen villista, entre ellas, se encontraba la Quinta Carolina que, volvería a manos de la familia Terrazas. Para entonces, la administración de la hacienda estaba a cargo de David Ochoa, personaje cuya sola presencia imponía autoridad. Su nombre, era pronunciado con respeto, aunque también con evidente temor entre los trabajadores; se decía que, rara vez, se le veía sin portar una pistola al cinto y un sable en la mano, siempre dispuesto a imponer disciplina con severidad, especialmente entre los peones de la finca. Originario del Valle de Zaragoza, antes de la Revolución, había logrado reunir una fortuna considerable, sin embargo, el conflicto armado también lo alcanzó, arrebatándole gran parte de sus bienes y obligándolo a comenzar prácticamente desde cero. Como muchos otros chihuahuenses, conoció de cerca la amarga experiencia de perder, en apenas unos años, el trabajo acumulado durante toda una vida.
Los años que siguieron fueron especialmente difíciles, las heridas abiertas por la Revolución tardarán mucho tiempo en cicatrizar; la violencia no solo había destruido edificios, sembradíos y ganado; también había quebrantado economías familiares, amistades y proyectos de vida, quienes sobrevivieron al conflicto, tuvieron que enfrentar una realidad marcada por la incertidumbre, la escasez y el esfuerzo constante, por reconstruir lo que la guerra había reducido a escombros. Tras el fallecimiento del general Luis Terrazas Fuentes, el destino de la Quinta Carolina volvió a cambiar. La emblemática propiedad fue puesta en venta y, poco tiempo después, pasó a manos del destacado empresario Jorge Muñoz. La operación se concretó con relativa facilidad gracias a los estrechos vínculos familiares que existían entre ambas familias, pues Muñoz estaba casado con Rosa Terrazas, una de las hijas del general.
Con aquella transacción concluía un capítulo profundamente ligado al apellido Terrazas, una familia que durante décadas había representado el poder económico y político de Chihuahua. Sin embargo, la Quinta Carolina continuaría escribiendo nuevas páginas de su historia, convertida ya no solo en una antigua hacienda, sino en un silencioso testigo de las grandezas, tragedias y profundas transformaciones que dejó la Revolución Mexicana sobre la tierra chihuahuense…Esta Crónica continuará.
“Don Ventura Chavira y la Quinta Carolina: una vida entre memoria, trabajo e historia, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XIII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) o mande un Whatsapp al 614 148 85 03 y con gusto le brindamos información.
Fuentes: Entrevista con don Luis y don José Chavira, hijos de don Ventura; entrevista con Sergio Chavira (nieto); fotos: Familia Chavira García.