
Hace unos días le hice una pregunta bastante extraña a mi diccionario digital: Google.
Quería saber cuántos kilómetros había recorrido a lo largo de mi vida.
Después de hacer algunos cálculos, me respondió que, en cuarenta y cuatro años, probablemente he recorrido alrededor de doscientos mil kilómetros.
El equivalente a dar cinco vueltas completas al planeta.
No sé qué tan exacta sea la cifra. Supongo que nadie podría saberlo con certeza.
Pero bastó para que dejara de pensar en los kilómetros y empezara a pensar en la vida.
Porque esos doscientos mil kilómetros dicen muy poco de mí.
No cuentan las veces que tuve que empezar de nuevo.
No hablan de las despedidas.
No registran los lugares de los que me fui ni aquellos a los que llegué con más miedo que certezas.
Entonces le hice otra pregunta.
¿Qué es un salto de fe?
Google respondió que es avanzar sin conocer el camino completo.
Aceptar el riesgo de equivocarte.
Tomar una decisión sin tener la garantía de que saldrá bien.
Y actuar a pesar del miedo.
La definición era impecable, pero sentí que le faltaba algo.
Así que empecé a hacer memoria.
En cuarenta y cuatro años he dado muchos saltos de fe.
Algunos fueron evidentes.
Convertirme en mamá y aprender a ejercer una maternidad en solitario.
Hacer maletas, a veces las mías, a veces las de alguien más.
O guardar una vida entera en esas famosas cajitas Godín que anuncian el final de una etapa.
También he intentado ser la hija que acompaña, no siempre me sale bien, pero nunca he dejado de hacerlo con toda el alma.
Empezar de nuevo.
Y mientras repasaba mi vida, descubrí algo que Google no había mencionado.
Hay un tipo de salto de fe del que casi nadie habla.
El de esperar.
Esperar que una conversación cambie algo.
Esperar que una persona vea lo que tú ya viste.
Esperar que alguien también se atreva a dar un paso.
Esperar que una historia encuentre otro final.
Qué curioso.
Siempre pensamos que la valentía consiste en irse.
Pero quedarse también puede ser un acto de enorme coraje.
No hablo de quedarse por miedo.
Ni de quedarse donde uno deja de ser feliz.
Hablo de permanecer un poco más cuando todavía existe una razón para creer.
Porque esperar también implica aceptar un riesgo.
El riesgo de que las cosas no cambien.
De que la respuesta nunca llegue.
De descubrir que el otro no dará el salto contigo.
Y aun así, decidir confiar una vez más.
Claro que también llega el momento de hacer las maletas.
Todos, tarde o temprano, aprendemos que hay esperas que dejan de ser esperanza para convertirse en resignación.
Y entonces el salto de fe ya no consiste en quedarse.
Consiste en irse.
Quizá la verdadera sabiduría está en reconocer cuándo toca una cosa y cuándo la otra.
Hoy sé que esos doscientos mil kilómetros no son lo más importante de mi historia.
Lo verdaderamente valioso son los saltos que hubo entre un destino y otro.
Los visibles y los invisibles.
Los que me llevaron a lugares nuevos.
Y los que me obligaron a recorrer largas distancias por dentro.
Porque, al final, una vida no se mide por los kilómetros que acumulamos.
Se mide por las veces que avanzamos sin tener la certeza de lo que nos esperaba del otro lado.
Y si algún día alguien me preguntara cuántos saltos de fe he dado en cuarenta y cuatro años, tendría que responder lo mismo que Google respondió sobre mis kilómetros:
No lo sé con exactitud.
Pero después de hacerme esa pregunta, inevitablemente pensé en otra.
¿Cuántos saltos de fe llevas tú?
No los que terminaron bien.
Todos.
Los que te cambiaron la vida.
Los que te rompieron.
Los que todavía estás esperando que den fruto.
Tal vez ahí, y no en los kilómetros, se encuentre la verdadera medida de una vida.