
M.A.R.H Salvador Acevedo Ortega
Docente universitario en la Universidad Autónoma de Chihuahua, Facultad de Economía Internacional e Ingeniería.
A las once cuarenta y siete de la noche, un ciudadano de Chihuahua mira el teléfono por última vez. O eso se promete. La pantalla le ofrece una noticia, un video y un anuncio con la cortesía impecable de un mayordomo inglés. Nada parece amenazante. No hay botas en el pasillo, no hay sirenas y nadie ha pronunciado la palabra obediencia. Solo aparece una recomendación tan bien calculada que parece un deseo propio.
George Orwell imaginó al Gran Hermano observándolo todo desde una telepantalla. Nuestra época, considerablemente más elegante, consiguió algo mejor: que compráramos la pantalla, aceptáramos sus condiciones y la lleváramos voluntariamente al dormitorio. Eso es lo que hace que 1984 siga inquietando y que Fahrenheit 451 parezca cada vez menos una novela sobre el futuro. No porque vivamos literalmente en Oceanía ni porque cada plataforma sea una dictadura disfrazada —comparar cualquier incomodidad digital con el totalitarismo sería una forma bastante perezosa de leer a Orwell y a Bradbury—. La advertencia común es más fina: el poder alcanza su versión más eficiente cuando deja de parecer una orden y empieza a sentirse como comodidad.
1984, publicada en 1949, imagina un Estado que necesita controlar los hechos, el lenguaje y la memoria. Fahrenheit 451, publicada como novela en 1953, imagina una sociedad que entrega los libros al fuego porque la complejidad incomoda y el entretenimiento permanente resulta más fácil de soportar. Una distopía teme que nos oculten la verdad. La otra teme algo todavía más perturbador: que la verdad permanezca disponible y que ya no tengamos paciencia para buscarla. El incendio no empieza cuando aparece el bombero. Empieza cuando una cultura decide que leer despacio, discutir ideas difíciles y tolerar el desacuerdo son actividades demasiado molestas para una vida organizada alrededor del estímulo inmediato.
Una distopía prohibe la verdad. La otra la deja disponible y espera a que nos dé pereza buscarla. Conviene decidir cuál de las dos se parece más a un martes cualquiera en 2026.
En la novela, el Partido vigila, castiga y reescribe. En el mundo digital, el control rara vez llega con uniforme. Llega como personalización. Un sistema aprende qué nos detiene, qué nos enfurece, qué nos tranquiliza y qué estamos dispuestos a comprar. No hace falta imaginar conspiraciones sobre un micrófono clandestino: los clics, las pausas, las búsquedas y las interacciones forman un retrato suficientemente revelador. Como todo caballero peligroso, el algoritmo no necesita gritar. Le basta con conocer la puerta correcta y tocar con buenos modales.
La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha advertido que las tecnologías intensivas en datos y la inteligencia artificial permiten vigilar, analizar, predecir e incluso influir en el comportamiento a una escala sin precedentes. Esta serie documentó en su artículo diecinueve que los datos de comportamiento son la materia prima más valiosa de la economía digital, y en el veintinueve que los algoritmos pueden calcular cuánto puede cobrarte según lo que han observado de tu conducta. La preocupación no es que toda predicción sea opresiva. Es que una sociedad se acostumbre a ser perfilada antes de decidir qué límites quiere imponer.
Orwell imaginó un Ministerio de la Verdad que destruía documentos para ajustar el pasado a las necesidades del presente. Nuestra época ha encontrado un método menos laborioso: no siempre elimina la verdad; a veces la sepulta bajo una producción interminable de versiones. Un hecho compite con un video fuera de contexto, una imagen sintética, una captura sin origen y una afirmación repetida miles de veces. El ciudadano no recibe silencio. Recibe demasiado. Y cuando verificar cada pieza resulta agotador, la mentira ya no necesita vencer a la verdad. Le basta con cansarla. La exposición Orwell and Truth, inaugurada en 2026 por la Orwell Foundation, recupera precisamente esas advertencias sobre la corrupción del lenguaje y la seducción de la propaganda. Orwell había visto en la Guerra Civil española informes que no guardaban relación con los hechos. De ahí surgió una de sus convicciones más firmes: la realidad sigue existiendo aunque el poder la niegue. Hoy el problema no es solamente quién puede borrar un archivo. Es quién puede producir millones de relatos, ordenarlos para cada usuario y decidir cuál aparecerá primero. Este artículo diecisiete de la serie ya lo argumentó: en la era del contenido sintético, la mentira más peligrosa no es la que niega la verdad, sino la que fabrica su propio cuerpo de evidencia.
Guy Montag quema libros; su esposa Mildred vive rodeada de pantallas que llama familia. Esa diferencia contiene toda la elegancia cruel de Bradbury. El régimen aporta el fuego, pero la sociedad ya había aportado el aburrimiento, la prisa y el deseo de no ser contradicha. Un libro puede sobrevivir intacto en una estantería y, sin embargo, haber sido neutralizado. Basta con que nadie lo abra porque un resumen parece suficiente, un video parece más rápido y una reacción parece más fácil que un argumento. Esta es la forma contemporánea de quemar sin fuego: no destruir el conocimiento, sino volverlo demasiado lento para competir con el siguiente estímulo. La serie documentó ese mecanismo en el artículo quince sobre la generación que ya no sabe aburrirse, y en el treinta y seis sobre la inteligencia prestada que ahorra exactamente el esfuerzo que nos formaba.
Bradbury no temía que alguien quemara los libros. Temía que dejáramos de sentir que nos hacían falta.
En 1984, la neolengua reduce el vocabulario porque quien dispone de menos palabras también dispone de menos caminos para formular una crítica. En 2026, nadie necesita prohibir el diccionario para lograr un efecto parecido. Basta con premiar la respuesta inmediata, convertir toda discusión en consigna y reducir asuntos complejos a etiquetas que distinguen aliados de enemigos. La pantalla no nos obliga a pensar menos; simplemente vuelve más rentable hacerlo. También practicamos una forma doméstica de doblepensar que habría hecho sonreír al propio Orwell. Decimos que la privacidad importa y aceptamos permisos sin leer. Desconfiamos de la inteligencia artificial, pero compartimos sus respuestas cuando confirman lo que ya creíamos. Exigimos libertad de pensamiento y, segundos después, preguntamos a una plataforma qué debemos leer, mirar, comprar o discutir. No es hipocresía en el sentido moral. Es la comodidad humana haciendo negocios con nuestra atención.
Bradbury diseñó un salón cubierto por pantallas del tamaño de una pared. Nosotros comprimimos esas paredes en un teléfono y las hicimos portátiles. La diferencia técnica es enorme; la tentación humana es la misma. La ENDUTIH 2025, publicada por el INEGI en junio de 2026, estima que el 86.1 por ciento de la población mexicana de seis años y más utilizó internet, y que entre quienes se conectaron, el 97.3 por ciento lo hizo mediante un teléfono inteligente. Son cifras que celebran la conectividad y, al mismo tiempo, cambian la escala de la responsabilidad. Cuando la puerta de entrada a la información cabe en el bolsillo, la alfabetización digital no puede limitarse a enseñar a usar aplicaciones. Debe enseñar a reconocer quién organiza la información, con qué incentivos y qué parte de nuestra conducta se convierte en materia prima.
En Chihuahua, esa tarea corresponde a universidades, medios, familias y empresas. No se trata de formar ciudadanos paranoicos que sospechen de toda tecnología. Se trata de formar personas difíciles de manipular: capaces de leer más allá del titular, buscar la fuente original, distinguir evidencia de popularidad, revisar por qué una plataforma recomienda algo y conservar espacios de conversación que no hayan sido seleccionados por una máquina.
Winston Smith comienza su rebelión escribiendo. Guy Montag la comienza leyendo y termina confiando libros a la memoria humana. Uno intenta conservar un hecho; el otro, una obra. Ambos comprenden que el poder gana cuando el ciudadano pierde las palabras con las que podría cuestionarlo. Nuestra resistencia cotidiana puede ser menos dramática, pero pertenece a la misma familia intelectual: detenerse antes de compartir, leer un texto completo, comparar fuentes, no entregar datos innecesarios, conversar con alguien que piensa distinto y admitir que una afirmación favorable a nuestro bando también puede ser falsa.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a investigar, aprender y decidir. Negarlo sería tan absurdo como culpar a la imprenta por cada mentira publicada. Pero una herramienta que resume por nosotros, selecciona por nosotros y anticipa por nosotros exige una disciplina adicional: recordar que ahorrar tiempo no debe significar renunciar al juicio. La supervisión humana que reclama UNESCO no empieza en un reglamento distante. Empieza en el instante en que el usuario se pregunta por qué está viendo eso, qué evidencia lo sostiene y quién gana si lo cree.
Orwell temía una pantalla que nunca apartara la mirada. Bradbury, una pantalla de la que nadie quisiera apartar la mirada. Entre ambos construyeron el retrato de nuestro riesgo: un sistema que nos conoce y una cultura que prefiere no interrumpir el entretenimiento para preguntarse por qué.
La libertad no desaparecerá necesariamente el día que una pantalla nos ordene qué pensar. Puede empezar a desaparecer cuando la verdad siga disponible, los libros permanezcan abiertos y nosotros decidamos que mirar de frente exige demasiado trabajo.
REFERENCIAS
Bradbury, R. (1953). Fahrenheit 451. Simon & Schuster.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). (2026). Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2025. https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2026/endutih/ENDUTIH_25_RR.pdf
Office of the United Nations High Commissioner for Human Rights. (2022). The right to privacy in the digital age. https://www.ohchr.org/en/privacy-in-the-digital-age
Orwell, G. (1949). Nineteen Eighty-Four. Secker & Warburg.
Orwell, G. (1946). Politics and the English Language. The Orwell Foundation. https://www.orwellfoundation.com/the-orwell-foundation/orwell/essays-and-other-works/politics-and-the-english-language/
The Orwell Foundation. (2026). Orwell and Truth [Exhibition]. https://www.orwellfoundation.com/the-orwell-foundation/news-events/news-events/news/orwell-and-truth-new-exhibition/
UNESCO. (2021). Recommendation on the Ethics of Artificial Intelligence. https://www.unesco.org/en/artificial-intelligence/recommendation-ethics