
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Como estudioso de las ciencias bíblicas, mi tarea es dar sentido al misterio divino, uno de los enigmas teológicos más radicales y revolucionarios que el Nuevo Testamento legó a la humanidad, la figura de Jesús de Nazaret, como único y definitivo mediador entre lo divino y nuestra tenue condición humana; a medida que me adentro más en el examen de estos rollos, me doy cuenta de que no estoy leyendo solo textos religiosos, sino ejemplos históricos que cambiaron dramáticamente la visión del mundo del universo antiguo en el primer siglo. En ese mundo grecorromano, lleno de deidades inestables, panteones sobrepoblados y sistemas sacrificiales incesantes, la declaración judeocristiana de un puente singular, inequívoco, y suficiente hacia el Creador, fue un auténtico terremoto ontológico (la naturaleza del ser en cuanto ser).
Para comprender la enormidad de esta afirmación teológica, primero miraré el marco mental de esos tiempos, la hermenéutica histórica, me enseña que la necesidad de un mediador no era ajena ni al mundo helenístico (griego) ni al pensamiento judío (hebreo). El paganismo era una búsqueda casi desesperada de intermediarios, para aplacar a dioses inescrutables y distantes a través de semidioses, oráculos, ángeles y ritos de misterio. El judaísmo del Segundo Templo (515 a.C.), por su parte, dependía abrumadoramente de la casta levítica y del sumo sacerdote, quien una vez al año, en el santo “Día de la Expiación o Yom Kipur”, atravesaba el velo del templo para entrar en el “Santo de los Santos” e interceder por los pecados del pueblo.
Sin embargo, al abrir las epístolas del Nuevo Testamento, me topo con una ruptura exegética y teológica fascinante, los autores sagrados formulan una declaración que desmantela por completo la necesidad histórica de “múltiples intercesores”, de “mediaciones paralelas” o de “sistemas sacerdotales perpetuos”, centralizando toda la historia de la salvación en una sola persona histórica, Jesucristo Nuestro Señor. Por ejemplo, detengo mi lectura en la Primera Carta a Timoteo, es aquí donde encuentro la piedra angular de mi investigación sobre la mediación excluyente de Cristo, el texto griego original, resplandece con una claridad gramatical ineludible, pues escribe que el apóstol Pablo, un fariseo erudito convertido al cristianismo: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual, se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Timoteo 2:5-6).
Al realizar un análisis exegético riguroso de este pasaje, mi atención es capturada de inmediato por la palabra griega utilizada para "mediador": mesités; en el ámbito jurídico, diplomático y comercial de la antigüedad, un mesités era un árbitro legal, un garante que se situaba exactamente en medio de dos partes enemistadas o distanciadas para forjar un acuerdo, restaurar la paz o garantizar el cumplimiento de un contrato. Al aplicar este término exclusivamente a la figura de “Jesucristo hombre”, noto que Pablo está haciendo una afirmación de proporciones universales; el apóstol, enfatiza intencionalmente la encarnación al ser verdaderamente hombre, Jesús representa a la raza humana caída ante la justicia de Dios; al ser verdaderamente divino, representa a Dios ante la necesidad humana y desde la semántica, no hay espacio gramatical ni teológico en el texto paulino para “mediadores secundarios”; el adjetivo numeral heis (uno solo) que precede a la palabra Dios y a la palabra mediador, es absoluto, matemático y totalmente excluyente.
Mi investigación me obliga también a hacer una parada histórica en la antigua ciudad de Colosas, en Asia Menor, mientras se han analizado los papiros de la Epístola a los Colosenses, descubro el complejo contexto de una comunidad que estaba siendo seducida por filosofías proto-gnósticas y por la exigencia de rendir culto a entidades angélicas; la ansiedad humana siempre ha tendido a buscar escalas místicas, eslabones intermedios por temor a acercarse directamente al Dios Santo. Pablo confronta de frente esta herejía que intentaba añadir escalafones espirituales a la fe cristiana, así mismo, en Colosenses 2:18, leo su severa advertencia: “Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal”. La hermenéutica de este pasaje me demuestra que cualquier intento de añadir intercesores, ya sean deidades menores, ángeles o santos, no es visto por las ciencias bíblicas como una práctica piadosa inofensiva, sino como un asalto directo a la suficiencia redentora de Cristo.
Para los apóstoles, postular otros mediadores es declarar, en esencia, que la obra de Jesús en la cruz fue deficiente o incompleta, por ello, el texto eleva a Cristo afirmando en Colosenses 1:19-20: “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz». Si su sangre reconcilió "todas las cosas", concluyo que su mediación es cósmica e intransferible.
La crónica de mi estudio me lleva ahora a los profundos escritos del apóstol Juan, donde la mediación de Jesús trasciende la función jurídica para revelarse como una realidad de la naturaleza del ser, es decir, inherente a su propio ser. Al analizar el Evangelio de Juan, me estremezco ante la radicalidad de las palabras de Cristo pronunciadas en la intimidad de la última cena; en Juan 14:6, Jesús emite la sentencia más exclusivista de toda la literatura bíblica: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Desde la perspectiva hermenéutica, esta declaración está anclada en el contexto teológico del Éxodo. Jesús no afirma ser un camino entre muchos senderos válidos, ni un simple maestro que señala dónde está la verdad. El griego original utiliza el artículo definido (hé hodos, el camino; hé alétheia, la verdad; hé zóé, la vida), restringiendo el acceso al Creador de manera unívoca. Comprendo al leer esto que la teología joánica establece que el Logos (el Verbo) hecho carne es el único tabernáculo verdadero donde lo sagrado y lo profano pueden converger sin que el hombre sea consumido.
Para cimentar esta crónica, me adentro en la obra cumbre del Nuevo Testamento en materia de mediación y sacerdocio, así la Epístola a los Hebreos, me motiva como investigador, considerando este documento como el tratado exegético más brillante de la iglesia primitiva, su autor anónimo, construye una majestuosa argumentación tipológica, demostrando que las instituciones del Antiguo Pacto eran meras sombras proyectadas por la luz del Cristo venidero. Leo con asombro el capítulo 8, versículo 6: “Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas”. Aquí reaparece el término mesités, indisolublemente vinculado a diathéké (pacto). Sigo explorando y llego al corazón argumentativo en Hebreos 9:15: “Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna”. La exégesis revela una dinámica extraordinaria, a diferencia de los sacerdotes que ofrecían sangre ajena, y que solo cubría temporalmente el pecado, Jesús actúa como el Sumo Sacerdote y como el cordero sacrificial al mismo tiempo.
Mi mirada se fija entonces en un adverbio griego fundamental que el autor utiliza con precisión quirúrgica: ephapax, que se traduce como "una vez y para siempre". En Hebreos 10:11-12 leo el contraste final: “Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados, pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios”. El análisis gramatical me indica que "sentarse" a la diestra de Dios, no es un mero detalle de postura, en el mundo ritual del siglo I, es la máxima declaración de que la obra ha finalizado. Un sacerdote levítico jamás se sentaba en el templo porque su labor nunca terminaba, pero el mediador del Nuevo Pacto (Jesús) se sentó, ratificando que la deuda cósmica fue saldada por completo.
Al cerrar este tema, concluyo y contemplo la inmensidad del paisaje teológico que las ciencias bíblicas me han permitido reconstruir, la conclusión a la que llego, ceñida estrictamente a la gramática griega, a la hermenéutica del primer siglo, y a la teología sistemática del Nuevo Testamento, es incontrovertible; el corpus bíblico no presenta a Jesús de Nazaret como la cúspide de una pirámide de intermediarios celestiales, ni como el primero entre muchos intercesores, lo presenta como el puente único, exclusivo y definitivo entre la eternidad y el tiempo.
He caminado a través de las letras de Pablo, Juan y el autor de Hebreos, presenciando cómo el Cristo encarnado absorbe, cumple y vuelve obsoleta cualquier otra forma de mediación humana o angelical; su deidad, lo capacita para soportar la ira y satisfacer las demandas de justicia del Padre; su humanidad, lo califica para comprender, representar y redimir nuestra miseria. Me despido hoy de estos antiguos textos profundamente conmovido, consciente de que, ante el vasto silencio del universo, la teología cristiana nos asegura que no necesitamos gritar a través de múltiples canales, ni buscar mediadores secundarios para alcanzar lo divino. El puente, construido con madera y sangre en el Gólgota, está terminado. Y en ese único mediador, entre Dios y los hombres se llama JESUCRISTO.
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Oscar A. Viramontes Olivas, licenciado y master en teología en Ciencia Bíblica; actualmente, estudiante de doctorado en Teología en Ciencia Bíblica en Universidad Internacional Ágape en California.