
Ciertamente, en la entrega anterior de esta serie, nos quedamos en lo que es el México de hoy. Esa mixtura preciosa,[1] magnífica obra inacabada que no se forjó de la noche a la mañana y que demandó —y reclama— siglos para su perfeccionamiento.
Sin embargo, lamentablemente, hay quienes ignoran u olvidan —o pretenden hacerlo— que México no es sólo memoria; porque memoria es, y sólo eso, proclamar la grandeza de los mal llamados “pueblos originarios”. Así es; lo primero que cabe preguntarse es: “¿Originarios de qué? ¿De dónde? ¿Del actual territorio mexicano? ¿De América?”. Porque si nos ponemos serios —y claro que habría que hacerlo— casi ningún grupo humano, en el Planeta, es “originario” en términos absolutos. En todas las regiones, salvo contadas excepciones (Papúa, por ejemplo), los seres humanos llegaron de algún lado, desplazaron a otros, se mezclaron, guerrearon y ocuparon territorios ajenos.[2]
Por no ir más lejos, los mexicas mismos —convertidos hoy en el recurso preferido del proceso “reivindicador” de la mexicanidad en el discurso oficial— eran relativamente recientes en el Valle de México (y escribo “eran” porque la civilización mexica, como entidad política y cultural autónoma, desapareció hace siglos; cinco, para ser exactos); no brotaron del lago de Texcoco como ajolotes místicos enviados por alguna deidad lacustre; los aztecas llegaron, se asentaron, guerrearon, se expandieron y sometieron a los pueblos vecinos, si no “a sangre y fuego”, sí “a sangre y a macuahuitlazo limpio”.
Más aún, si hablamos del imperio mexica “como tal” —es decir, como estructura imperial dominante en la región—, su vida fue sorprendentemente breve: alrededor de 90 a 100 años de hegemonía real, no más. La fecha clave suele situarse en 1428, cuando se conforma la llamada “Triple Alianza” entre los pueblos de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan, luego de derrotar a Azcapotzalco. Ahí nace el auténtico aparato imperial mexica; mismo que concluye en 1521, con la caída de Tenochtitlan ante Cortés y sus aliados indígenas. Es decir, un máximo de 93 años. ¿Originarios? ¡Ja!
En contraste, desde su fundación, en el 753 a.C., hasta la caída de Constantinopla en el 1453 d.C., la hegemonía romana duró 2206 años; es decir, veintitrés veces más que el imperio mexica; por eso resulta un poco cómico cuando ciertos discursos contemporáneos hablan de un imperio azteca “ancestral” como si hubiera sido una estructura milenaria comparable con la china, 2133 años; el Egipto faraónico, 3000; el imperio otomano, 623; la civilización hindú, más de 4500, o el Japón imperial, más de 2600. No, la mexica fue una potencia regional joven, muy brillante, muy feroz… y muy breve; más cercana al vértigo imperial de Alejandro que a las civilizaciones milenarias de Roma, China o Egipto.
Por eso, llamarlos “pueblos originarios” introduce en forma subrepticia una especie de legitimidad primordial, casi adámica: “ellos estaban primero”; y de ahí se pretende desprender otra insinuación no sólo más peligrosa, sino completamente errónea: “los demás llegaron después y son intrusos”. ¡Falso! Por lo menos en el caso de los aztecas.
Como inexacto es que Tenochtitlan fuera, además de ciudad majestuosa, “un símbolo de organización, de poder, de ciencia, de artes y de visión”;[3] o mejor dicho, sí, Tenochtitlan fue un símbolo de organización y poder, pero el resto de lo que fue estaba muy lejos de ser lo otro porque no existía un desarrollo científico-artístico propio ni universal comparable al de Eurasia del siglo XVI y porque su hegemonía no se explica sin la crueldad y la guerra. Por ello también es incorrecto insistir en que hablar dicha ciudad “no es hablar de un pasado muerto”.[4] y que es, por el contrario, “hablar del curso vivo que late bajo nuestra ciudad capital [de] nuestra grandeza cultural y nuestra identidad”.[5]
Y es así por tres razones: la primera, porque los mexicas arribaron relativamente al final de una larguísima cadena mesoamericana y absorbieron mucho de pueblos anteriores o contemporáneos a ellos: calendarios, astronomía ritual, urbanismo, iconografía, técnicas agrícolas, estructuras tributarias o escritura pictográfica; mucho de ese bagaje ya existía en Teotihuacán, en la tradición tolteca o entre mayas y zapotecos, etc.; segundo, porque no le habría alcanzado la vida para ser creadores, artistas e inventores y, al mismo tiempo, sojuzgar “a macuahuitlazo limpio”, a los pueblos vecinos; y tercero, excepto los rastros arqueológicos (es decir, un montón de piedras inanimadas) no existe ninguna tradición “viva”, ni nada que se le parezca, que pueda llamarse con razón, y sin fingimientos, “mexica” o “azteca”. Lo mexicano es mixtura: no hay comida “típica”, ni traje “regional”, ni arte “popular”, ni arquitectura “vernácula”, que no sean deudores de lo español.
Escribe cierto autor respecto de la organización social precolombina, asentada en nuestro territorio:
“Sin duda, se trató de una sociedad bien estratificada, dividida cuando menos en dos clases sociales, y con una dirección política y, posiblemente, clerical. Aun cuando es bastante general y poco lo investigado, su organización social debe haberse constituido, como sucedió posteriormente en otras civilizaciones prehispánicas, mediante un sistema de entrega de tributo, tanto en especie como en trabajo, a la clase gobernante, ya fuera por convencimiento ideológico, religioso y cívico o a través de medidas coercitivas impuestas a la población mayoritaria subordinada o sometida”.[6]
Y no creo que ni Clau ni ningún otro morenista se atrevan a poner en duda la veracidad de estas palabras, puesto que su autor es, ni más ni menos, que Andrés Manuel López Obrador.
Continuará…
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[1] Entendido lo “precioso” en un sentido específico y más fino que simplemente “bonito”. En el registro empleado significa: hecho con esmero, delicado, elegante, finamente trabajado y de gran gracia o perfección.
[2] También en Papúa, seguro, pero nadie se acuerda.
[3] Nota de Fernanda López-Castro titulada: “‘México no nació con los españoles’: Sheinbaum celebra 700 años de la fundación de Tenochtitlan”. [En línea]. Visible en el sitio: https://www.infobae.com/mexico/2025/07/26/mexico-no-nacio-con-los-espanoles-sheinbaum-celebra-700-anos-de-la-fundacion-de-tenochtitlan/ Consultado el 10 de mayo de 2026 a las 9.00 h.
[4] Nota de Fernanda López-Castro titulada: “Sheinbaum destaca legado de Tenochtitlan a 700 años de su fundación”. [En línea]. Visible en el sitio: https://www.informador.mx/mexico/Sheinbaum-destaca-legado-de-Tenochtitlan-a-700-anos-de-su-fundacion-20250726-0065.html Consultado el 10 de mayo de 2026 a las 9.50 h.
[5] Ibidem.
[6] LÓPEZ OBRADOR, Andrés Manuel. Grandeza, Océano, México, 2026, p. 131. Énfasis añadido.