
M. Arq. Mario C. Contreras Figueroa
Las ciudades suelen explicar su historia a través de sus edificios, pero también mediante la forma en que estos se relacionan entre sí. Chihuahua comenzó alrededor de un centro claramente identificable: una plaza, un templo, las casas de gobierno, el comercio y las calles que comunicaban estos espacios. No se trataba solamente de una composición arquitectónica. Era una manera de organizar la vida colectiva.
La fundación del Real de Minas de San Francisco de Cuéllar, en 1709, dio origen a una traza que retomó principios habituales de la ciudad hispanoamericana: una estructura relativamente regular, calles que partían del núcleo central y una plaza principal alrededor de la cual se concentraban las funciones religiosas, civiles, comerciales y sociales. El actual Centro Histórico conserva buena parte de esa organización original y reúne todavía muchos inmuebles con valor patrimonial.¹
La Plaza de Armas representó mucho más que un espacio abierto. Frente a ella se levantaron la Catedral y las antiguas casas consistoriales, antecedente del actual Palacio Municipal. En un área reducida convivían la autoridad religiosa, el gobierno local, el mercado, las celebraciones y la vida cotidiana. El centro no era un sector especializado de la ciudad: era prácticamente toda la ciudad.
Esta concentración explica la importancia adquirida posteriormente por las calles Libertad y Victoria. Ambas funcionan como referencias esenciales para comprender la estructura del centro. La calle Libertad consolidó una vocación comercial y peatonal de oriente a poniente, mientras la calle Victoria mantuvo una relación visual y funcional con la Catedral, la plaza y las manzanas que integraron el núcleo tradicional. En torno a estos ejes se encontraban tiendas, oficinas, hoteles, viviendas, templos, mercados y espacios de convivencia.
La ciudad se podía recorrer a pie porque las actividades estaban próximas. Las personas no acudían al centro exclusivamente para trabajar o hacer una compra: vivían ahí, estudiaban, celebraban, asistían a misa, realizaban trámites y se encontraban con otros habitantes. La mezcla de funciones mantenía las calles ocupadas durante distintas horas.
Con el crecimiento de Chihuahua, el centro dejó de organizarse solamente alrededor de la Catedral y la Plaza de Armas. Hacia el norte y el oriente se consolidó una segunda centralidad, de carácter predominantemente civil e institucional.
Alrededor de la actual Plaza Hidalgo y de lo que posteriormente se convertiría en la Plaza Mayor se agruparon el Palacio de Gobierno, el Palacio Federal —hoy Casa Chihuahua—, el Teatro de los Héroes y la Rectoría de la Universidad Autónoma de Chihuahua. A ellos se sumaron después otros edificios gubernamentales, administrativos, culturales y judiciales.
La ciudad histórica adquirió entonces dos centros relacionados por las calles Libertad, Aldama, Juárez, Venustiano Carranza y otras vías del sector. El primero conservó su dimensión religiosa, comercial y municipal. El segundo concentró progresivamente los poderes civiles del estado y la federación.
Este desplazamiento no eliminó el centro antiguo: lo extendió. Sin embargo, también inició un proceso de especialización. Cada vez más edificios fueron destinados a oficinas, dependencias públicas, comercios y servicios. Las viviendas comenzaron a transformarse en despachos, estacionamientos, bodegas o locales. Algunas familias se trasladaron hacia colonias que ofrecían casas más grandes, calles menos congestionadas y mayor facilidad para utilizar el automóvil.
El diagnóstico del Plan de Desarrollo Urbano de Chihuahua ha reconocido desde hace años el fuerte despoblamiento del Centro Histórico y la sustitución progresiva de la vivienda por usos comerciales y de servicios.² No se trata, por tanto, de una impresión reciente ni de una consecuencia exclusiva de la pandemia. Es un proceso prolongado.
La mejor manera de explicar la condición actual es considerar al centro como una centralidad intermitente.
Durante las mañanas y una parte de la tarde, el sector recibe empleados públicos, comerciantes, estudiantes, personas que realizan trámites y usuarios del transporte. Hay movimiento, demanda de alimentos, estacionamiento, servicios y comercio.
Al terminar las jornadas laborales, una proporción considerable de esa población abandona el área. Se cierran oficinas, edificios gubernamentales, comercios, escuelas y consultorios. El centro conserva construcciones, alumbrado, plazas y calles, pero pierde habitantes y observadores cotidianos.
El problema no es solamente que falten personas caminando. Falta la presencia continua asociada con la vida doméstica: vecinos que llegan a casa, niños que regresan de la escuela, adultos mayores que utilizan la banqueta, personas que sacan a pasear al perro, comercios que permanecen abiertos porque existe clientela cercana y ventanas desde las cuales alguien observa la calle.
Cuando un sector depende casi exclusivamente del horario administrativo, su actividad funciona como un interruptor. Se enciende por la mañana y se apaga al anochecer.
En esos periodos de baja presencia social pueden encontrar espacio actividades informales o ilícitas, entre ellas el comercio de drogas, el robo y otras economías que aprovechan calles con pocos residentes, inmuebles abandonados, escasa vigilancia natural y una limitada actividad legítima. Señalarlo no es políticamente incorrecto, siempre que no se criminalice a quienes viven o trabajan en el centro ni se confunda pobreza con delincuencia.
Un centro sin habitantes puede estar muy iluminado y seguir siendo vulnerable. Puede tener cámaras, policías y fachadas restauradas, pero carecer de la red cotidiana de relaciones que produce seguridad real.
Ante el despoblamiento suele proponerse una solución automática: construir departamentos. El planteamiento es insuficiente.
Puede edificarse vivienda y, aun así, no formar comunidad. Un departamento de alto precio utilizado ocasionalmente, un edificio destinado a rentas temporales o una torre aislada con estacionamiento propio no necesariamente activa la calle. Incluso puede funcionar como una burbuja desconectada del entorno.
Tampoco parece realista pretender convertir todo el centro en un distrito de cafeterías, galerías, bares de diseño y comercios dirigidos a un público de mayores ingresos. Este modelo puede mejorar algunas manzanas, pero no resuelve las necesidades de vivienda de trabajadores, estudiantes, jubilados, familias pequeñas y personas que ya habitan el sector.
Chihuahua no necesita fabricar una zona “hipster”. Necesita reconstruir un barrio central completo.
La recuperación debe comenzar por identificar edificios concretos, no por anunciar metas abstractas de densidad. Es necesario levantar un inventario actualizado de fincas vacías, plantas altas desocupadas, estacionamientos subutilizados, inmuebles públicos sin uso permanente y construcciones que puedan adaptarse a vivienda.
A partir de ese inventario podrían establecerse polígonos iniciales de intervención, probablemente cerca de los corredores Libertad–Victoria y del sistema Plaza de Armas–Plaza Hidalgo–Plaza Mayor. La recuperación debe avanzar por conjuntos continuos de manzanas. Repartir proyectos aislados por todo el centro diluye sus efectos.
La vivienda tendría que responder a usuarios reales: departamentos pequeños para adultos mayores; viviendas accesibles para personas con movilidad limitada; opciones para empleados públicos; unidades para estudiantes y profesores; vivienda familiar en edificios con patios; y esquemas de renta asequible vinculados con la rehabilitación de inmuebles.
También se requieren servicios cotidianos. Nadie elige vivir en un lugar únicamente porque tenga monumentos. Se necesitan tiendas de alimentos, farmacias, lavanderías, guarderías, escuelas cercanas, atención médica básica, espacios para ejercicio, estacionamiento residencial razonable y transporte disponible fuera del horario de oficina.
Los edificios gubernamentales pueden contribuir. En vez de funcionar solamente como grandes contenedores de empleados, sus plantas bajas y bordes urbanos podrían incorporar servicios, espacios culturales, áreas de atención con horarios extendidos y usos que mantengan actividad después de las seis de la tarde. Los estacionamientos de oficinas públicas podrían operar bajo esquemas compartidos durante las noches y fines de semana para residentes y visitantes.
La seguridad debe concentrarse en trayectos completos y no solamente en plazas emblemáticas. Una persona necesita sentirse segura desde que desciende del autobús o estaciona su automóvil hasta que entra en su vivienda. Esto implica iluminar banquetas, recuperar fincas abandonadas, controlar lotes baldíos, mantener fachadas, ordenar establecimientos de alto riesgo y asegurar una presencia policial previsible, profesional y respetuosa.
Finalmente, la vida nocturna no debe entenderse exclusivamente como bares y restaurantes. Un centro vivo por la noche también contiene viviendas, teatros, bibliotecas con horarios amplios, pequeños comercios, farmacias, actividades universitarias, talleres, cenas familiares y personas que simplemente regresan a casa.
El Centro Histórico no necesita recuperar una época desaparecida ni convertirse en escenario turístico. Necesita volver a cumplir la función con la que nació: reunir en un mismo territorio el gobierno, el comercio, la cultura, la vivienda y la vida cotidiana.
La Plaza de Armas, los ejes Libertad y Victoria y el posterior centro cívico muestran que Chihuahua creció mediante la acumulación de centralidades. El problema apareció cuando esas centralidades conservaron instituciones y edificios, pero perdieron habitantes.
Rehabitar el centro no significa llenarlo indiscriminadamente de construcciones. Significa lograr que una cantidad suficiente de personas pueda vivir ahí de manera práctica, segura y permanente.
El objetivo no debería ser que el centro tenga más visitantes. Debería ser que, al caer la noche, más personas puedan decir con normalidad: aquí está mi casa.
Referencias
¹ El Programa Estatal de Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano identifica la fundación del actual Centro Histórico en 1709 y refiere la presencia de más de 600 edificios considerados monumentos históricos. (Portal Air Chihuahua)
² Los diagnósticos del IMPLAN señalan expresamente el despoblamiento del Centro Histórico, la pérdida de vivienda y la concentración de comercio y servicios en esta zona. (Implan Chihuahua)