
Hace justo 100 años, en 1926, se presentó el quiebre definitivo entre la Iglesia católica y el Estado mexicano, marcando el paso de la resistencia civil y legal al estallido violento de la Guerra Cristera. Lo que ocurrió ese año fue una escalada radical de provocaciones gubernamentales y respuestas de la sociedad civil que culminaron en el derramamiento de sangre en agosto y el posterior alzamiento en armas. Los antecedentes y sucesos clave se desarrollaron a través de los siguientes hitos:
Ése fue el punto de no retorno; el 3 de agosto, se desató el Sitio del Santuario de Guadalupe en Guadalajara; en este lugar, el ejército federal abrió fuego contra los jóvenes de la ACJM, perpetrando una matanza que sepultó la vía pacífica, inició una resistencia civil y terminó por convertirse en el prólogo sangriento de una guerra civil que dividió a México por tres años.
¿Por qué la masacre del 3 de agosto de 1926 quedó en la penumbra histórica, mientras que el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco se convirtió en un hito de la memoria nacional? Por una razón muy simple: El poder, la ideología y el control cultural moldean el recuerdo colectivo.
En efecto, a pesar de compartir la misma trágica esencia —población civil e indefensa masacrada por la barbarie y el aparato represor del Estado—, sus destinos en el imaginario público fueron radicalmente opuestos. La historia oficial, al final del día, no la escriben los muertos, sino los intereses políticos de quienes sobreviven para contarla.
En el caso concreto, el monopolio de la narrativa oficial posterior a la Revolución lo tenía el Estado mexicano surgido de la Revolución, mismo que construyó un relato oficial unificado. El grupo en el poder se autoproclamó como el único heredero legítimo de la “modernidad” y el “progreso” de la nación, lo que conllevó a estigmatizar la rebelión y a la censura por parte del Estado: En la especie, por ejemplo, al triunfo del aparato militar e institucional del gobierno de Plutarco Elías Calles, los hechos del Santuario de Guadalupe del mes de agosto de 1926 se registraron en los libros oficiales simplemente como el sofocamiento de una revuelta ilegal, sepultando el carácter de víctimas que tenían los jóvenes civiles.
Había, hubo, hay, un férreo control de los medios de comunicación y de los testigos.
El heredero de esa barbarie es el gobierno actual; plagado de priistas insepultos vestidos con chaleco guinda que no dudaron en llamar a la porquería que dirigen “4.ª Transformación”; es decir, movimiento heredero, descendiente directo, de ese régimen represor y falsario que dominó por entero tres cuartas partes del siglo XX en México.
Me queda claro que, México, no padece falta de memoria, sino que cuenta con una memoria selectiva; recordamos lo que confirma nuestros prejuicios y borramos lo que obliga a revisar nuestros mitos.
El 2 de octubre no debe olvidarse, el 3 de agosto tampoco, pues si el Estado va a decidir cuáles muertos merecen memoria y cuáles no, la historia deja de ser conciencia y se convierte en consigna; y eso es, precisamente, lo que quiere este régimen de pacotilla. En ésas estamos, mexicanos.
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