
Vivimos tiempos recios en los que muchos católicos padecen un extraño resentimiento contra quienes nombran el pecado por su propio nombre; no es raro escuchar que llamar fornicación a la fornicación, adulterio al adulterio, prostitución a la prostitución o embriaguez al alcoholismo es "falta de caridad". Antes bien, semejante juicio descubre cuánto ha penetrado el respeto humano en almas que temen más el desagrado del siglo que el juicio de Dios.
La Iglesia jamás ha enseñado que la verdad deba maquillarse para ganar simpatías; en el sacramento de la Penitencia, el fiel acusa sus pecados con claridad, sin eufemismos ni rodeos, nadie confiesa "errores afectivos" cuando ha cometido adulterio, ni "experiencias económicas" cuando ha robado. La medicina espiritual exige diagnóstico verdadero; quien oculta el mal con vocablos agradables dificulta su propia curación.
Con todo, algunos católicos muestran enojo contra quien llama al pecado por su nombre, mientras guardan silencio ante quienes lo promueven, lo celebran o incluso lucran con él. Se condena al que dice "prostitución", pero se aplaude el disfraz de "creadoras de contenido para adultos"; se rechaza la palabra "borracho", mientras se romantiza el alcoholismo como simple diversión. Tal inversión del juicio moral no es misericordia, sino confusión.
Muchos justifican este lenguaje ambiguo afirmando que, de otro modo, las personas se alejan de la Iglesia, tal argumento carece de fundamento, la historia demuestra que las épocas de mayor vigor espiritual no fueron aquellas donde se suavizó el Evangelio, sino aquellas donde la verdad fue anunciada con claridad y caridad; la auténtica conversión nace cuando el hombre reconoce su pecado y desea abandonarlo, no cuando se le persuade de que el pecado ya no merece tal nombre.
Conviene distinguir, sin embargo, entre condenar el pecado y despreciar al pecador; todo bautizado está obligado a amar al prójimo, aun cuando repruebe sus actos. La corrección fraterna jamás debe convertirse en insulto o humillación, pero tampoco puede degenerar en un silencio cómplice; la caridad sin verdad se convierte en sentimentalismo; la verdad sin caridad, en dureza. La doctrina católica exige ambas inseparablemente.
Urge, pues, desterrar el resentimiento contra quienes hablan con fidelidad al depósito de la fe; no es el lenguaje claro el que hiere a la Iglesia, sino la tibieza que teme perder aplausos. Cuando el pecado deja de nombrarse, pronto deja también de combatirse, y donde el mal cambia de nombre, la conciencia termina por justificarlo; es tiempo de recuperar la valentía de llamar las cosas como son, no para satisfacer un ánimo pendenciero, sino para que la verdad vuelva a abrir el camino de la conversión y de la salvación.