Tragedia cimbra a Chihuahua: “Las Siete Cabecitas” (1939) (Parte tres)

Crónicas de mis Recuerdos
Oscar A, Viramontes Olivas
Facebook: Oscar Vira
violioscar@gmail.com

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com

 

Continuando con estas nueve entregas, cuando el negro panorama empezaba a ensombrecer a toda la sociedad, no había ningún motivo para no estarlo, las incipientes estaciones de radio trasmitían en su programación mensajes de condolencias y palabras de aliento para los afectados, principalmente para los familiares de las víctimas. Las decisiones para poder resolver, dónde y cómo serían los funerales de los 7 niños caídos, estaba en “chino”, unos proponían que fuera con todos los niños en el local de la YMCA, o bien, en alguna capilla ardiente de la ciudad; otras personalidades del mundo de los negocios de la Cámara de Comercio, sugerían que el comercio organizado, cerrara todos los establecimientos por la tarde del día 2 de agosto de 1939 en señal de duelo, y como una demostración de condolencias a las familias que se encontraban sumidas en la terrible pena de haber perdido a sus “angelitos”.

            La cosa se estaba “calentando” cada vez más, pues la sociedad en su conjunto, exigía que se castigara con todo el rigor de la ley, al chofer responsable: Encarnación Espinoza, a quien, algunos lo señalaban de “carnicero”, denunciando ante las autoridades de tránsito los peligros que representaban las “Curvas del Perico”, y de las constantes acciones irresponsables de muchos guiadores al conducir por esta peligrosa vía, haciendo gala de su irresponsable forma de correr a exceso de velocidad.  En la medida que avanzaba el tiempo, la información seguía fluyendo más y más, dos de los niños que resultaron heridos, fueron trasladados a un sanatorio privado, ellos eran, Luis Eduardo León, y Rafael Carreón, siendo el estado de salud del primero, muy delicado, pero con la posibilidad de recuperación pronta; por su parte, Carreón, estaba en mejores condiciones, en cambio, el profesor Balderrama, quien encabezaba el campamento, salía del Hospital de Beneficencia (hoy el Central) con un gran nudo en la garganta, como queriendo no saber nada de esta vida, quedando solo Eduardo Ulises en recuperación.

            Nada sería igual para mucha gente, aún y cuando las muestras de cariño y solidaridad fueron ejemplares por la sociedad chihuahuense, las huellas dejadas por el fatal accidente no se borrarían tan rápido fue entonces que la Guay, emitiría un comunicado agradeciendo a todas las autoridades, y a la sociedad en general, por las muestras de condolencias y las atenciones de que habían sido objeto en el duro trance por el que acaban de pasar. Las investigaciones del accidente, eran tomadas por el jefe del departamento de Averiguaciones previas, Emeterio Medina, en donde se puso el acta que las autoridades interiores habían levantado con motivo de la catástrofe, donde se asentaba la declaración de Encarnación Espinoza, como de Ramón Murga, chóferes del dompe y camión de redilas, respectivamente; el primero, que venía del norte, y el segundo que llevaba a los 25 niños excursionistas de la YMCA.

            Encarnación de 21 años de edad, con domicilio en la casa 215 de la calle 25a, saldría de su domicilio a las 13:00 horas del poblado de Moctezuma con dirección a Chihuahua, acompañado de tres personas que transportaban algunos objetos personales, con una carga de una tonelada. Encarnación argumentó que al llegar al kilómetro 21, el camión de Murga se encontraba invadiendo el carril, y al no poder esquivarlo debido a un puente de cemento en construcción, se produjo el impacto; al momento, sigue comentando Encarnación: “Me bajé inesperadamente a ver lo sucedido, y con sorpresa, observé a los niños muertos”; sin embargo, la versión de Encarnación fue cuestionada debido a que la policía había encontrado una botella de tequila semi vacía.

            Al tomarle la declaración a Murga, manifestaría haber sido contratado por el profesor Francisco Balderrama para llevar a los niños a Majalca, lo que, se había presentado el martes a las 16 horas, partiendo tres horas después a una velocidad de 40 km por hora con 25 jovencitos, dos tanques para gasolina, un permiso para conducir desde 1937, y un camión de redilas destrozado por el lado izquierdo del brutal golpe que recibió del otro vehículo. Murga además agregó que, al momento del impacto, el dompe de Espinoza se había detenido a 150 metros de distancia, ordenándole se detuviera. Sin embargo, Espinoza al ser nuevamente cuestionado, entró en una serie de contradicciones, ya que, estaba conduciendo con imprudencia y debido a las malas condiciones del dompe, no se pudo detener antes del impacto.

            Además de Murga y Espinoza, declararon el señor Guillermo Rivera, el profesor Balderrama y María Elena González, lo que, coincidieron que el responsable había sido Espinoza, por último, se interrogó a varios niños, entre los que, se citan a Luis Eduardo León Gebels, Rafael Carreón, y Héctor Rodríguez. Otros declarantes fueron, Hipólito Aranda, profesor de cultura física, Héctor Santitrero, y Jesús José Aranda. Al poco tiempo, salió en libertad Murga con las reservas de ley, al quedar pendientes posteriores investigaciones, en cambio, Espinoza fue consignado al juez Primero Penal por los delitos de homicidio, lesiones, destrucción en propiedad ajena. El panorama se percibía muy oscuro, miles de chihuahuenses se solidarizaban con las familias de los niños accidentados, las palabras de aliento y condolencias, no se hacían esperar; Chihuahua, se unía en cuerpo y alma para llevar a los siete niños fallecidos a su última morada, eran momentos terribles para cada miembro de la misma YMCA que, solo esperaban el día del adiós definitivo…

            Para informar algunos detalles sobre los últimos acontecimientos de las oficinas de la “Guay”, se emitía un comunicado en donde se informaba que se suspenderían todas las actividades dentro de sus instalaciones, en el que, se ofrecía un mensaje a los profesores de los chiquillos, el cual decía: “Chihuahua, 3 de agosto de 1939, señores profesores, Roberto B. Zaldívar, Hipólito Vega Ch., Francisco Balderrama, José Ma. Vergara, Adolfo Medellín, y J. Isabel Arredondo… Muy estimados señores y amigos, con la inmensa pena que embarga a nuestros corazones a raíz de la desaparición de nuestros hijos que perdieron la vida en el accidente sufrido el día primero del actual, hemos querido aprovechar unos momentos de descanso para llevarlos a ustedes, palabras de aliento y cariño a los que lo necesitan. Ni ahora, ni en los momentos tan angustiosos al enterarnos del hecho, y que podamos pensar influidos por el dolor, llegamos a tener un solo pensamiento con ustedes, porque sabemos el inmenso cariño que les tienen a todos los niños que están a su cargo… Sabemos que, todos ustedes, guardarán un recuerdo imperecedero de nuestros hijos, que todos y uno por uno, estarán en nuestras mentes, y que ese recuerdo sea para todo, un nuevo estímulo para las actividades que desempeñan” ... Firmaban este comunicado los señores María Balderrama de Anda, Salim Giacoman, V.G. Gardea, A. Díaz Garza y M. Méndez.

Miles de personas se congregaban a las afueras de la “Guay”, para acompañar a los “angelitos” a su última morada, todo se veía obscuro y desolador a pesar del “mar” de gente que se acercaba al edificio de la YMCA. La hora, pasaditas de las 16:00 horas, cuando los cuerpos de los niños en sus cajas, salían de las instalaciones deportivas de color blanco, y llevado en los hombros de quienes sentían el dolor de la pérdida de un ser querido; los semblantes con una gran pena que embargaban a los corazones ahí reunidos, pues tanto hombres como mujeres, niños, jóvenes y ancianos, se hallaban enormemente conmovidos ante el cuadro de dolor que ofrecieron los compactos grupos de familiares y amigos que acompañaban a cada uno de los cuerpecitos de los niños sacrificados en la horrenda tragedia.     

Sí, era difícil describir los cuadros de angustia que se desarrollaban en cada metro, cada kilómetro rumbo al panteón de Dolores; se derramaban copiosas lágrimas contagiadas de dolor prevaleciente; se escuchaban por doquier, exclamaciones de protesta contra los individuos que sin calcular los daños irreparables que ocasionaron con su imprudencia, pues manejar vehículos sin las debidas precauciones jamás se olvidarían. Ahí en el panteón, se observaba al director Técnico de la Guay, señor Roberto B. Zaldívar, con el semblante, el alma destrozada, y agobiada por la pena; no podía disimular sus sentimientos, de igual forma, el profesor Ramón Vargas Flores y otras personalidades, se formarían para expresar palabras de aliento y oraciones a favor de los niños, lo que, vino a conmover más a la enorme concurrencia.

Uno a uno eran sepultados, entre los finados Armando Gutiérrez, Luis Díaz García, Jorge Giacoman, Venancio Gabriel Gardea, José Alberto Méndez, y el cuerpecito de Horacio Brondo, depositado en la cripta de unos familiares, esperando a su padre el señor Horacio Brondo, para darle sepultura, y en el caso del cadáver del niño Teodoro Faulkner, sus restos serían trasladados por la noche a bordo del tren sur-norte, para inhumarlo en Denver Colorado, de donde era la familia, llevando el féretro sus papas, el señor y la señora James Faulkner…Está crónica continuará.

“Tragedia Cimbra a Chihuahua Las Siete Cabecitas (1939)”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, Tomo I, al XIII puede llamar al cel. 614 148 85 03 y con gusto se lo llevamos a domicilio o bien adquiéralo en la librería Kosmos, localizada en Josué Neri Santos No. 111.

Fuentes: Archivo del Heraldo de Chihuahua, 1939 y 1948; Periódico Tribuna, 1939 y 1940; Archivo de la YMCA, Chihuahua; entrevistas con:  Alberto Contreras; Benjamín Tena Antillón; Juan Manuel Morones. Fotos: Crónicas Urbanas y Archivo YMCA, Chihuahua

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