Último aterrizaje del Yucatán y la tormenta que convirtió el aeropuerto en un infierno (Parte dos)

Crónicas de mis Recuerdos
Oscar A, Viramontes Olivas
Facebook: Oscar Vira
violioscar@gmail.com

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com

 

A las 17:05 del 27 de julio de 1981, el cielo sobre el Aeropuerto Internacional General Roberto Fierro en Chihuahua se colapsó bajo una tormenta de agua, granizo y ráfagas intensas; el vuelo 239 de Aeroméxico, un McDonnell Douglas DC-9 conocido como “El Yucatán”, venía de Monterrey y se encontraba navegando a ciegas entre densas nubes cumulonimbus cargadas de electricidad, de repente, al comenzar la maniobra final para aterrizar, una masa de aire descendente atrapó el avión, y en un instante, la aeronave perdió sustentación, impactándose violentamente contra la pista; su parte trasera izquierda, explotó inmediatamente mientras se deslizaba fuera del límite de la pista envuelta en llamas; el estruendo del metal destrozado, fue ahogado por el retumbar constante de la tormenta.

Con la explosión y el humo elevándose, el fotógrafo del periódico de El Heraldo corrió a ciegas hacia el punto de impacto, caminando a través de la maleza húmeda y el suelo pisoteado, se topó con una estampida de figuras sombreadas y borrosas que venían del desastre, la escena era espantosa, desde el fuselaje roto, los sobrevivientes se apresuraban hacia él, y el humo y la niebla, tambaleándose en forma de una visión en la niebla de combustible disuelto. Una mujer, descalza mientras caminaba con ambas manos apretando su pecho, lanzó un grito gutural, unos metros más adelante, un hombre con ropa desgarrada y piel manchada de hollín, llevaba en sus brazos a una niña que parecía al borde de las convulsiones, seguido de cerca por otra niña—quizás su hermana—que corría desorientada en el barro. La tormenta no tuvo piedad en la pista desierta, el fotógrafo sintió las gotas de lluvia caer sobre su cabello, el olor a combustible del avión, y el miedo a una nueva explosión. La incertidumbre lo tenía en un nudo ciego: ¿debería seguir presionando el obturador para captar la magnitud de la tragedia, o dejar la cámara para ayudar a las personas que caían a su alrededor? Era muy impresionante cómo varios pasajeros salieron rápidamente del interior quemado del avión, casi ilesos pero aterrorizados; desde allí, el DC-9 era la silueta de un enorme pájaro retorcido en un horizonte cubierto de hierba, y era difícil ver a alguien más, ya que el avión claramente estaba en movimiento y lentamente caía, y desde la terminal del aeropuerto, una multitud de familiares irrumpió en pánico, corriendo hacia el campo de maniobras en medio de los gritos desolados de las mujeres, y la desesperación de los hombres que llevaban a sus hijos sobre los hombros.

A las 5:30 pm, el caos se apoderaba de la ciudad de Chihuahua; el constante "llanto" de las sirenas de ambulancias y patrullas interrumpía la rutina normal de todos, de simplemente ver pasar vehículos de emergencia sin entender la magnitud del desastre; las redacciones de los medios locales, estaban llenas de noticias y llamadas ansiosas, y en cuestión de minutos, frecuencias de radio como XEFI, "Radio Ranchito"; XEQD, "La Divertida"; y XEM, "La M Moderna", interrumpieron su programación diaria para transmitir boletines de noticias; el Canal 2 de televisión local, confirmó el hecho: el "Yucatán" se había estrellado, con un conteo preliminar de 32 muertos y 34 heridos. La lluvia, el viento y la severidad del clima habían terminado el desastre.

La noche avanzó y la tormenta finalmente amainó, y una densa e incómoda quietud se asentó. La residencia del médico Ernesto Visconti, pronto fue despertada por una llamada telefónica en las primeras horas de la mañana, cuando el Licenciado Oscar Sandoval Lazcano, llamado "El Pollo", quien dirigía el DIF Estatal en Chihuahua, estaba al otro lado de la línea. Sandoval Lazcano había recibido una llamada urgente desde el Distrito Federal, familiares de algunos amigos estaban buscando a un pasajero que había abordado el avión en Monterrey, y cuyo paradero era un misterio. No había listas oficiales de sobrevivientes en los hospitales, y nada oficial del Ministerio Público. Con solo la referencia de su nombre y una vaga descripción morfológica parcial, la búsqueda parecía poco probable, pero en su papel como jefe de los Servicios Médicos Estatales del DIF y subdirector de Programas, Visconti se comprometió a dirigirse al anfiteatro universitario al amanecer.

A las 08:00 am, una mañana brillante y calurosa en la ciudad a diferencia de los días oscuros anteriores, y con la penumbra de las horas pasadas, Visconti, se trasladó caminó a la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Chihuahua que, estaba justo frente al Hospital Central; el edificio, estaba rodeado por un cordón policial que vigilaba el acceso exterior; Visconti, pudo entrar al edificio gracias a su carrera médica y al antiguo personal a cargo del lugar. El umbral del anfiteatro se abrió para él, y vio una vista abrumadora que desafiaba incluso la compostura del profesional acostumbrado a la muerte en las salas de autopsias y escenas de accidentes; en una pequeña sala de apenas seis por ocho metros, equipada con dos o cuatro losas de metal, yacían más de treinta cadáveres amontonados. Estaban esparcidos al azar en el suelo de cemento, algunos apilados cerca de las esquinas, y otros apoyados contra la pared o las losas, dejando solo estrechos pasillos para que expertos forenses, pudieran caminar a través de ellos.

El color ocre y parduzco de la carne carbonizada dominaba la escena; aquellas anatomías retorcidas, evocaban el horror del sexto círculo del Infierno de Dante, ese recinto de fuego lacerante que el poeta florentino recorrió en compañía de Virgilio, ahí, el ambiente impregnado de un hedorcillo denso a carne quemada, un tufo a chamusquina que se adhería a la ropa y a la garganta. En medio de aquel hacinamiento de cuerpos, la vida se volvía privilegio frágil que, solo se percibía en la propia respiración; cada cuerpo, tendido sobre el suelo frío del anfiteatro de la Facultad, custodiaba una historia interrumpida; hombres, mujeres y niños que apenas veinticuatro horas antes conversaban, sonreían y soñaban con su destino, quedaron reducidos a masas inertes, despojados de sus nombres. La incertidumbre persistía en cada rostro desfigurado por las llamas: ¿cuál de todos ellos era el viajero buscado desde la capital? Entre pasillos angostos y miradas evasivas, Visconti iniciaría la dolorosa inspección de los restos, consciente que detrás de cada cadáver anónimo, aguardaba una familia destrozada por el impacto implacable de la tragedia…Está crónica continuará.

“Último aterrizaje del Yucatán y la tormenta que convirtió el aeropuerto en un infierno”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, Tomo I, II, III, IV, V, VI y VII, puede llamar al cel. 614 148 85 03 y con gusto se lo llevamos a domicilio o bien adquiéralo en la librería Kosmos, localizada en Josué Neri Santos No. 111.

Fuentes de Investigación: Entrevistas con el doctor Ernesto Visconti Elizalde; el señor don Guillermo Enríquez Tamez (testigo); doctor Santiago de la Peña Romo (testigo); familia Rodas Osollo; licenciada Beatriz Eugenia Fernández Baca; Fernando González Ruiz, el doctor y periodista José Luis Jáquez y el señor Villalobos (El Heraldo de Chihuahua); fotografías y otras fuentes: El Heraldo de Chihuahua (matutino), 1981; El Heraldo de Chihuahua (vespertino), 1981; El Novedades de Chihuahua, 1981 y El Norte de Chihuahua, 1981.

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