
El año pasado más de la mitad de la población mundial en cerca de 70 países participó en elecciones para decidir la integración de gobiernos, elegir presidentes, legisladores y gobernadores, entre otros cargos públicos, en sus respectivos países. Ello en principio resultó alentador ya que reflejó de alguna manera el avance de la democracia mundial en general. No obstante, el escenario global estuvo empañado por las situaciones en Gaza y Ucrania, dos de los conflictos más cruentos en las relaciones internacionales, que han alimentado la violencia, la polarización y falsas narrativas alrededor de los principales actores involucrados en ellos y frente a sus implicaciones en algunos de los procesos democráticos de 2024, ya fuera para denostar o para descalificar contendientes.
En todo caso, en varios de los comicios celebrados pudieron observarse verdaderas disputas ideológicas, fundamentalmente entre derechas e izquierdas, por la prevalencia de determinado proyecto nacional; los casos mexicano y estadounidense resultan paradigmáticos en este sentido.
En el caso mexicano los resultados trajeron resultados positivos para las corrientes progresistas y el fortalecimiento de la democracia; en el norteamericano los cambios de paradigma si bien radicales, no necesariamente son materia de entusiasmo, por decirlo amablemente. Ambos son un buen contraste de avances y retrocesos democráticos.
En ese escenario mexicano de nuevo siglo, se habló de democracia ciertamente, pero no existió una auténtica democracia. Entre otras contribuciones del tipo de las señaladas anteriormente, cabe recordar el penoso episodio en 2005 del desafuero del entonces jefe de gobierno del DF, Andrés Manuel López Obrador, a la sazón presidente de México en 2018, a través de un torcido proceso penal vinculado a la construcción de una calle para comunicar un hospital. En el fondo el objetivo era impedir que el “populista” se presentara y pudiera ganar los comicios presidenciales de 2006. El resto de la historia es de sobra conocida.
En un país en el que su presidente comienza a gobernar a través de decretos, sin consultar en ninguna materia al poder legislativo, censurando periodistas o favoreciendo a sus cuates millonarios. Sería un escándalo mundial y el mandatario sería tachado de dictadorzuelo. Generalmente fenómenos de esta naturaleza se asocian con incipientes democracias de “países bananeros” y son denostados por su talante autoritario. Ese país ya no es imaginario. En comicios disputados, la democracia norteamericana eligió a su actual presidente con más de 77 millones de votos (49.8%) y 312 votos electorales, es decir, un mandatario que logró una importante legitimidad surgida de las urnas. Se asumiría que una figura política de ese talante tendría un fuerte compromiso con la democracia.
Sin embargo, en poco más de dos meses ha firmado alrededor de 98 órdenes ejecutivas, 27 sobre política exterior. El presidente tiene esta facultad, pero una historia diferente es gobernar por decretos. Y esto se traduce en focos rojos que nadie ha visualizado él cómo afectará a nuestro país…Así las Cosas.