
Por, Sergio Bolio
Mañana 15 de agosto, la Iglesia celebrará la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María y, no es una fiesta decorativa ni una antigualla piadosa que pueda relegarse al rincón de las devociones privadas, es una proclamación poderosa sobre la dignidad del ser humano, sobre el destino eterno y sobre la victoria de Dios frente a una cultura que, con demasiada frecuencia, desprecia la vida y convierte a la persona en instrumento, mientras que hoy 14 de agosto la tradición contempla la Dormición de la Madre de Dios, que habla de su tránsito o "dormición"; ambas tradiciones confiesan que la Bienaventurada Siempre Virgen María, Madre de Dios, participa ya de la gloria celestial en cuerpo y alma.
Conviene hacer aquí una precisión catequética para católicos confundidos por las herejías protestantes; la Sagrada Escritura refiere que San Henoc "caminó con Dios" y que San Elías fue llevado al cielo. La Asunción de María, empero, no aparece descrita expresamente en ningún pasaje bíblico, la Iglesia la profesa por la Revelación recibida, la Tradición apostólica y el Magisterio; en 1950 fue solemnemente definida como dogma: terminada su vida terrena, María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, ¿por qué?, porque Dios puede y quiere hacerlo, es parte de su Plan de Salvación así como lo hizo con los dos Santos Profetas del antiguo testamento ya mencionados.
¿Y por qué María?, porque su existencia está inseparablemente unida a Cristo. Ella es la Madre de Dios, no porque haya dado origen a la Divinidad, sino porque aquel que nació de su seno es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre; por singular designio Divino cooperó con obediencia y fe a la obra de su Hijo y es, asimismo, Madre de la Iglesia.
He aquí una lección que nuestra sociedad necesita escuchar; nuestra Buena Madre no enseña soberbia, resentimiento ni dominio; enseña humildad, pureza, obediencia, servicio, fortaleza y caridad. En una época de griterío político y de polarizaciones estériles, la Mujer del "hágase en mí según tu palabra" recuerda que la verdadera grandeza no consiste en imponerse sobre la voluntad de Dios, sino en entregarse amplia y plenamente a Él.
Y cuando los católicos decimos que María salva, no pretendemos colocarla en el lugar de nuestro Señor Jesucristo, es Él el único Salvador y Mediador de la salvación. María, en cambio, intercede maternalmente; pide por nosotros y nos conduce hacia su Hijo. La tradición católica como la ortodoxa veneramos precisamente esta intercesión, reconociendo que toda gracia procede de Cristo.
Por eso, al contemplar a la Santísima Vírgen María elevada al cielo, no miremos solamente hacia arriba: miremos también nuestra propia alma, pidamos a Ella la gracia de vernos como Dios nos ve, la Asunción nos recuerda que el cuerpo no es basura, que la existencia humana tiene destino eterno y que la santidad no es una fantasía.
Recurramos, pues, a María. Que ella nos enseñe a decir "si" cuando Dios pide fidelidad, a permanecer firmes cuando llegue la prueba y a vivir de tal manera que, llegada nuestra hora, también nosotros podamos participar de su Gloria.