
Hoy la política mexicana vive momentos complejos, pero si volteamos a ver al oficialismo actual hay una contradicción que cada vez es más difícil ignorar.
Hace ocho años, Morena llegó al poder con un discurso muy claro: los políticos de siempre se habían acostumbrado a los privilegios.
López Obrador criticaba constantemente los trajes de diseñador, los relojes europeos, las escoltas y aquellas camionetas “machuchonas” en las que se movían los funcionarios.
Y aquí quiero ser muy claro: a mí no me parece mal que un político compre ropa de marca con su propio salario, que utilice un vehículo oficial para trabajar o que tenga escoltas si realmente las necesita.
El problema es que a Morena sí le parecía mal cuando ellos no estaban en el poder.
Ese es el punto.
Lo criticaron durante años. Lo utilizaron para indignar a la gente y para construir la idea de que ellos serían diferentes.
Hoy vemos gobernadores, diputados, senadores y dirigentes de Morena utilizando vehículos blindados, acompañados por escoltas y llevando estilos de vida que hace algunos años ellos mismos habrían señalado como parte de “los privilegios de la clase política”.
Y no pasa nada porque los tengan.
Lo que sí pasa es que se les olvidó lo que dijeron.
Lo mismo sucede con el nepotismo.
Cuando Miguel Ángel Yunes Linares quiso dejar a su hijo, Miguel Ángel Yunes Márquez, como gobernador de Veracruz, López Obrador lo señaló duramente. Era nepotismo, era una familia queriendo conservar el poder.
Hoy Andy López Beltrán, hijo del fundador de Morena, construye su propia carrera política dentro del partido y busca llegar a la Cámara de Diputados.
¿Es exactamente la misma situación? No.
Pero sí obliga a hacer una pregunta bastante sencilla:
¿por qué lo que antes indignaba tanto, ahora parece no preocuparles?
Ese es el problema de Morena.
No las camionetas.
No los relojes.
No los trajes.
Ni siquiera que los hijos de políticos quieran participar en política.
El problema es la incongruencia.
Durante años señalaron a quienes estaban en el poder y prometieron comportarse distinto cuando llegaran.
Llegaron.
Y muchas de esas promesas simplemente se fueron olvidando.
Ellos fueron quienes pusieron la vara tan alta.
Ellos dijeron que no serían iguales.
Ellos hicieron de la austeridad y de la superioridad moral una bandera política.
Por eso hoy es completamente válido medirlos con sus propias palabras.
Porque al final, Morena puede cambiar de opinión sobre muchas cosas.
Lo que no puede hacer es fingir que nunca las dijo.
Y quizá esa sea una de las mayores decepciones de la llamada Cuarta Transformación: no que utilicen camionetas “machuchonas”, sino que después de tantos años criticándolas, terminaron descubriendo que no eran tan malas cuando les tocó ir arriba.