
Después del feminismo, me parece interesante que esto este pasando. Y este análisis nace de la premisa sobre si se puede llegar un momento en que las mujeres pierdan espacios precisamente porque se dejan de nombrar (un argumento que el feminismo utilizaba o utiliza).
Para muchos puede parecer una exageración, pero es una discusión que ya está ocurriendo en distintos ámbitos de nuestra actualidad. En instituciones, universidades, organismos internacionales y legislaciones de diferentes países, la palabra “mujer” comienza a ser sustituida por expresiones como “persona gestante” o “persona con capacidad de gestar”.
Quienes defienden estos cambios aseguran que buscan construir un lenguaje más incluyente y reconocer distintas realidades. Sin embargo, me pregunto ¿Qué sucede cuando, en nombre de la inclusión, dejamos de identificar al grupo que históricamente necesitó ser protegido?
Ahora, especialmente creo que las palabras importan. No solamente porque forman parte de nuestra manera de comunicarnos, sino porque también determinan la forma en que entendemos sus problemas y construye sus soluciones.
Durante siglos, las mujeres tuvieron que luchar para que el Estado reconociera que su sexo no podía ser una razón para limitar sus derechos (lo cual absolutamente comparto, el hombre y la mujer son iguales en dignidad), así también creo que la lucha (en su mayoría) por la igualdad no surgió de negar las diferencias entre hombres y mujeres, sino de reconocer que esas diferencias habían sido utilizadas para justificar injusticias.
Las mujeres pidieron ser reconocidas como mujeres. De ahí parten derechos políticos, laborales, educativos y mecanismos de protección, por eso, ¿Qué ocurre en la actualidad si se comienza a considerar problemático utilizar precisamente la palabra que permitió identificar una desigualdad histórica?
El debate no debería estar en si todas las personas merecen respeto y dignidad. Eso debería ser un punto de partida. El verdadero debate está en saber si para incluir supuestas “nuevas realidades” es necesario eliminar categorías que todavía permiten comprender problemas concretos.
En ese sentido, existe una idea cada vez más presente en el debate público de que cambiar el lenguaje puede transformar la realidad. Pero la realidad no desaparece porque cambiemos las palabras. Una mujer solo puede ser una mujer. Una mujer no deja de enfrentar riesgos específicos porque una ley utilice un término distinto. El embarazo sigue teniendo consecuencias particulares. La maternidad sigue representando una realidad con implicaciones sociales, económicas y jurídicas. La discriminación relacionada con ser mujer continúa afectando a millones de personas a nivel mundial. Los problemas no desaparecen cuando dejamos de nombrarlos.
Y es ahí donde aparece una de las principales contradicciones de este debate. Porque durante décadas se crearon políticas públicas para que las mujeres puedan desarrollarse, ahora resulta necesario preguntarse por qué algunas corrientes buscan eliminar la categoría que permitió reconocer esas mismas desigualdades.
Esta precisa discusión también nos lleva a otra pregunta para un debate mas grande. ¿Quién tiene la autoridad para definir qué es una mujer, fuera de la propia realidad biológica o científica?
Curiosamente se ha convertido en uno de los debates sociales y jurídicos más complejos de nuestra época. La respuesta tiene consecuencias importantes, porque las categorías legales determinan quién puede ser reconocido dentro de una protección específica y cómo se construyen las políticas públicas. Creo que en una actualidad, un gobierno o una sociedad madura debe ser capaz de discutir preguntas difíciles sin convertir automáticamente a quien piensa distinto en un enemigo.
En ese sentido, a mi parecer, el feminismo puro surgió por las desigualdades, sin embargo, hoy algunas corrientes dentro de ese mismo debate plantean que la categoría mujer debería perder relevancia.
Por esa razón, un “mundo” justo debe ser capaz de proteger a todas las personas, pero esa protección no debería construirse sobre la invisibilización de otras.
Y reconocer nuevos derechos nunca debería implicar que las mujeres pierdan los espacios que durante generaciones tuvieron que luchar para conquistar. (La paradoja de una inclusión que puede invisibilizar a las mujeres)