
Agosto se va.
Y mientras el calendario cambia de página, me quedé pensando en una de esas palabras que utilizamos con una facilidad que quizá no merece: mañana.
Mañana te llamo.
Mañana lo hacemos.
Mañana te digo.
Mañana voy.
Mañana empiezo.
Mañana tengo tiempo.
Como si mañana fuera un lugar al que tenemos la entrada asegurada.
Hace unos días escuché una frase de Jorge Gómez Calle, especialista en duelo, que se me quedó dando vueltas: “La muerte es el recurso que tiene el alma cuando el cuerpo le queda chiquito.”
No sé si podamos saber qué ocurre después de la muerte. No sé si el alma continúa, si existe otra forma de encontrarnos o si quienes se van pueden seguir sintiendo de alguna manera el amor de quienes nos quedamos.
Pero me gusta creer que sí.
Y quizá por eso esa frase me hizo pensar menos en la muerte y mucho más en la vida.
En todo lo que dejamos para mañana.
Porque sabemos que algún día vamos a morir, pero vivimos como si siempre faltara muchísimo para ese día.
Posponemos llamadas.
Guardamos abrazos.
Dejamos conversaciones pendientes.
Nos tragamos un “te quiero” porque creemos que la otra persona ya lo sabe.
No pedimos perdón porque pensamos que habrá tiempo.
No visitamos a alguien porque estamos cansados.
No hacemos ese viaje porque “ahorita no”.
No empezamos aquello que queremos porque esperamos el momento perfecto.
Y luego un día descubrimos que el tiempo no estaba esperando.
Hace poco pensé en algo muy sencillo: ¿cuántas veces hemos dicho “luego” cuando en realidad queríamos decir “no sé si tendré otra oportunidad”?
Qué fuerte pensar que algunas de las cosas que hoy llamamos pendientes algún día podrían convertirse en recuerdos.
Y no se trata de vivir con miedo.
No creo que tengamos que andar por la vida despidiéndonos de todos ni pensando que cada abrazo será el último.
Se trata de algo mucho más sencillo: estar conscientes de que estamos aquí.
De aprovechar a quienes todavía podemos abrazar.
De decir lo que sentimos.
De hacer espacio para las personas que amamos.
De llamar aunque sea cinco minutos.
De aparecer.
De agradecer.
De pedir perdón.
De decir “te necesito” cuando necesitamos a alguien.
De decir “te amo” cuando lo sentimos.
Porque hay palabras que pierden su sentido cuando llegan demasiado tarde.
Y hay abrazos que ya no podemos entregar.
Eso es quizá lo más duro de la muerte: no solamente que alguien se vaya, sino todo aquello que nosotros habíamos dejado para después.
Por eso me gusta pensar que las personas que ya no están también nos dejan una última enseñanza.
Nos recuerdan que el tiempo no se guarda.
Que los días no se acumulan.
Que agosto termina aunque nosotros todavía sintamos que apenas empezó.
Y que la vida, por más planes que hagamos, no nos promete el mañana.
Así que quizá antes de cerrar este mes valga la pena preguntarnos:
¿Qué estoy dejando para mañana?
¿A quién quiero llamar?
¿A quién necesito abrazar?
¿Qué tengo que decir?
¿Qué perdón estoy aplazando?
¿Qué sueño sigo posponiendo?
¿Qué persona necesita saber que es importante para mí?
Tal vez mañana llegue.
Ojalá que sí.
Pero mientras tanto, tenemos hoy.
Y hoy todavía podemos hacer algo maravilloso con él.
Podemos vivirlo.
Podemos compartirlo.
Podemos decirlo.
Podemos estar.
Porque quizá la mejor manera de honrar a quienes ya no tienen mañana sea aprender a no desperdiciar el nuestro.
Agosto se va.
Y nosotros seguimos aquí.
Todavía a tiempo.