
M. Arq. Mario C. Contreras Figueroa, Bitácora Urbana
La semana pasada hablábamos de una arquitectura moderna que Chihuahua todavía no termina de reconocer como patrimonio. Esa reflexión obliga a ampliar la mirada: una ciudad no construye su identidad únicamente con monumentos antiguos o edificios de autor. También la construye a través de los inmuebles donde se reza, se gobierna, se imparte justicia, se estudia, se recibe atención médica y se accede a la cultura. Los edificios públicos son una de las expresiones más visibles de la relación entre las instituciones y la ciudad.
No son sólo contenedores de oficinas. Por su localización, escala, arquitectura y relación con el espacio público pueden convertirse en referencias que ayudan a orientarnos y a reconocernos. Kevin Lynch explicó que la imagen urbana se forma mediante elementos capaces de permanecer en la memoria colectiva, entre ellos los hitos. Muchos edificios públicos cumplen esa función: son puntos de referencia, pero también lugares asociados con acontecimientos, recuerdos y significados compartidos (Lynch, 1960).
Palacio de Gobierno es probablemente el ejemplo más evidente. El Instituto Nacional de Antropología e Historia lo reconoce como Monumento Histórico y subraya su valor no sólo arquitectónico, sino social para los chihuahuenses. Construido para las autoridades civiles a finales del siglo XIX, su arquitectura ecléctica y su ubicación en el corazón del Centro Histórico lo convirtieron en una pieza fundamental del paisaje urbano. A ello se suma la carga histórica del sitio, vinculada con la muerte de Miguel Hidalgo y con episodios centrales de la historia estatal y nacional (INAH Chihuahua, s. f.).
A unos metros, el antiguo Palacio Federal ofrece otra lección. Fue construido para concentrar dependencias federales dispersas e inaugurado en 1910. Después de décadas como sede de oficinas públicas y correos, fue restaurado y transformado en Casa Chihuahua, Centro de Patrimonio Cultural, cedido en comodato al Gobierno del Estado. El caso demuestra que un edificio público puede cambiar de función sin perder su significado urbano; la reutilización puede prolongar su vida y devolverlo a la ciudadanía con un uso distinto (Casa Chihuahua Centro de Patrimonio Cultural, s. f.).
Ambos muestran que la identidad no depende de copiar un estilo. Surge de la combinación entre arquitectura, historia, localización y apropiación social. Un edificio se vuelve parte de la ciudad cuando la comunidad lo reconoce como propio.
Todo edificio público transmite un mensaje. Un acceso claro y digno comunica apertura; una banqueta continua, sombra, iluminación y accesibilidad universal comunican que todas las personas son consideradas; un inmueble bien mantenido expresa cuidado institucional. Lo contrario también comunica: fachadas deterioradas, accesos improvisados, estacionamientos que ocupan el frente urbano, barreras para personas con discapacidad o espacios exteriores hostiles terminan asociando lo público con abandono y distancia.
Por eso la discusión no debería reducirse a si un edificio es bonito o feo. La pregunta es qué relación establece con las personas y con la ciudad. Jan Gehl ha insistido en que la calidad urbana se aprecia a la escala del peatón, en la forma en que edificios y espacios exteriores favorecen la permanencia, el encuentro y la vida cotidiana (Gehl, 2010). Un edificio puede ser correcto en planta y fachada y, sin embargo, producir un mal entorno si se presenta como una fortaleza rodeada de estacionamientos, rejas o vialidades difíciles de cruzar.
Existe un riesgo frecuente cuando se habla de identidad: confundirla con la reproducción literal de estilos históricos. Chihuahua no fortalece su carácter colocando cantera, arcos o molduras en cualquier edificio nuevo. La arquitectura pública contemporánea puede expresar su tiempo; lo importante es que dialogue con el clima, los materiales, la escala, el paisaje y la memoria del lugar.
En nuestra ciudad ese diálogo debería comenzar por condiciones concretas: controlar el asoleamiento, producir sombra, reducir consumos energéticos, utilizar vegetación adaptada, resolver correctamente el agua y crear espacios exteriores habitables. La identidad también está en la manera en que respondemos al clima semidesértico. Un edificio contemporáneo que entiende estas condiciones puede ser más chihuahuense que uno que únicamente imita una fachada antigua.
Conviene también dejar de mirar estos inmuebles como objetos aislados. Un edificio público adquiere mayor valor cuando forma parte de un recorrido reconocible. En el Centro Histórico, Palacio de Gobierno y Casa Chihuahua se relacionan con plazas, calles peatonales, edificios religiosos, comercios, museos y otros equipamientos. Esa proximidad permite que la historia se lea caminando y que distintos usos se refuercen entre sí.
El PDU 2040 ha planteado en sus actualizaciones la necesidad de reforzar centralidades, reactivar el Centro Histórico y fortalecer la presencia y conectividad del espacio público. La Séptima Actualización vigente mantiene al instrumento como marco para orientar el desarrollo de la capital (IMPLAN Chihuahua, 2025). En esa lógica, conservar y activar edificios públicos existentes no es únicamente una política patrimonial: también es una estrategia de consolidación urbana.
Chihuahua podría avanzar hacia una política explícita de arquitectura pública. No se requiere una nueva burocracia ni un catálogo de estilos, sino criterios comunes para los proyectos del estado y del municipio: buena inserción urbana, accesibilidad universal, eficiencia energética, diseño bioclimático, calidad del espacio exterior, durabilidad, mantenimiento previsto desde el proyecto y respeto al patrimonio cuando exista.
Otro paso sería elaborar un inventario específico de edificios públicos con valor arquitectónico, histórico, cultural o urbano, incluyendo obras del siglo XX que todavía no cuentan con reconocimiento suficiente. Existen edificios públicos en la ciudad que, aunque son prescindibles o poco relevantes en su arquitectura, se mantienen como hitos urbanos. La Ley para la Protección del Patrimonio Cultural del Estado ofrece bases para identificar y conservar inmuebles con valor cultural, histórico, artístico o arquitectónico. Inventariar no significa impedir toda transformación; significa saber qué tenemos antes de intervenirlo (Congreso del Estado de Chihuahua, 2023).
Cada generación recibe una ciudad y agrega algo a ella. Nosotros heredamos edificios que fueron construidos para representar a las instituciones de su tiempo y que hoy forman parte de nuestra memoria colectiva. La pregunta es qué edificios públicos recientes serán reconocidos dentro de cincuenta años como aportaciones valiosas a Chihuahua.
La respuesta dependerá menos de su tamaño o costo que de su capacidad para cumplir bien su función, integrarse a la ciudad y ser apropiados por la comunidad. La arquitectura pública puede dar dignidad a un trámite cotidiano, convertir una biblioteca en lugar de encuentro, hacer de una escuela la referencia de un barrio o transformar una antigua oficina en espacio cultural.
Construir identidad urbana es un proceso lento. Se forma con calles, árboles, plazas, viviendas y edificios que permanecen en la memoria. Los edificios públicos tienen una responsabilidad adicional: además de ocupar un lugar en la ciudad, representan aquello que hacemos en común. Cuidar los que ya tenemos y construir mejor los que vendrán es una forma concreta de cuidar la identidad de Chihuahua.
La próxima semana podemos continuar este recorrido con otro patrimonio que definió buena parte de la estructura de la ciudad y que todavía ofrece oportunidades de regeneración: el patrimonio ferroviario.
Referencias: