Todo lo que viste era verdad, pero te faltó la mitad

Decidir en la era IA
M.A.R.H Salvador Acevedo Ortega
sacevedo@uach.mx

M.A.R.H Salvador Acevedo Ortega

Docente universitario en la Universidad Autónoma de Chihuahua, Facultad de Economía Internacional e Ingeniería.

 

Son las 7:36 de la mañana en Chihuahua. Antes de entrar a clase, un estudiante observa un video de cincuenta y ocho segundos sobre la crisis del agua. Hay una presa, una cifra sin fuente, un político recortado a mitad de una frase y una música que anuncia que alguien está ocultando algo. El video termina con una conclusión inequívoca. El estudiante lo comparte. Cuando el profesor pregunta de qué año era la imagen, quién produjo el dato, qué ocurrió antes de la declaración y qué parte del problema quedó fuera, nadie responde. No porque el video haya mentido necesariamente. Porque logró algo más eficaz: hizo que un fragmento verdadero pareciera una explicación completa.

Permítame señalar lo que esa escena contiene con la precisión que merece, porque es diferente de lo que artículos anteriores de esta serie han examinado. El artículo treinta y nueve documentó cómo la IA construye una verdad personalizada para cada bolsillo: cada persona recibe una versión distinta de los hechos. Este artículo trata un mecanismo anterior y más antiguo, pero amplificado a una escala que ninguna generación anterior enfrentó: la verdad incompleta. No la mentira que inventa. La verdad que recorta. Y conviene examinarlo con cuidado, porque las defensas que aprendimos contra la mentira declarada no funcionan igual cuando lo que vemos es auténtico pero lo que falta es decisivo.

El medio reorganiza la experiencia antes de que pensemos

En 1964, Marshall McLuhan publicó Understanding Media con una idea que los años no han desgastado: el medio no es un simple recipiente neutro para el contenido que transporta. El medio mismo reorganiza la experiencia y rediseña las proporciones de lo que puede verse. El video vertical de sesenta segundos confirma esa intuición con una precisión inquietante. No solo transporta información; exige que la información adopte una arquitectura específica: un gancho inmediato, una tensión reconocible, un responsable, una revelación y un cierre. La realidad, en cambio, está llena de procesos sin villano único, decisiones con costos incompatibles, datos provisionales y preguntas que terminan abiertas sin que eso signifique que alguien esté ocultando algo.

Cuando ese formato se vuelve nuestra principal escuela informativa, comenzamos a exigirle al mundo que se comporte como contenido: que sea rápido, que tenga un culpable claro, que la conclusión llegue antes de los sesenta segundos. Y si el mundo no coopera con esa estructura, lo recortamos hasta que lo haga. El formato no solo selecciona qué mostrar; educa una expectativa sobre cómo deben ser los hechos. Neil Postman lo formuló en 1985, antes de que existiera el video vertical, con una lucidez que se volvió más relevante con cada nueva plataforma: una cultura puede terminar discutiendo todos sus asuntos bajo las reglas del entretenimiento, y lo que no puede entretenerse en ese plazo termina pareciendo demasiado complicado para ser verdadero.

El formato no miente. Selecciona. Y seleccionar qué entra en sesenta segundos es ya una decisión sobre qué parte de la realidad merece existir en la conversación pública.

 

La desinformación más sofisticada no inventa: recorta

La alfabetización mediática tradicional enseñó a distinguir entre verdadero y falso. Esa pregunta se ha vuelto insuficiente para el entorno informativo actual, aunque siga siendo necesaria. La desinformación más rudimentaria fabrica hechos que nunca existieron. La más sofisticada utiliza hechos reales y elimina lo que les daba significado. Un fragmento de diez segundos puede mostrar una agresión y ocultar los minutos previos que explican el contexto. Una gráfica puede exhibir un aumento real y omitir que cambió la población de referencia. Una declaración puede ser auténtica y quedar invertida cuando desaparece la frase siguiente. La falsedad no siempre entra por lo que vemos. Con frecuencia entra por lo que el encuadre decidió que no merecíamos ver.

Esto cambia radicalmente la pregunta que debemos aprender a hacer. No basta preguntar: «¿es verdadero o falso?» La pregunta correcta es más exigente y menos cómoda: «¿qué parte es verdadera, qué conclusión pretende sostener, y qué información tendría que estar presente para poder evaluarla?» Una imagen auténtica no garantiza una interpretación honesta. Un experto real no convierte en válido todo lo que se coloca debajo de su rostro. Una cifra exacta puede conducir a una conclusión engañosa si no conocemos el denominador, la fecha o el método con que fue obtenida. Y en una sociedad cuyo formato informativo principal fue diseñado para emocionar en lugar de contextualizar, esa pregunta difícilmente llega a tiempo.

 

El dato que los creadores no quieren ver sobre sí mismos

En 2024, UNESCO encuestó a quinientos creadores digitales de cuarenta y cinco países para entender sus prácticas informativas. El resultado más revelador no fue el porcentaje de quienes no verifican — el 62 por ciento que no realiza una verificación rigurosa y sistemática antes de compartir — sino otro: el 42 por ciento utilizaba la cantidad de «me gusta» y de compartidos como criterio principal de credibilidad. El éxito de circulación comenzaba a funcionar como prueba de verdad. El aplauso dejó de llegar después de la verificación. Empezó a sustituirla.

Eso no es irresponsabilidad moral de individuos particulares. Es la consecuencia predecible de un sistema de incentivos que premia el alcance antes que la exactitud. Un creador digital que tarda cuatro horas en verificar pierde la ventana de relevancia del acontecimiento. Uno que publica en veinte minutos captura la atención cuando todavía es nueva. El sistema recompensa la velocidad y penaliza la cautela con el único recurso que esa economía distribuye: la atención. Gordon Pennycook y sus colaboradores publicaron en Nature (2021) un hallazgo que sugiere que la solución puede ser más accesible de lo que parece: dirigir brevemente la atención de los usuarios hacia la exactitud — preguntarles si un titular es verdadero antes de que puedan compartirlo — mejoró significativamente la calidad de las noticias que decidieron difundir. Las personas muchas veces no comparten información falsa porque hayan decidido ignorar la verdad. Comparten porque el entorno consiguió que otra cosa —la identidad, la novedad, la indignación— ocupara su atención primero.

El botón de compartir está listo antes que el juicio. El diseño de la plataforma conoce esa secuencia mejor que nadie, y la aprovecha exactamente así.

 

La corrección llega tarde y no siempre llega

Ullrich Ecker y sus colaboradores publicaron en 2022, en Nature Reviews Psychology, una de las revisiones más completas disponibles sobre los factores psicológicos que producen creencia en desinformación y su resistencia a la corrección. Su hallazgo más inquietante para quien piensa en diseño educativo o en comunicación institucional: la información falsa o incompleta puede seguir influyendo en el razonamiento incluso después de haber sido rectificada de manera explícita y creída como rectificación por el receptor. El desmentido no borra el rastro cognitivo del original. La historia que se instaló primero conserva una parte de su influencia aunque la persona sepa que era incorrecta.

Eso transforma el debate sobre desinformación. El problema no es únicamente evitar que la información falsa circule; es que cuando llega, el daño puede ser parcialmente irreversible incluso para personas de buena voluntad que actualizaron su creencia. En el contexto del video corto, donde la primera historia en llegar tiene ventajas de velocidad, emoción y formato sobre cualquier corrección posterior, esa asimetría adquiere consecuencias que las instituciones públicas, los medios y las universidades de Chihuahua todavía no han procesado con la seriedad que requieren.

 

La inteligencia artificial puede ampliar el contexto o terminar de borrarlo

La inteligencia artificial entra en esta discusión con una doble capacidad que esta serie ha documentado en múltiples contextos anteriores. Puede funcionar como una segunda máquina de compresión: tomar el video, resumirlo en tres puntos y producir una conclusión todavía más limpia que el fragmento original. En ese uso, la persona recibe una síntesis de una síntesis y termina más lejos de la fuente mientras siente que llegó más rápido a ella. La fluidez de la respuesta oculta la pobreza del recorrido. Pero la misma herramienta puede emplearse como descompresor crítico: puede ayudar a localizar la fuente original, identificar afirmaciones verificables, reconstruir una cronología, proponer explicaciones alternativas, separar hechos de inferencias y señalar explícitamente qué información falta para evaluar la conclusión del video.

La diferencia no está en la herramienta. Está en la pregunta. «Resúmeme este video» entrega comodidad. «¿Qué tendría que verificar antes de creerlo y qué contexto podría cambiar su significado?» inicia pensamiento. En el entorno de la verdad incompleta, la inteligencia artificial puede convertirse en el instrumento que reconstruye lo que el formato eliminó, si quien la usa tiene el hábito de pedir eso. Y ese hábito no aparece solo: debe enseñarse, exactamente como se enseña a leer, a argumentar o a reconocer una fuente confiable.

 

Chihuahua: donde el minuto puede mover una conversación pública irreversiblemente

Chihuahua es especialmente vulnerable a las narrativas comprimidas porque sus asuntos decisivos cruzan escalas, tiempos y fronteras que el video de sesenta segundos no puede respetar sin deformarlos. El agua exige comprender sequía, agricultura, ciudades, tratados, infraestructura y ciclos climáticos de décadas. El nearshoring combina empleo, energía, vivienda, talento y cadenas internacionales cuya lógica no cabe en un clip. La violencia no puede comprenderse mediante una escena aislada. Una inversión no se evalúa con el entusiasmo de un anuncio. Sin embargo, todos esos temas pueden reducirse a un video con una cifra, un culpable y una promesa.

El daño no es abstracto. Una comunidad puede rechazar una decisión por un clip sin fecha. Una empresa puede enfrentar una crisis por una escena auténtica con una explicación falsa. Un estudiante puede construir su postura sobre política pública a partir del creador que habló con mayor seguridad, no del que habló con mayor evidencia. Y una autoridad puede descubrir que corregir el dato no corrige la historia porque el original llegó antes, en el momento de mayor atención, con la música adecuada y la emoción correcta.

 

La pedagogía del minuto incompleto

Las preparatorias y universidades de Chihuahua pueden adoptar una práctica concreta que ninguna política nacional necesita ordenar: convertir cada video breve en el inicio de una investigación, nunca en su final. El estudiante identifica la afirmación principal, localiza la fuente original, recupera lo que ocurrió antes y después, contrasta dos referencias independientes y formula la mejor objeción contra su propia interpretación. Después vuelve al video y responde una pregunta que esta serie lleva cuarenta y siete artículos preparando: ¿qué fue necesario eliminar para que esta historia cupiera en sesenta segundos?

La evaluación también debe cambiar. No basta pedir un video atractivo sobre un tema complejo. Hay que exigir un expediente de contexto: fuentes, decisiones de edición, datos descartados, incertidumbres y límites. El estudiante debería defender oralmente por qué incluyó una imagen y excluyó otra. Así aprende que editar no es inocente. Toda selección construye una perspectiva, y toda perspectiva responsable reconoce lo que no puede demostrar. En casa y en la conversación pública sirve una regla más breve: antes de compartir, interrumpir el impulso con una pregunta de exactitud. ¿Sé quién lo produjo? ¿La fecha corresponde? ¿El fragmento demuestra realmente la conclusión? Ese pequeño retraso devuelve al juicio el segundo que el diseño intentó quitarle.

McLuhan comprendió que el medio reorganiza la experiencia antes de que decidamos qué pensar sobre el contenido. Postman advirtió que una cultura puede terminar discutiendo todos sus asuntos bajo las reglas del entretenimiento. Lo que ambos no pudieron prever fue la velocidad con que esa reorganización llegaría a la palma de cada mano, personalizada, disponible a cualquier hora y optimizada para activar la emoción antes que el juicio. La batalla educativa de esta época no será solamente enseñar a detectar mentiras. Será enseñar a reconocer verdades incompletas: emociones sin contexto y conclusiones que llegaron demasiado pronto para ser examinadas.

El mundo cabe en sesenta segundos si lo cortamos hasta que confirme lo que ya pensábamos. La verdad exige algo menos espectacular y mucho más difícil: detener el dedo, recuperar el contexto y concederle a la realidad el tiempo que necesita para contradecirnos. Porque una sociedad puede sobrevivir a no saberlo todo. Lo que no puede permitirse es olvidar que todavía le falta saber.

La mentira más eficaz de esta época no fabrica hechos. Selecciona cuáles ver y cuáles omitir, y confía en que el formato hará el resto. Cuando aprendamos a preguntar qué falta en lugar de solo preguntar si es verdad, habremos dado el paso que la desinformación nunca esperó que diéramos.

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Se revisarán estudios de opinión, encuestas e indicadores locales para afinar los detalles de la estrategia electoral.

El diálogo se reanudará tras el periodo de festividades patrias y los informes de gobierno.

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