
Por, Sergio Bolio
Vivimos una época en que la palabra "misericordia" es usada, no pocas veces, como escudo contra la verdad; muchos católicos, cuando se señala públicamente un pecado, una doctrina errada o una conducta escandalosa, responden con presteza: "No juzgues". Mas conviene preguntar: ¿han entendido realmente qué es juzgar?
Nuestro Señor no mandó suspender la inteligencia moral; antes bien, enseñó: "No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio" (Jn 7,24). Hay, pues, una diferencia capital entre el juicio temerario y el justo juicio; el primero atribuye al prójimo una culpa sin fundamento suficiente; el segundo reconoce, conforme a la verdad, que una acción es buena o mala.
Decir que el adulterio es pecado no es juzgar temerariamente, afirmar que la mentira, la injusticia, la blasfemia o el escándalo son males tampoco lo es. El cristiano no posee autoridad para escudriñar los secretos del corazón ajeno como si fuese Dios; pero sí tiene el deber de llamar bien al bien y mal al mal.
Aquí nace el pernicioso error de la falsa misericordia: pretender amar al pecador mientras se acaricia su pecado; ¡Qué extraña caridad sería aquella que contempla al hermano caminar hacia un precipicio y, por no incomodarlo, guarda silencio!
Entre las obras de misericordia espirituales están enseñar al ignorante y corregir al que yerra, no son actos de soberbia cuando se realizan con humildad, prudencia y caridad. Son, por el contrario, una obligación nacida del amor a la verdad y al prójimo; corregir no significa humillar; enseñar no significa insultar; exhortar no significa perseguir.
La misericordia cristiana jamás separa la caridad de la verdad; Dios perdona, sí; pero llama a la conversión. El Sacramento de la Penitencia no es una licencia para perseverar tranquilamente en el pecado, sino medicina para quien reconoce su culpa, se arrepiente y desea volver a la amistad Divina.
También nosotros debemos ser misericordiosos: perdonar las ofensas, socorrer al necesitado, enseñar al ignorante y corregir fraternalmente al errado; pero no nos corresponde "misericordiar" el pecado, como si el amor consistiera en declararlo bueno.
La corrección debe seguir un orden: hablar primero con prudencia y en privado; después, si fuere necesario, buscar ayuda fraterna; y, si el error persiste obstinadamente, sea visto como el gentil y el recaudador de impuestos, dice el Señor; o sea, sea sacado de tu vida las personas que persisten en el error y no desean ser corregidos.
Callar ante el pecado por temor a ser llamado "intolerante" no siempre es caridad, a veces es cobardía disfrazada de misericordia. Amar verdaderamente es querer el bien del otro; y el mayor bien del hombre comienza cuando abandona el error, reconoce su pecado y vuelve a Dios.